lunes, 5 de diciembre de 2011

Relato: El milagro de una mirada


Realizado para la antología PASIÓN DE NAVIDAD, organizada por el CLUB DE LAS ESCRITORAS


Para Libia, en el mundo quedaban pocas cosas que podía soportar, pero el día de Navidad no era una de ellas.
La alegría de todos los seres humanos, la esperanza que irradiaban los adornos y arreglos navideños, y el exquisito olor de los platillos que comenzaban a prepararse para la tradicional cena navideña, le revolvían el estómago y la paciencia.
Sentía que el planeta cada vez se volvía más egoísta. La gente celebraba las fiestas sin preocuparse si el vecino de al lado quería dormir en silencio, o concentrarse en una aburrida película en la televisión sin el aturdimiento de la música, de las risas y de los sonidos atronadores de los fuegos artificiales.
Estaba hastiada de tanta felicidad enlatada. Lo peor, era que no podía esconderse en ningún lugar. Todo el maldito pueblo celebraba y la obligaba a ser partícipe de sus alegrías.
Libia se encontraba sola en su casa, sentada con desanimo en la mesa del comedor. Aún faltaban horas para la cena navideña. Miraba, a través de sus lágrimas, todos sus fracasos y frustraciones. Había dejado a un lado los estudios, amores, amistades y sueños, para dedicarse en cuerpo y alma a cuidar de sus padres enfermos. No se arrepentía de haber consagrado su vida a ellos, pero el profundo vacío que le dejó sus partidas le doblegaba el alma.
Al quedar sola, todos le aconsejaron ocuparse de ella misma, reiniciar su vida y hacer todas aquellas cosas que nunca había podido hacer. Pero, ¿cómo retomaría su vida después de haberla ignorado por casi treinta años?
De tanto pensar en posibles caminos impregnados de vagas esperanzas, la paciencia se le agotó. Dejó que la depresión se apoderara de su alma y la empujara a tomar una mortal decisión. ¿Si todos se habían marchado? Sus padres, su ánimo, sus sueños y oportunidades. ¿Por qué no marcharse ella también?
Se levantó de la mesa y salió de su casa dispuesta a realizar una última visita al imponente río, ubicado a un escaso kilómetro de su residencia. El camino le serviría para atormentarse con amargos recuerdos de una existencia sin sentido y le endurecerían aún más la determinación.
Al llegar, miró a la agitada corriente con desafío y la retó a actuar con toda su furia. Ese río se había cobrado la vida de decenas de personas, que como ovejas incautas se habían arriesgado a entrar en sus entrañas siendo absorbidas por su indetenible poder.
Ella necesitaba de esa arrogancia para arrancarse la vida.
Se detuvo por unos segundos a pensar su estrategia. Era más factible caer en el centro del caudal, donde la corriente era más poderosa, así no tendría oportunidad para que sus instintos de sobrevivencia se activaran y luchara por su vida. Quería algo rápido y efectivo. Aquella devastadora corriente tenía que ser lo suficientemente poderosa para llevársela hasta las profundidades, darle la paz que tanto ansiaba y reunirla con los suyos.
Buscando el mejor lugar para lanzarse, divisó el viejo puente, censurado desde hacía varios años gracias al mal estado de su estructura. Nadie se atrevía a cruzarlo, pero notó que alguien se había arriesgado a pasar sobre él y colocar una soga atada a dos arboles. El mecanismo era ideal para lo que se proponía, de esa manera lo atravesaría utilizando la cuerda como apoyo, hasta llegar al centro de la corriente.
Una sonrisa se le dibujó en el rostro. Por primera vez en toda su vida el universo conspiraba de su parte y le otorgaba lo que tanto ansiaba.
Se acercó al obsoleto puente y se sostuvo con fuerza de la soga, para comenzar a andar con mucha precaución. Pronto estaría en el punto más peligroso del caudal, donde saltaría para caer los cuatro metros que la separaban de la muerte. Y en cuestión de segundos, todo habría terminado…
Mientras avanzaba respiró hondo, no por indecisión, sino para concentrarse lo mejor posible en su tarea. Sin embargo, el viejo puente no parecía estar muy colaborador. Con cada paso que daba las roídas maderas crujían bajo su peso y amenazaban con romperse en cualquier momento, para lanzarla entre las piedras de la orilla.
Esa idea la aterró. Si caía entre las piedras había posibilidad de quedar viva, pero inválida o con alguna otra deficiencia. Ese sería el peor castigo para su osadía. Tendría que soportar vivir sus desabridos días a través de la lástima y la pena ajena, ya que desconocidos tendrían que encargarse de ella.
Eso no lo soportaría.
Por eso, se sostuvo con más fuerza y caminó con mucho cuidado, rogando porque las débiles maderas soportaran su peso. Pero cuando se encontraba a mitad de camino, el puente se sacudió con violencia y la dejó paralizada, aferrada a la soga e invadida por el terror.

Cansado y agobiado por tanta alegría navideña, Alex se dirigió a toda prisa al río, para culminar lo que desde hacía días intentaba hacer.
Perdió todo su dinero por una mala jugada de su hermano, quien luego lo abandonó a su suerte en medio de su conflicto, para quitarse de encima cualquier culpa. Toda su vida se había ido por un caño. Perdió su casa, su novia, su carro y todo lo que tenía, hasta quedar completamente arruinado. Desde hacía cinco meses había hecho hasta lo imposible por recuperarse, pero en vez de algún esporádico éxito lo único que obtenía eran rotundos fracasos. Estaba harto de luchar sin obtener resultados positivos, de hallarse hundido entre tanta soledad y traición.
La llegada de las fechas navideñas lo empeoraba todo. El amor desbordado de la gente, la lastimosa caridad de los amigos y las palabras de aliento y esperanza le envenenaban el alma.
Él no estaba acostumbrado a que lo compadecieran. Primero prefería la muerte antes que la falsa consideración de sus allegados.
Había pasado días analizando sus posibilidades. En ese tiempo se había encargado de colocar la soga sobre el viejo puente, confiando en que aquella labor lo animara a acabar con su vida. Ya su camino no tenía retorno. Aprovecharía la soga para alcanzarse a la poderosa corriente que lo arrastraría sin piedad. Por más que luchara, nunca podría salir con vida, allí tendría asegurada su muerte.
Al llegar, casi termina siendo víctima de un paro cardiaco al ver cómo una estúpida mujer colgaba de su soga.
El corazón le dio un salto en el pecho y comenzó a galoparle desenfrenado.
Alex quería ser el causante de su propia muerte, pero no la de otro. Por alguna razón esa imbécil se había subido a su patíbulo y ahora estaba a punto de caer en medio de las rocas. Ese sería el peor de los castigos, tener que vivir con el peso de una muerte en su conciencia, a causa de sus descuidos.
A toda velocidad corrió hacia ella, dispuesto a salvarla.

Cuando Libia notó al enorme hombre que se acercaba presuroso al puente para ayudarla, se aterró aún más. Las maderas apenas podían sostenerla a ella, si él subía, ambos caerían entre las rocas.
—¡No se acerque!
Trató de detenerlo, pero era imposible, el hombre estaba dispuesto a rescatarla de aquella peligrosa travesía y se acercaba con determinación.
—¡Cálmese! La bajaré de allí, no se preocupe —dijo él con seguridad. ¿Y cómo no iba a preocuparse? Una cosa era entregarse de manera voluntaria a la muerte y otra muy diferente era llevarse consigo a un inocente. Eso no lo podía consentir.
—Por favor, retroceda. Las maderas están a punto de ceder. Si usted sube caeremos juntos.
—Créame, las maderas son más resistentes de lo que cree.
—¿Cómo lo sabe?
Libia intentaba regresar con lentitud, apoyando la mayor parte de su peso en la soga; y Alex procuraba alcanzarla, con su confianza puesta en la fuerza del agarre de la cuerda, para no afectar aún más al puente.
—Llevo dos días trabajando sobre ellas para colocar la soga y me han sostenido muy bien.
La mujer levantó el rostro para observar a la persona que intentaba ayudarla, hasta quedar atrapada por el poder de su mirada. El hombre poseía los ojos más hermosos que jamás hubiera visto, de un color esmeralda oscuro tan profundos como el indómito río.
Alex también había quedado inerte. Los ojos chocolate de la mujer le inmovilizaron cada fibra de su cuerpo y le golpearon el alma como si fuera un poderoso rayo que le surcaba todo el corazón.
—No se mueva, voy a sacarla de allí.
Libia se estremeció con su voz suplicante. No entendía por qué confiaba en aquellas firmes palabras, pero lo obedeció y se quedó quieta hasta que él pudo llegar a ella.
El desgarrado crujir de las maderas les transfiguró el rostro, hasta transformarlos en una máscara de puro terror. Lo que terminó cediendo no fue el puente, sino la soga, ya que no tenía la suficiente fuerza para soportar el peso de ambos.
No pudieron evitar perder el equilibrio y caer al vacío, dirigiéndose a toda velocidad hacia la orilla, como una indetenible bola demoledora.
Alex la cubrió con su cuerpo, para recibir el impacto del choque. A pesar del devastador golpe pudo sostenerla con fuerza y se aferró a la soga que pendía del árbol al que estaba atada.
Libia tenía los brazos y piernas alrededor de su salvador, apretada con fuerza a su robusto cuerpo. Cuando el corazón dejó de latirle desbocado, se atrevió a levantar el rostro del cuello del hombre para volver a mirarlo a los ojos, experimentando una dulce humareda de ternura que le recorría el alma.
—Gracias…
El débil susurro de su voz le llegó a Alex como una tierna melodía navideña, y le apretujó el pecho.
—Gracias a ti.
Y en realidad era mucho lo que agradecía. Su milagrosa mirada le arrancó la desolación del alma y lo alejó de la muerte.
Un nuevo crujir los sacó a ambos de su embelesamiento y los ocupó en bajarse de aquel lugar antes de que el árbol se derribara por el peso de sus cuerpos.
Hasta que no tocaron el suelo, no se sintieron aliviados.
¿Morir? Por ahora no. Tenían bastante trabajo qué hacer mientras indagaban las razones de las intensas sensaciones que estaban sintiendo.
—Me llamo Libia.
Ella levantó la mano derecha para que su héroe la estrechara, pero con caballerosidad él la tomó para besarle con suavidad los nudillos y arrancarle una tímida sonrisa.
—Soy Alex. ¿Te gustaría compartir conmigo una taza de café? ¿O un chocolate caliente?... te daré lo que quieras.
Lo único que Libia pudo hacer fue asentir con la cabeza, sin borrar de sus labios una sonrisa.
Ambos se alejaron del indómito río para dirigirse a un café del pueblo y compartir una bebida, un dulce navideño y una buena conversación. Pasaron el resto de la tarde juntos, e incluso se hicieron compañía durante la cena de Navidad. Celebrando, bajo el resplandor de las estrellas, un milagro más de la Noche Buena.
En el solitario río el viejo puente terminó de ceder. Nadie pudo ser testigo de la fuerza arrolladora de la corriente cuando arrastró sus maderas y las golpeó con fiereza contra las rocas, hasta lograr astillarlas en cientos de pedazos y sumergirlas en las oscuras profundidades del torrente. 
El río tuvo su parte del banquete, mientras Libia y Alex compartían el suyo, conociendo de nuevo el significado de la esperanza. Un milagro que les llegó a través de una intensa mirada, reflejada en los profundos ojos de un amante. 


PUBLICADO EN EL CLUB DE LAS ESCRITORAS... LINK AQUÍ 

Gracias por leerme. 

3 comentarios:

  1. Te quedó precioso, me encantó!!
    La fuerza de la esperanza y el amor a veces son muy necesarias en fechas así!!

    Un abrazo!!

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  2. Qué lindo relato! Me gustó mucho! Hermoso mensaje! Saludos. :)

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  3. Felicidades! Está muy bien escrito y deja un bonito mensaje...
    Besos

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