miércoles, 5 de octubre de 2011

Hechizo de luna (parte 4)




Dentro del auto había un silencio sepulcral. Con maestría, Carlos cruzaba la montaña a través de una deformada calle de tierra. Los cientos de baches y troncos dispersos en el camino hacían la vía intransitable, pero el hombre manejaba con pericia, demostrando que no era la primera vez que pasaba por aquel lugar.
—¿Cómo vamos a entrar en una zona militar? —preguntó Tania que evaluaba los alrededores con nerviosismo.
—Ya verás —fue lo único que respondió él.
La incertidumbre la agobiaba, siempre le había encantado tener el control de su vida. Le gustaba conocer los posibles riesgos antes de tomar cualquier decisión. Así evitaba que la sorprendieran de nuevo y la dejaran abandonada en la entrada de un lugar tétrico y desolado. En contra de su voluntad.
—Si pretendes que te ayude a sacar a Lucas de su cautiverio, tendrás que decirme a dónde vamos, qué nos encontraremos allí y cómo demonios saldremos —decretó— Ahhh y qué puedo hacer yo, además de gritar despavorida y llorar de angustia.
En esa oportunidad, a Carlos se le dibujó una media sonrisa. Tania abrió con amplitud los ojos y articuló una perfecta «O» con los labios.
—¿Qué? —preguntó él con incomodidad.
—Nunca sonríes, ¿cierto? —expresó ella. El hombre endureció el rostro y gruñó—. Vamos, no te molestes. Es que siempre estás enojado o nervioso, nunca te había visto sonreír —le dijo y ensanchó una sonrisa—. Lo haces bien.
Carlos no giró el rostro hacia ella, pero sí los ojos, para observarla por el rabillo del ojo. Sus palabras lo afectaron.
—Además, la ofendida debería ser yo —expuso Tania ignorando el debate interno del hombre—. Te burlabas de mí, justo en el momento en que mi vida pende de un hilo. ¿Estás consciente de que podrían matarnos a ambos por mi culpa?
—Aquí nadie va a morir… por lo menos, hoy no —aseguró él.
Carlos miró al cielo con preocupación. Ella lo imitó e intentó ver en las inmensas nubes grises, el anuncio de alguna desgracia.
—Dios, lo que nos faltaba, ahora va a llover —se quejó ella—. Y de seguro, será una lluvia torrencial, que desprenderá la montaña a pedazos y nos hará rodar por algún peligroso barranco.
El hombre la observó perplejo y redujo la velocidad.
—¿No sé dónde está el verdadero peligro, si en el sitio al que vamos o en tus pavorosas predicciones?
—¿Pavorosas predicciones? No hay que ser vidente para saber lo que puede suceder en una montaña como ésta cuando llueve con intensidad, y esas nubes parecen traer un vendaval.
—Deja de ser pájaro de mal agüero y guarda silencio, me pones nervioso —declaró Carlos con el ceño fruncido.
Como una niña malcriada, Tania quedó abatida en el asiento, con los brazos cruzados en el pecho y el rostro enfadado dirigido a cualquier punto de la vegetación. Bien lejos del hombre antipático que estaba sentado a su lado.
Pero el enfado con rapidez fue sustituido por el temor al escuchar una detonación, y ver como algo se estrellaba en el parabrisas del auto y astillaba el cristal.
No tuvo tiempo ni de gritar. Carlos detuvo con rudeza el vehículo y la sacó a empujones. Ella cayó al suelo al salir y se golpeó la cadera, pero el hombre la levantó y la sostuvo con un solo brazo para remolcarla. Buscaba ocultarse de los disparos, que habían comenzado a caer de forma desordenada a su alrededor.
Él corría como un profesional. Saltaba troncos y esquivaba ramas a toda velocidad, mientras ella iba colgada, llevándose por delante cualquier elemento que se atravesara. Varios metros más adelante los disparos se redujeron y las detonaciones se escucharon lejanas. Carlos aligeró la marcha y la colocó en el suelo para que ella corriera a su lado. Tania comenzó a sentir cierto alivio, pero como en una pesadilla, la calma le duró poco.
Se detuvo al ver que Carlos caía abatido. Un disparo le había perforado el muslo izquierdo y la sangre le bullía a borbotones.
No sabía qué hacer, lo miraba revolverse y soportar el dolor en medio de quejidos. Se inclinó para calmarlo, pero él intentó alejarla.
—¡Corre, Tania! Estamos cerca. No permitas que te atrapen.
—¿Qué…?
El terror la invadió. Carlos le pedía seguir, pero ella ni siquiera sabía dónde estaba parada en ese momento.
—Toma —dijo y sacó del bolsillo de su pantalón un papel doblado en varias partes, que colocó en las manos temblorosas de ella—. Con este mapa y el diario llegarás hasta Lucas. ¡Vete ya!
—No te dejare —gimió ella y miraba con terror la herida que no dejaba de sangrar.
—Estoy bien, apenas sane te buscaré.
Ella lo observó con desconfianza pudiendo notar que los ojos negros del hombre comenzaban a aclararse y tornarse ámbar. Aquel cambio le recordó los registros anotados en el diario: el efecto del medicamento parece afectar la capa superior de melanina de los ojos, volviéndolos más claros. Con el tiempo, los nuevos seres tendrán una apariencia diferente y podrán regenerarse a voluntad, siendo inmunes a los desgastes del día a día. Impactada, se alejó de él. No podía creer que fuera uno de esos «nuevos seres».
—¡Vete!
El grito autoritario del hombre y el sonido de más disparos la hicieron reaccionar. Continuó la carrera, intentando evitar tropezarse con algún obstáculo.
A lo lejos escuchaba voces y risas de hombres, ladridos de perros y detonaciones. No quería ni imaginar lo qué le harían si lograban alcanzarla. Tampoco quiso pensar en Carlos, para no angustiarse más. Lo dejó solo y herido, pero lo peor, era no saber qué cosa era. Según el diario, aquellos seres podían perder por completo la humanidad después de los experimentos.
Había corrido varios metros cuando llegó a un río de bajo caudal, lo cruzó sin problemas y se escondió tras un inmenso árbol para revisar el mapa que Carlos le había dado. Nunca en su vida había estado de campamento, mucho menos, sabía leer un mapa. Todo eso le deparaba una única realidad: pronto moriría, o asesinada por los hombres que la perseguían o tragada por aquella inhóspita selva.
Con manos temblorosas desdobló el papel manchado con la sangre de Carlos. A pesar de que debía ser un poco más del mediodía, el lugar estaba cubierto por sombras, originadas por la tupida vegetación y por un cielo abrigado con pesadas nubes de lluvia.
Como lo había sospechado, no entendía el mapa. Estaba trazado en lápiz y pudo notar la presencia de un río cerca de tres pequeños cuadrados dispuestos en forma de «V». Un poco más alejado se encontraba el bosquejo de una montaña con una puerta, que estaba rodeada por un círculo rojo y señalada por una flecha del mismo color.
Respiró hondo y oteó la vegetación. Nada le aseguraba que el río que se encontraba tras ella era el mismo que estaba dibujado en el mapa, pero las voces de los asesinos se acercaban y la obligaron a tomar una decisión.
Guardó el documento junto al diario y continuó la huída. No sabía a dónde llegaría, pero tenía que alejarse de aquellos hombres.
Su veloz andar se detuvo unos metros más adelante. Entró en un claro y se topó con tres cabañas dispuestas en forma de «V». Las dos primeras se encontraban en medio del claro, pero la tercera, la más grande, estaba sumergida entre la vegetación.
Tania no sabía si acercarse a pedir ayuda o continuar su carrera. Las cabañas le recordaron lo señalado en el diario: tres centros experimentales fueron asentados en la montaña. Uno para los animales, otro para el resguardo de las diferentes especies de plantas y el último, para proteger a los que lograban sobrevivir.
Retrocedió un paso al acordarse del cambio en los ojos de Carlos y de las descripciones de las actitudes violentas de los sobrevivientes apuntadas en el diario. Ya sabía qué hacer, huiría de allí, pero el cercano sonido de cientos de animales que corrían hacia ella y ladraban con furia, la hizo cambiar de opinión.
Con ímpetu corrió a la primera cabaña, abrió la puerta y se ocultó dentro de ella. Al quedar encerrada la oscuridad la absorbió. Arrugó el ceño al percibir que todos los sonidos de afuera se habían silenciado, pero el aterrador gruñido de un fiero animal, que se hallaba dentro de la cabaña, le aclaró el entendimiento.
Corre…
La mente de Tania no paraba de darle instrucciones, pero el terror era dueño y señor de su cuerpo y lo mantenía rígido, apoyado contra la puerta de la cabaña.
Con lágrimas en los ojos trató de agudizar los sentidos. Captaba olor a orine de animal y sentía un calor intenso, como si estuviera dentro de interior de una caldera.
Un nuevo gruñido la agitó y provocó que algunas lágrimas escaparan de sus ojos. Esperaba recibir una muerte violenta, pero se percató que los minutos pasaban y nada sucedía. Los bufidos se hacían más bajos y menos amenazantes. Eso le dio valor para tantear la pared, en busca del interruptor de la luz.
Al hallarlo, respiró hondo y pasó el botón.
Para su sorpresa, no había uno, sino decenas de animales encerrados en pequeñas jaulas de hierro. Eran perros de diversas razas, y quien los había escogido supo elegir las más aterradoras: Pitbull, Bulldog, Dobermann, Rottweiler, Pastor alemán y Mastiff eran los que ella reconocía. No tenía idea del tipo de raza de los demás, pero por los ojos enrojecidos, los cuerpos inmensos y musculosos, y los filosos dientes que le mostraban, sospechaba que eran parte de las razas más letales.
Los animales se mantenían quietos, echados en sus reducidas jaulas, con los rostros tensos, sin apartar su mirada asesina de ella. Algunos aún gruñían y le enseñaban sus poderosas dentaduras, otros, la miraban con atención, esperaban algún movimiento brusco para reaccionar.
Con ligereza abrió la puerta y salió. Al quedar afuera, cerró con suavidad y se quedó inmóvil unos instantes, con la mirada fija en la silenciosa selva. Hacía un esfuerzo por escuchar algún movimiento que la ayudara a determinar dónde podían ubicarse sus perseguidores. El silencio era atenazador y le ponía la piel de gallina.
Sin pensarlo dos veces corrió a toda velocidad hacia el final del claro, para alejarse de las cabañas y tomar el camino hacia la montaña resaltada en el mapa.
Jadeante, se internó en la selva, mientras sentía que algo o alguien la acechaba. No se molestó en mirar atrás. Siguió a toda velocidad.
Unos metros más adelante se topó con un cercado de alambre. Al ver un orificio en un extremo lo cruzó con rapidez. Le sorprendió el hecho de que el cercado no estuviera electrificado o disparara alguna alarma que anunciara su invasión. Sus nervios la motivaron a continuar, sin perder tiempo en analizar la terrible falta de seguridad que había en aquella zona militar.
No detuvo la carrera hasta llegar a una entrada ubicada al pie de la zona rocosa de una montaña. Abrió la puerta de hierro y entró en el lugar para dejar afuera lo que la perseguía. Se apoyó en la puerta mientras respiraba con dificultad. Estaba dentro de un cuarto semioscuro que precedía a un túnel tallado en la montaña, cuyo final no podía distinguir por la falta de luz. Las paredes, el suelo y el techo eran de tierra, lo que hacía que se estremeciera por el vértigo. Cualquier sacudida podía enterrarla viva, no habían vigas o algún tipo de base que la protegiera de un derrumbe.
Vencida por el agobio se dejó caer al suelo y se abrazó a su cuerpo, para llorar una amarga pena. Dejó salir a través de las lágrimas, el miedo y la angustia que tenía anclados en el alma, pero a los pocos minutos, un extraño sonido le silenció el llanto. Era como un martilleo constante realizado con algún objeto metálico.
Con mano temblorosa se limpió las lágrimas e intentó agudizar los sentidos.
El corazón casi le fue expulsado por la boca al escuchar una voz conocida que la llamaba por su nombre en la lejanía, y le hacía fluir la sangre en las venas a una velocidad vertiginosa.
—Lucas —susurró con emoción. Se levantó del suelo dispuesta a acercarse hacia el sonido, pero a lo lejos, el túnel se hacía más oscuro, el resplandor que entraba por una alta y estrecha ventana era la única fuente de luz. Tania no sabía que tan lejos debía llegar para encontrar a Lucas, en la oscuridad le iba a ser imposible seguir su rastro.
Indagó a su alrededor y divisó diversos materiales de construcción: palas, espátulas, trozos de madera y cadenas gruesas. Medio escondida bajo una lona, vislumbró una linterna. La tomó enseguida y se adentró con la poca luz que emitía al interior del cavernoso túnel. La voz la llamaba con insistencia, acompañada además, del sonido de cadenas que eran arrastradas.
Al llegar a una intercepción que dividía el túnel en tres caminos diferentes, los sonidos se silenciaron. El corredor se encontraba en su parte más oscura, siendo visible para Tania, solo el espacio que la débil linterna alumbraba. El resto era un manto de oscuridad total. Su piel estaba tan susceptible que podía captar el terror recorriéndole las venas.
En uno de los pasillos pudo divisar un resplandor que se producía al pasar la luz de la linterna, eso la animó a tomar ese rumbo, mientras el ambiente se cargaba con una extraña estática.
Bastaron algunos pasos para llegar a un pasillo repleto de jaulas vacías, similares a las que había encontrado en la cabaña de los animales. Con un sudor frío que le bajaba por la sien se adentró más en el túnel.
—Lucas —intentó llamar con labios temblorosos. Le costó tres intentos pronunciar un sonido audible, pero lo único que recibió en respuesta fue un fiero gruñido que la paralizó.
Sin previo aviso, alguien le arrancó de un manotazo la linterna y la apagó, para sumirla en una horrible oscuridad. Tania iba a gritar justo en el momento en que otra persona la tomó por detrás y la encerró entre sus brazos, hasta taparle con fuerza la boca.
—Silencio o morimos todos.
La extrema calidez de una voz que le susurraba al oído, y de un cuerpo semidesnudo y sudoroso que se apretaba al de ella, le frenó los instintos de sobrevivencia. Era la voz de Lucas, podía sentir su olor dulce y la tibieza de sus labios que se apoyaban en su oreja. Lo sabía, no era necesario mirarlo para tener una certeza.
Cerró los ojos y obligó a su corazón a calmarse, para que los desbocados latidos no los delataran. Pudo percibir que de las muñecas de Lucas colgaban trozos de gruesas cadenas, pero algo se movía dentro de la cueva. Tania podía escuchar el sonido de pisadas y ligeros gruñidos que pasaban frente a ellos. Lucas la abrazó con más fuerza y bajó el rostro hasta su cuello para aspirar su aroma, y dejarle un silencioso beso que le calentó la piel y le sacudió parte de su miedo.
—Sabía que vendrías —le susurró al oído.
Ella le acarició el brazo que le rodeaba la cintura y se aferró a su abrazo. Esperó en silencio que la muerte pasara de largo, sin notar su presencia.
Poco le importaba el peligro que la acechaba. Mientras estuviera allí, entre los brazos de Lucas, cualquier amenaza podía ser soportada con valentía.

3 comentarios:

  1. Guauuu... Qué nervios!!! Pobre Tania!!! Quiero saber cómo se las arreglará para salir de allí. Esto se está poniendo cada día mejor. :)

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  2. ¡Ayyy que tensión! Me encanta esta historia, cada capítulo me deja con ganas de más.
    Es muy entretenido y emocionante :) ¡Felicidades!

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  3. Mmmmhhh, que intenso, me late que acá la cosa va a ser con Carlitos y no con Lucas ehhh??!!!
    Muy bueno JJ!!

    Besos!!

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