miércoles, 28 de septiembre de 2011

Hechizo de luna (parte 3)





Hizo un esfuerzo por tocar la puerta con suavidad, pero estaba muy ansiosa. Dio un respingo cuando ésta se abrió con brusquedad y apareció la figura llena de músculos de Carlos Montiel.
Al principio él parecía furioso, pero luego, la miró con alarmante sorpresa.
—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó—. Te dije que esperaras noticias mías—. Tania tenía el corazón desbocado. Sin embargo, se paró recta frente a él y colocó las manos sobre las caderas.
—De aquí no me voy sin una respuesta.
Por el rostro del hombre pasaron cientos de emociones que le desfiguraron el rostro y lo hicieron más aterrador. Pero pronto, se relajó. Miró con extrema precaución a ambos lados de la calle y luego, la hizo entrar a empujones en la casa, para después cerrar de un portazo.
—¿Te volviste completamente loca? —gruñó.
—Necesito hablar contigo, eres el único que puede darme respuestas.
—¿Estás consciente de que acabas de sentenciar tu propia vida?
La mirada iracunda del sujeto la estremeció. A pesar de sus temores, se envalentonó, y volvió a colocar una pose recia, con los brazos cruzados en el pecho.
Él estaba a punto de estallar por los nervios. Se pasó una mano por el rostro para liberar parte de su angustia.
—¿Cómo me encontraste? —inquirió agobiado.
—Tu nombre y dirección están aquí —expuso ella, y sacó del bolsillo trasero de su pantalón de mezclilla el diario que le había entregado Don Severiano. Carlos, al verlo, se impactó de tal manera que la hizo pensar que caería en el suelo afectado por un mortal infarto.
—¡¿De dónde sacaste ese libro?! —gritó.
—Aquí la de las preguntas soy yo —acusó Tania con severidad. Carlos se acercó a ella, con el rostro tenso y enrojecido, y la tomó con fuerza del brazo.
—Esto no es un juego, niña, la vida de muchas personas están peligro. Así que responde.
La chica perdió todo el valor que con esfuerzo, había reunido. El cuerpo le temblaba y el corazón le galopaba con energía.
—Lucas pidió que me lo entregaran si algo le sucedía. Me lo dio el dueño de la librería donde trabaja.
Carlos la soltó con brusquedad y la miró con unos ojos encendidos en cólera.
—Que Severiano hizo qué… —se quejó él, pero de forma instantánea se le apagó la voz. Los ojos se le cerraron con fuerza y las manos se apretaron en puños. Respiró hondo, mientras aflojaba la postura y dejaba que su mirada divagara por la habitación.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Tania con angustia.
—Tenemos que salir de aquí.
Carlos se dirigió apresurado a la cocina, con Tania pegada a su espalda. Se detuvo frente a un armario de hierro, que al abrirlo, reveló una amplia variedad de armas de diferentes tamaños, calibres y modelos.
—¿Qué… qué…?
Aquella visión le heló la sangre a Tania. Si era necesario el uso de tales objetos, entonces, la situación era más complicada de lo que había imaginado.
—Tienes que decirme qué sucede —exigió, con la voz entrecortada por la angustia—. El diario habla de reacciones que experimentaron ciertas personas sometidas a extrañas pruebas…
Carlos ignoraba su charla mientras seleccionaba las armas que debía llevarse, y las cargaba con las municiones correspondientes.
—Casi todas murieron después de haber sufrido horrorosos dolores —continuó ella—. ¿Qué tipo de experimentos son esos? ¿Por qué trabajan con humanos? ¿Qué sucedió con los que quedaron vivos?...
El hombre seguía concentrado en su labor. Guardaba las armas elegidas en un bolso. Luego se dirigió a los estantes de la cocina para introducir algunos comestibles.
—¿Qué contienen las inyecciones que les aplican? —exigía Tania con los ojos húmedos—. No entiendo de química, aquí colocan formulas muy largas y hablan de plantas que no conozco, hasta de animales. ¡Les extraen sangre a animales para experimentar!  —comentó alarmada.
Harta de que el hombre la ignorara, se paró firme frente a él para impedirle que continuara con su tarea.
—¿Dónde está Lucas? —demandó.
Carlos la miró con dureza, pero cierto rastro de admiración se reflejó en su rostro.
—En la Zona 68.
Ella abrió la boca y los ojos en su máxima expresión.
—¿Lo tienen los militares?
—No.
—¡Pero esa es una zona militar!
—¡Lo sé! —exclamó Carlos, harto de la actitud histérica de la mujer.
—Si está en una zona militar lo deben tener los militares —expuso ella—. ¿Qué hizo?
Él respiró hondo y la apartó para retomar su faena.
—Por favor, dime algo —rogó Tania—. ¿Quiénes son ustedes: terroristas, narcotraficantes, sicarios? —se quedó de piedra como si acabara de comprender lo que ocurría y señaló al hombre con un dedo acusador— ¿Quieren asesinar al presidente?
—¡NO! —rugió él y se dirigió rápidamente a una puerta de hierro ubicada al lado del estante de las armas—. No todo lo que sucede dentro de una zona militar está dirigido por militares —respondió, sin darle la cara. Ocupado en pasar la infinidad de cerrojos que bloqueaban esa entrada—. Son áreas restringidas que pueden ser utilizadas por empresas o personas allegadas al gobierno, para realizar una actividad privada que beneficie a la nación.
—Entonces, ¿el gobierno está incluido en lo que Lucas escribió en este diario? —concluyó ella.
—No. Ellos suponen que es otro tipo de actividades la que se realiza allí.
Cuando la puerta por fin se abrió, Carlos se giró hacia ella y la observó con mucha atención.
—Somos pocas personas las que conocemos la verdad y todas estamos sentenciadas a muerte —explicó e hizo un esfuerzo por mantener la calma—. Esta casa está vigilada, al venir aquí, marcaste tu destino. No hay vuelta atrás, Tania. Si Lucas te eligió para que formaras parte del equipo es porque estás capacitada para enfrentar la más dura de las realidades.
Ella quedó inmóvil ante esas palabras y se aferró al diario como si fuera la única balsa disponible en medio de un mar embravecido. ¿En qué locura la había metido Lucas? Ese hombre no solo se conformó con robarle el corazón, también, parecía querer llevarse su vida.
—Yo solo soy… una recepcionista —confesó, con una voz débil. Su trabajo en el pueblo consistía en atender las llamadas del hotel más grande de la zona.
Carlos se irguió y la miró con detenimiento.
—No es lo único, eres más especial de lo que crees —reveló—. Pero ya habrá tiempo para explicarte todo, debemos marcharnos. Si descubren que tenemos el diario, no descansaran hasta obtenerlo y eliminarnos.
El hombre se paró bajo el marco de hierro que daba acceso a un pasillo oscuro. Tania estaba inmóvil, Carlos le había hablado de secretos y muerte. Esa información la había dejado perpleja.
—Vamos, mujer —insistió él.
Ella observó con desconfianza el pasadizo que había ocultado la puerta de hierro, se hallaba en penumbras. Así imaginó que sería su futuro si aceptaba seguirlo, una vida envuelta en misterios y sombras. Y todo por haberse dejado embrujar por el brillo de la mirada de Lucas, que la hechizaba cada vez que se posaba en sus ojos castaños.
Al recordarlo se le comprimió el corazón. Lo necesitaba, anhelaba volver a ver su sonrisa deslumbrante, sentir sus cálidas manos sobre las suyas y disfrutar de sus sorpresivos besos. Ni siquiera el terror que sentía en ese momento, por el destino incierto que la aguardaba, era capaz de apagar su ansiedad por estar de nuevo entre sus brazos.
Sin más dilataciones pasó por el lado de Carlos para bajar las escaleras, mientras sostenía con fuerza el diario en su mano.
Tenía millones de dudas, pero una sola certeza: estaba dispuesta a llegar a donde fuera por Lucas, para estar a su lado.

4 comentarios:

  1. Ains, me gusta mucho la historia, de verdad ^^ Sólo una coseja: en un momento dices "sin más dilataciones" sería "dilaciones". Es lo único que he visto estraño. Por lo demás, me sigo alegrando mucho de que la continues, está muy interesante =)

    ¡Un saludo!

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  2. Genial!!! Me alegra que hayas continuado con la historia. Tienes en mí una seguidora de las aventuras de Tania ;)

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  3. mmmmmmhhhh, se pone bueno, me parece que después no va a saber si quedarse con el otro chico ó con Carlos ehhh!! ???

    Te sigo!!

    Besos

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  4. Pero que interesante se pone esto, me gusta mucho la historia :)
    Espero el siguiente capítulo ^^

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