jueves, 17 de noviembre de 2011

Relato: El efecto vampírico


Cansado de tanta incertidumbre, Kiko Zamora se alejó del ordenador y se dirigió a la cafetera para servirse la cuarta taza de café, que se tomaría en menos de una hora, aunque sabía que al hacerlo, la ansiedad lo volvería más loco que de costumbre.
Revisó por décima vez el reloj, notando que ya era hora de marcharse, pero no quería irse hasta no recibir la noticia que esperaba. En su casa no contaba con internet.
Volvió a sentarse frente al ordenador con la taza humeante apresada entre las manos. Hacía un buen rato, perdió la cuenta de la cantidad de veces que había revisado su correo electrónico, si lo encontraba vacío de nuevo, no sabría cómo reaccionar. Ya no soportaba más angustia.
Pegó un respingo esparciendo el ardiente café sobre su ropa pulcramente lavada y planchada, sobre el ordenador y hasta en el suelo. Maldijo decenas de veces en voz muy baja, mientras intentaba limpiar un poco el desorden, pero la ansiedad lo venció. Dejó a un lado la servilleta que utilizaba para secar el café y se dispuso a revisar el mensaje electrónico.
Positivo, mi tigre. Hoy a las diez nos vemos en Galenos…
Poco le faltó a Kiko para caer infartado de la impresión. Nervioso, se levantó de la silla y comenzó a caminar por toda su minúscula oficina como un león enjaulado. Había logrado convencer a su amante cibernética de encontrarse en una disco para “hacer realidad sus fantasías”, ya no había oportunidad de arrepentimientos.
¿Y si se entera Martica? Pensó angustiado.
Con la rapidez de un rayo, apartó esa preocupación de su mente. Estaba convencido de que eso le pasaba a la muy tonta por haberlo rechazarlo tantas veces. Ahora, él estaba dispuesto a tener a otra mujer, mucho mejor que ella. Y ella seguiría sola y amargada, por culpa de su terquedad.
Alejó de su alma cualquier sentimiento de arrepentimiento y pena, y comenzó a recoger sus cosas para marcharse. Debía prepararse para esa ardiente cita. En su casa, después de pasar horas en el baño, hasta dejar su piel enrojecida de tanto que había restregado la pastilla del jabón en su cuerpo, se paro frente al espejo y ensayó varias poses de macho seductor.
Aspiró todo el aire que pudo e infló su huesudo pecho, ocultando la panza. Enderezó los delgados hombros y presionó los brazos para hacer notar sus escasos músculos. Admirándose por un buen rato. Engominó sus ensortijados cabellos hasta dejarlos tan duros como el cemento, para estar seguro de que ninguno se saldría de su sitio mientras él conquistaba a su enigmática dama.
Sonrió haciendo brillar los ganchos de acero que trataban inútilmente de enderezar sus torcidos dientes. El destello lo hizo imaginarse cómo deslumbraría a la chica cuando entrara en la disco.
Muy optimista, se vistió con las mejores ropas que su madre le había planchado. Pero antes de marcharse no podía dejar de aguijonear a Martica para que se diera cuenta del excelente hueso que había perdido, por andar detrás de un filete de primera.
Tomó el teléfono y la llamó, recibiendo un habitual “Uhmm” como respuesta.
-Martica, cariño, me voy de parranda con una amiga que conocí por internet.
-Ok -le respondió con fastidio.
-No te voy a extrañar, aunque me hubiera encantado que estuvieras a mi lado.
-A mí también me hubiera encantado estar ahí. Así me burlaba de la cara de idiota que terminarías poniendo al darte cuenta que la chica nunca aparecería -expresó con burla.
Kiko no pudo evitar reír como un estúpido por los celos desgarrados de su Martica. Eso lo hacía como una lección para la mujer, pero en el fondo, la única sería ella.
Sin más dilataciones, se despidió de su adorada novia y se fue directo a la disco, donde lo esperaba Cleopatra, la hermosa, exuberante y divertida mujer que había conquistado en un chat.
Adentro, la música dance invadía el ambiente. Kiko estaba solo en una pequeña mesa cerca de la barra, bebiéndose la tercera cerveza de la noche. Cleopatra tenía cuarenta y siete minutos de retraso, aunque eso no le preocupaba, sabía que a las mujeres les fascinaba hacer esperar a los hombres. Para entrar en calor y no aparentar ser un idiota, terminó de beberse el resto de la cerveza que quedaba en el vaso y con mucha determinación se dirigió a la pista, batiendo los brazos sobre la cabeza y sacudiendo las caderas al estilo Ricky Martín. Aunque por sus torpes movimientos, daba la impresión de sufrir una fuerte dislocación del hueso.
Con energía, comenzó a realizar sus muy ensayadas rutinas de baile, imitando a Jhon Travolta en Fiebre de Sábado por la Noche. Conocía la coreografía muy bien, ya que era habitual que realizara esos espectáculos en las fiestas familiares, frente a sus arcaicas tías, su madre y su Martica. Pero hoy era diferente, se sentía un miembro más de la sociedad, un ganador.
Cuando se encontraba en medio de su más exigente rutina, pudo notar a una despampanante rubia que se acercaba a él con mucha sensualidad, mientras sacudía las caderas de forma sugestiva y le pasaba sus abultadísimos pechos muy cerca del rostro.
El hombre no sabía qué hacer, miraba embobado a la exuberante mujer al tiempo que intentaba coordinar sus pasos. La rubia clavó sus hipnóticos ojos color esmeralda en los suyos y lo engulló con la mirada.
-Mi querido Roco.
Kiko quedó inmóvil en medio de la pista y con el rostro tan blanco como la leche. Aquel ángel de cabellos de oro lo había llamado por su nombre cibernético, con una voz erótica.
-¿Cleopatra? -le preguntó con timidez. La mujer asintió y le sonrió divertida, disfrutaba a lo grande aquel baile.
Kiko quedó por unos segundos atontado, aquello había superado sus expectativas.
-¿Cómo… cómo me reconociste?
-Dime si ves a otra persona que tenga puesta una corbata purpura estampada con pequeñas mariposas amarillas.
Él sonrió avergonzado, pensaba que aquello era un cumplido. Aquella corbata había sido la única prenda de vestir que se le había ocurrido colocarse para que ella lo reconociera entre la muchedumbre.
Sin pensarlo dos veces, siguió a la hermosa rubia hasta su mesa y pudo pasar la noche más maravillosa de su vida. Cleopatra no había ido sola a la disco, estaba con sus tres hermanas, tan despampanantes y preciosas como ella. Todas con abultados senos, que él podía notar muy bien ya que estaban a la altura de su rostro. Esas mujeres estaban hechas a su medida.
Las cervezas iban y venían, hasta que perdió la conciencia y despertó al día siguiente en una habitación oscura de hotel, desnudo y enrollado en finas sábanas de seda junto a las cuatro hermanas.
Casi sufrió un paro cardiaco al darse cuenta de la escena. Con lentitud salió de la cama para no despertarlas y se vistió con dificultad. Al salir del hotel ya eran las once y media de la mañana, lo que significaba que había perdido un día de trabajo. Eso le iba a causar serios problemas con su jefe y con su madre.
El intensó sol le molestó la vista y lo obligó a resguardarse entre las sombras. La cabeza estaba a punto de estallarle y el estómago se le revolvía como una lavadora en ciclo rápido. No podía ir a su casa, si su madre lo pillaba con aquella facha como mínimo lo eliminaría de su testamento. Un Zamora nunca podía abusar de la bebida. Eso era pecado.
Así que se dirigió a la casa de su Martica y tocó con insistencia la puerta. A los pocos minutos, una mujer regordeta, vestida con un pijama de pantalón salpicado de caballos descoloridos, con los cabellos rojos hechos una maraña en la cabeza y las pecas inundándole el rostro, lo recibió con cara de pocos amigos.
-¿El hidalgo Zamora se dignó visitarme?
-Necesito tu ayuda.
Martica lo miró de pies a cabeza con repulsión, luego lo dejó entrar en su casa. Kiko estaba nervioso y enfermo. Comenzaba a ser consiente de lo que había hecho.
La mujer se paro firme en medio de la sala y cruzó los brazos en el pecho, mientras le dirigía una dura mirada.
-¿Qué hiciste ahora?
-Si mi madre me encuentra con estas fachas me corre de la casa.
-Quizás eso ayudará a que madure tu gallardía.
Kiko comenzó a caminar nervioso por la sala, frente a la mirada incrédula de Martica.
-¿Qué pasó en tu cita?
Iba a responderle a su novia pero quedó con la boca abierta. Se dio cuenta de que no tenía nada qué decir. No tenía la más mínima idea de cómo había llegado a un cuarto de hotel con cuatro exuberantes bellezas.
-¿Qué tienes en la boca?
Martica se acercó a él con curiosidad, pero antes de que lo tocara, Kiko indagó con rapidez en su boca para detectar lo que había llamado su atención, pinchándose con unos afilados colmillos.
Entró en pánico. Aquellos dientes no los tenía la noche anterior.
Sorprendida, Martica le tomó con brusquedad el rostro y lo evaluó con detenimiento.
-¿Qué hiciste, tonto? ¿Te pusiste colmillos de vampiro?
Kiko sintió que su corazón palpitaba con fuerza. Se acercó a un espejo pudiendo apreciar la misma  figura enclenque que lo caracterizaba de niño, el rostro debilucho y los hierros que le apresaban los dientes. Lo único diferente en su apariencia eran los colmillos, tan filosos e intimidantes.
-Esto debe ser una broma de mal gusto. Los vampiros son hermosos y no pueden reflejarse en el espejo ni salir cuando hay sol. Yo no cumplo con ninguna de esas condiciones.
Martica reía con evidente diversión.
-Como voy a disfrutar viendo a Gertrudis Zamora escandalizada al ver que su santo hijo se transformó en criatura demoniaca.
La idea de que su madre pudiera enterarse de la excesiva parranda que había tenido el día anterior, de su noche de lujuria con cuatro hermanas y de su nuevo estado demoniaco lo alarmaba. Sabía que Gertrudis sería capaz de llevarlo ante el primer cura que se encontrara para realizarle un exorcismo doble, con una buena dosis de flagelación que de seguro, ella misma estaría encantada de darle.
-¡No! Mi madre no puede enterarse de nada. Tienes que ayudarme, necesito darme un baño y tomar algo que me quite el olor a cerveza… Además, necesito arrancarme estos dientes.
Kiko hizo fuerza para extirparse uno de los colmillos, pero lo único que consiguió fue dolor. Martica se reía sin parar.
-Ve a darte un baño, que yo me comunicaré con Cobra. Él te ayudará con el tema de los dientes.
Un frío estremecimiento sacudió a Kiko. El Cobra era un hombre sin compasión, de dos metros de alto y doscientos kilos de peso, con más cuerpo que cerebro y gran amigo de Martica. Pero no podía hacer nada, necesitaba una ayuda rápida y el Cobra era el único que podía dársela.
Al poco rato, mientras se dirigía a la casa de Cobra acompañado de su incomparable novia, se topo con un extraño hombre que se escondía entre las más oscuras sombras. Martica se detuvo en un kiosco para comprar algo con qué calmar su glotonería, dándole oportunidad al extraño hombre, de una belleza radiante, cuerpo varonil y sonrisa arrebatadora, para llamarlo con insistencia.
Kiko se acercó con precaución, con el corazón palpitándole en la garganta.
-Dígame.
-Debes volver conmigo lo más pronto posible.
-¿A dónde? ¿Quién eres?
-Un amigo de Idolatra.
-¿Idolatra?
-La rubia con la que estuviste anoche, imbécil.
Kiko retrocedió con un desagradable estremecimiento recorriendole la piel. Martica comenzó a llamarlo fastidiada para reiniciar su camino, dándole una buena excusa para alejarse de ese extraño.
-Tengo que irme.
-Si no regresas antes del anochecer ella vendrá a buscarte y eliminará a tu estúpida novia.
Con el terror erizándole la piel, Kiko retrocedió un poco más.
-Nunca podrá encontrarnos.
-Puede oler tu sangre, idiota. Anoche bebió bastante de ti.
Nervioso, intentó alejarse, pero la curiosidad era más fuerte. Necesitaba entender algunas cosas.
-¿Por qué ella no vino a buscarme en persona?
-Me envió, porque a los vampiros más viejos les afecta el sol.
-¿A los nuevos no?
-Claro que sí, idiota.
Ya Kiko se estaba cansando de tantas burlas, podía soportar las de Martica, pero no las de ese extraño.
-Pues a mí no, entonces no soy ningún vampiro. Por tanto, ella no bebió ni una gota de mi sangre y no tengo porque ir a su encuentro.
El hombre rió con sonoridad, enfureciéndolo.
-El vampirismo saca a relucir lo peor de nosotros. Eres demasiado idiota para tener algo malo dentro de ti, pero eso no quiere decir que no estés infectado. Mírate en un espejo y notaras los colmillos que acabas de heredar.
-Deja de llamarme idiota -respondió Kiko con severidad, sintiéndose invadido por una furia desconocida que hasta a él mismo lo intimidaba.
-No sé que vio Idolatra en ti, eres desabrido, idiota y poco inteligente. Pero ella te quiere y si no vas a su encuentro es capaz de destruir la ciudad entera hasta que vuelvas a sus brazos.
A Kiko casi se le salieron los ojos de sus órbitas. Nunca en su vida alguien se había interesado en él, ni siquiera su Martica. Y ahora había una letal vampira amenazando a toda una ciudad solo para tenerlo. No pudo seguir analizando su situación por los gritos desesperados de su amada, que resonaban en toda la calle. Kiko no sabía a quién temer más, si a la vampiresa asesina o a su novia.
Corrió a su lado, mientras ignoraba las risas burlonas del hombre. Debía seguir su camino a la casa de Cobra, para intentar enmendar un poco sus errores.
Horas después, regresaba a la casa de Martica, adolorido, magullado y aún con los colmillos.
-Qué dientes tan fuertes. Ni siquiera se astillaron con los golpes que Cobra les dio con el mazo.
El nuevo vampiro caminaba desolado, cabizbajo y acongojado. Reprimiendo su desconocida ira.
-¿Qué te pasa?
-Nada. Estoy decepcionado.
-¿Por qué?
-Te has dado cuenta de que todo lo que nos han dicho sobre vampiros es mentira. No soy más atractivo, ni tengo una actitud temible, lo único que puedo hacer es soportar algunos golpes, pero eso no me exime de sentir dolor. Si tengo que cargar esta maldición me hubiera gustado al menos ser… diferente.
Martica lo miró de pies a cabeza, no estaba de acuerdo con lo que decía.
-Me parece que estas... bien.
-¿Bien?
-Sí... siempre me has gustado... así.
La mujer siguió su camino con el rostro endurecido, sin prestar atención a la creciente alegría de Kiko, a quien se le había iluminado la mirada por el cumplido. Su Martica jamás le había dicho algo positivo de su apariencia.
Se sentía poderoso. Eso lo hizo enderezar los hombros y caminar con orgullo. No sabía lo que era ser atractivo, pero era muy agradable que la persona que más te interesaba aprobara tu apariencia.
-Deja de fanfarronear, tonto, aún tienes un problema serio. ¿Qué vas a hacer?
           La pregunta de Martica lo desinfló. Esa nueva situación era un peso muy grande.
-No sé. Pronto será de noche, creo que tendré que hablar con Idolatra.
-¿Idolatra?
-La mujer que me convirtió en vampiro. Tendré que pedirle algunos consejos para ver qué puedo hacer o no con mi vida.
Martica lo miró confundida. Esperando obtener más explicaciones.
-¿Cómo te convirtió?
-No sé. La conocí por internet y anoche estuvimos en una disco. Esta mañana amanecí en su cama, desnudo, junto a sus tres hermanas y con los colmillos largos.
A la mujer casi le dio un infarto por la noticia. Se detuvo con brusquedad en la calle y lo miró con furia.
-¿Qué hiciste qué?
-¡No hice nada! No recuerdo lo que sucedió, solo la manera en que desperté.
Ella lo fulminó con la mirada, pero prefirió ignorarlo y seguir su camino. Kiko se sintió mal, sabía que había metido la pata. Después de haber logrado exprimirle un cumplido a su novia le salía con aquella historia de la cama y cuatro mujeres desnudas.
-Martica, te digo que no recuerdo nada. Ahora tengo que pensar cómo me quito a esa vampiro de encima.
-¿Por qué?
-Dice que tengo que volver a ella, si no lo hago esta noche vendrá a buscarme y…
-¿Y qué? -preguntó la mujer con voz desafiante.
-Y amenazó con matarte si no lo hago.
-Ah ¿Sí?
Martica se alegró por la noticia. Kiko no logró entender la razón, pero algo en el rostro divertido de la mujer le daba confianza.
-Vamos a mi casa. Allí planearemos la embestida.
El hombre quedó impactado. Él era el vampiro, el ser aterrador, dueño y señor de las sombras, pero Martica realmente daba miedo. No necesitaba de largos colmillos para ser intimidante.
Unas horas después, ambos se encontraban en la casa de Martica esperando la llegada de Idolatra. La noche estaba un poco calurosa, pero para Kiko, lo único que faltaba para justificar el frío helado del ambiente era que nevara.
-Deja los nervios.
-Si esa mujer es una asesina profesional, nos acabará en menos de dos segundos.
-Bahh… estoy segura que ni miedo trasmite.
-Según me dijo el hombre, solo a los viejos vampiros les afecta el sol… y a los malvados. Esa mujer debe ser vieja y terrible.
-He vencido un par de veces a Cobra y a todos los imbéciles del barrio en competencias de lucha. Con ella será un paseo. Si te quiere tendrá que pelearte.
Nunca en la vida Kiko hubiera imaginado que su Martica algún día estuviera dispuesta a luchar por él. Eso lo hacía sentirse bien. Sin embargo, no tenía más opciones que quedarse junto a ella a esperar a la muerte, mientras su novia afilaba un enorme cuchillo de cocina con una piedra de amolar.
De pronto, un vendaval arreció dentro de la casa. Y como todas las ventanas y puertas estaban cerradas, no fue difícil adivinar que aquel derroche de efectos especiales era la antesala a la llegada de Idolatra.
Kiko temblaba como gelatina aguada detrás de Martica, mientras la mujer, como toda una guerrera romana, se mantenía firme en su lugar. Mirando con aburrimiento la repentina aparición de la despampanante rubia.
-Roco, querido, ven a mí.
Martica la observó con incredulidad, pensando que además de ser una vieja vampira estaba completamente loca.
-¿Roco?
- Mi dulce de calabaza, te extrañé muchísimo.
-¿Hablas de Kiko?
Kiko continuaba escondido detrás de Martica, muerto de miedo y espanto.
-Me hiciste pasar la noche más ardiente de los mil años que llevo de vida. No te dejaré ir tan fácilmente trocito de chocolate.
Martica estaba más que impresionada. Miraba con escepticismo a Idolatra, sin creerse sus palabras.
-¿Kiko te hizo pasar una noche ardiente?
-Ven a mí dulce de limón, mis hermanas y yo estamos ansiosas por estar de nuevo entre tus brazos.
Idolatra se acercó para llegar a Kiko, pero Martica se interpuso fulminándola con la mirada.
-Olvídate de Kiko.
-Kiko murió, él ahora es Roco Graham, el ardiente dueño de mis deseos húmedos.
Aún más impactada, Martica seguía interponiéndose entre el aterrado vampiro y la vampiresa ardiente. No estaba dispuesta a dejarle ningún tipo de oportunidad, lucharía hasta la muerte.
-Déjalo que venga a mí, bruja.
-Él no quiere ir.
-Apártate.
Idolatra estaba furiosa, dispuesta a llevarse a Kiko como sea, pero Martica no lo iba a permitir.
Cuando la mujer se lanzó amenazante hacia ellos, Martica sacó de forma improvisada una estaca de madera y la clavó con facilidad en el pecho de la mujer. Idolatra chilló como una loca histérica, mientras se sacudía en el suelo.
Kiko estaba pasmado y Martica decepcionada.
-Una de las leyendas más ancestrales de la humanidad se derrumba ante mis ojos… qué aburrimiento.
Poco a poco, el cuerpo de Idolatra se convirtió en polvo, hasta esfumarse en el ambiente.
-¡La mataste! -gritó Kiko con los ojos desorbitados.
-¿Qué esperabas? ¿Una despedida?
Kiko aún mantenía la boca abierta y apresaba con un puño sus gritos de espanto. Martica lo único que hizo fue tomar la estaca y guardarla en un cajón.
-¿Por qué la guardas?
-Por si llegan más vampiros.
Molesta, se sacudió la ropa que se había llenado de hollín y se dirigió hacia Kiko.
-Ahora, vamos.
Él la miró confundido, aún con los ojos agrandados por el impactante final de la vampiresa.
-¿A dónde?
-A la habitación. Te he aguantado por cinco años, ¿y es con otra mujer con quien pasas noches ardientes? A mí lo único que me has entregado son tardes frías, aburridas y monótonas.
Al hombre casi le dio un soponcio a causa de aquella orden. Su Martica nunca había mostrado interés en él y ahora parecía estar… ¿celosa?
-¡Muévete! -le gritó.
Aquel derroche de autoridad despertó el efecto vampírico en Kiko. Sus colmillos se afilaron hasta el extremo y todo el cuerpo se le endureció. No sabía lo que había hecho la noche anterior, pero de alguna manera lo repetiría, y solo con su Martica.
El vampirismo sacaba lo peor de nosotros, pero él no tenía nada malo que sacar… a menos que su chica se lo ordenara.



2 comentarios:

  1. Hola guapa!, como ya t dije por el Facebook, me gustó mucho tu relato y me pareció muy divertido. Da gusto leerse algo distinto que rompa la rutina de siempre lo mismo... muy original!!!.

    Saludos y suerte con el concurso!, muak!!!

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  2. Hola guapa, cuando puedas pásate x akí y me dejas tu opinión, vale?:

    http://elclubdelasescritoras.blogspot.com/2011/11/sin-titulo-esto-no-me-puede-estar.html

    Fíjate k en el comienzo he añadido una estrofa. Espero k lo k he añadido a continuación t guste... Saludos y feliz comienzo d semana!, muak!!!

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