lunes, 20 de febrero de 2012

Relato Reto San Valentín: Dame una oportunidad...

El relato que hoy les traigo es de mi autoría para el RETO SAN VALENTÍN. Espero les guste...


Ismael intentaba mirar un poco de televisión en medio del caos que se desató en su casa. Los gemelos de su pareja atraparon un pájaro y gritaban emocionados buscando a su madre para mostrárselo. Los chicos, con apenas siete años, eran muy inquietos. Sobre todo para el gusto de Ismael, un devoto amante de la calma. 

Aún no sentía que tenía la potestad de callarlos y correrlos a otro lugar, hacía apenas dos semanas se había mudado con Olivia y aunque se conocían desde hacía un año, disciplinar a sus muy independientes hijos era un derecho que se ganaba con más convivencia. 

Respiró llenándose de abnegación, escuchando la apresurada entrada de Samuel, su hijo. 

—¡Papá, los gemelos atraparon un pichón! —le dijo el niño de unos diez años, agitado.

—Baja la voz, Samuel —lo reprendió con severidad, logrando que el chico perdiera de manera instantánea la alegría.

Los gemelos entraron en la sala como un vendaval, vociferando su hazaña. Ismael arrugó el ceño y se mordió los labios para no decirles nada, sintiendo cómo la sangre se le calentaba en las venas. Samuel sonreía y los miraba saltar entre los asientos, mientras sacudían al pobre pájaro que apretaban con fuerza entre las manos. 

El niño se angustió. Notó que el animal abría el pico con desesperación y luchaba por no morir asfixiado. Corrió hacia el chico que lo apresaba y comenzó a forcejear con él para que lo soltara. El gemelo peleaba furioso y le gritaba improperios para que no le quitara el pájaro. Su hermano se unió al combate, jalándolo por la camisa y solicitando ayuda. 

Olivia entró en la sala e intentó calmar los ánimos de los niños, procurando gritar más alto que ellos para ser escuchada. La situación se salió de control, Ismael no podía seguir ignorando el problema. 

Se levantó del sillón y tomó con rudeza a su hijo por el brazo, para apartarlo del conflicto. Lo abofeteó para que se calmara, ya que la angustia lo había enloquecido, luego lo reprendió con dureza y lo amenazó con castigarlo si continuaba con el escándalo. 

Los gemelos lloraban desconsolados. En algún momento de la lucha el animal escapó y por más que Olivia intentaba serenarlos los chicos chillaban como críos malcriados, alterando más los nervios de Ismael. 

—Iban a matarlo —intentó explicar Samuel a su colérico padre en medio de sus sollozos, ocultando su enrojecido rostro entre las manos. 

—¡CÁLLATE! —ordenó Ismael. Aunque se dirigía a su hijo con intensión de disciplinarlo, levantándole la mano en señal de amenaza, se refería a todos los presentes. La rabia se adueñó de él, lo único que quería era un momento de paz para descansar después de una ardua jornada de trabajo, olvidándose que la angustia de su hijo nacía de amargos recuerdos del pasado. 

Hacía un par de años el niño había sido el único testigo de la muerte de su madre, que cayó sin vida frente a él a causa de un paro cardiaco, con el cuerpo estremecido por el fuerte dolor que la agobió y la mirada llena de terror… una experiencia que jamás olvidaría y que había revivido al observar al pobre animal asfixiándose en las manos de sus hermanastros. 

Samuel se encogió ante la intimidación de su padre y escuchaba los insultos de los gemelos que lo culpaban por haber perdido al pájaro. Se sentía humillado y herido.

—Papá… —al niño no le importaba lo que decían los gemelos, le dolía la furia de su padre y quiso suplicarle comprensión. Pero Ismael ya estaba en el límite de su paciencia. 

—¡DÉJAME EN PAZ! —le dijo. Aunque de nuevo se refería a todos los presentes. 

Samuel sintió una punzada de dolor en el corazón que pudo calmar corriendo con todas sus fuerzas hacia la calle. Su padre le gritaba que se detuviera, pero el chico no escuchaba a nadie. En su mente pasaban una y mil veces los recuerdos del rostro aterrado de su madre al morir, la angustia del pájaro asfixiado, los insultos de los gemelos y el doloroso golpe que su padre le propinó. Corrió y corrió hasta lograr alejarse de todo.

Llegó a una zona apartada, cerca de una colina, donde únicamente solitarios y altos árboles lo acompañaban. Se detuvo jadeante y se apoyó en un tronco, tratando de respirar y llorar al mismo tiempo. El trinar de unos pequeños pichones llamó su atención. 

El niño alzó la mirada al ramaje y notó la presencia de un nido. Sonrió esperanzado, lo único que necesitaba era una segunda oportunidad para volver a alegrar a su padre y a sus hermanos. Trepó hasta llegar a una alta rama y sacar, con sumo cuidado, a uno de los pichones. Se lo llevaría a sus hermanos para que lo perdonaran, pero cuando comenzó a bajar, el sonido del crujir de ramas lo alarmó…

Ismael se paseaba angustiado por la sala, reprimiendo las lágrimas. Hacía una hora su hijo había salido en carrera, llorando por el mal trato que le había dado. No sabía nada de él, lo habían buscado por toda la zona con ayuda de los vecinos, sin encontrar ningún rastro. 

El hombre estaba arrepentido. La furia lo dominó y no le permitió pensar en las verdaderas causas de la atribulada actuación de su hijo. Ahora, quizás era muy tarde para rectificar cualquier error. Con el pasar de las horas Ismael se desesperaba, si algo le sucedía a Samuel, él jamás se lo perdonaría. No podría vivir con esa culpa en el alma. 

Los gritos de un vecino lo sacaron de sus angustiados pensamientos. Se dirigió con prontitud a la entrada mirando a su hijo acercarse con dificultad, cojeaba y tenía el cuerpo manchado con un poco de sangre. Corrió a su encuentro y lo abrazó emocionado, dejando que decenas de lágrimas brotaran de sus aliviados ojos. 

El niño estaba cubierto de tierra, hojas, arañazos, golpes y sangre. Ismael lo acarició con cuidado, para limpiarle el rostro y embriagarse con la dulce sonrisa que se le dibujaba en los labios. Samuel estiró las manos y abrió con lentitud el abultado puño para permitir que saliera la cabeza de un pichón, que chillaba y le picoteaba la piel. 

—Dame una oportunidad —le dijo el niño casi en susurros, arrancando más lágrimas en su padre. 

Ismael lo volvió a abrazar y lo llevó en brazos al interior de la casa. 

—Dámela tú a mí —le dijo, recibiendo una sonrisa como aprobación.

PD: No espere que la fatalidad sea lo único que te motive a rectificar…

5 comentarios:

  1. Que precioso relato Jonaira, me dejó al borde de la emoción. A veces como padres perdemos la paciencia y luego nos arrepentimos de nuestras acciones, lo mejor es contar hasta 10, 100 ó la cantidad que sea necesario para recordar que nosotros también fuimos niños traviesos.

    Un abrazo, gracias por compartir!!

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  2. Muy emotivo y falta hace que nos recuerden de vez en cuando estos bellos pensamientos que no obstante ser corrientes, se nos pasan tan rápido que no nos damos cuenta de lo buenos que son hasta que nos lo cuenta alguien como tú. Gracias por compartir.

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  3. ¡Hermoso!

    Una muy buena moraleja para comenzar la semana.

    Besos

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  4. Muy bonito y con reminiscencias de bellas experiencias y ojalá que estos sentimientos se guarden por mucho tiempo y sirvan en la práctica.

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