jueves, 19 de julio de 2012

Relato: ¿Se puede volver de la muerte?


Practicando con la ciencia ficción logré crear un relato de lo más Friki, espero les guste…

 

Género: Ciencia Ficción

La mañana intentaba escurrirse por los pliegues de las cortinas hacia la desolada sala de Jacinto Urquiola, tenues rayos lograban iluminar parte del rostro desgarbado del hombre, mientras éste observaba abstraído el fondo de una taza manchada con restos de café, que descansaba sobre una mesita de fórmica con ruedas en las patas.
Sentado con apatía en el único sillón que adornaba la pequeña estancia, reflexionaba sobre su vida. Sentía la soledad como un gran yunque que a cada segundo lo hundía en un oscuro y profundo pozo, estaba acostumbrado a cuidar de alguien desde los ocho años, por eso, ahora no tenía nada qué hacer. Se sentía aburrido y sus deberes les eran insípidos.
Comenzó aquel enfático hábito velando por su tímido hermano al iniciar la escuela. Después de unas cuantas temporadas el chico se marchó de casa para vivir con su padre, quedándole la responsabilidad de cuidar de su madre enferma. Al cumplir los veintitrés años ésta murió, meses después esperaba junto al altar para unirse en matrimonio con Lorena Peñalver, una joven de padres extranjeros y mirada caprichosa. Una década más tarde la mujer lo abandonó, pero contó con la dicha de tener, una semana sí y otra no, a su hija Anastasia.
Cada vez que la chica se quedaba con él la protegía como a una rosa de cristal, hasta que una triste mañana un conductor imprudente la arrolló acabando con sus dieciocho años de vida.
Después de aquel fatal hecho Jacinto perdió todo interés por lo mundano. Sin embargo, decidió continuar. Desde hacía cuatro años se había mudado a la capital y pudo aplacar la soledad adoptando una camada de tres perros que encontró dentro de una caja, cierto día en que regresaba del trabajo. Los mantenía bien cuidados, bañados, alimentados y consentidos, pero a pesar de todas las atenciones que les brindaba y del afecto que recibía de sus mascotas, nada le era suficiente para calmar el asfixiante vacío y la amarga pena que lo agobiaba. Se sentía inútil.
El pitido del teléfono lo sacó con brusquedad de sus cavilaciones. Se levantó de golpe y empujó la mesa con tal fuerza, que terminó volteada y expulsando la taza por los aires hasta caer en el suelo, fragmentándose en pedazos. Ni siquiera se molestó en quejarse, al menos tendría algo qué hacer después de atender la llamada.
Ignoró el desorden y se acercó con prontitud al aparato, emocionado por la novedad.
—¿Quién?
—Pon el canal veintiséis. ¡Rápido! —le ordenaron.
Se sobresaltó al escuchar aquella voz. Era Lorena, su ex esposa, quien evitaba dirigirle la palabra desde el entierro de su hija. Cuando lo hacía, era por asuntos de extrema importancia.
—¿Qué…?
—¡Muévete Jacinto, antes de que termine el programa!
La voz autoritaria de la mujer lo obligó a abandonar el teléfono y correr al televisor para poner el canal que le pidió, sin entender lo que sucedía.
Al encontrarlo observó la imagen de un importante empresario sentado en una cómoda butaca. Respondiendo, con ensayada diplomacia, las preguntas dirigidas por un periodista. Hablaban de economía, un tema que le crispaba los vellos de la nuca.
Esperó algunos minutos con el ceño fruncido tratando de descubrir, en las palabras del hombre, lo que su antigua mujer quería mostrarle, pero no hallaba nada importante. Estaba a punto de apagar el televisor, angustiado por las necesidades de su ex esposa, cuando al canal se le ocurrió enfocar la imagen de todo el estudio, y pudo apreciarse al periodista, el empresario y la joven mujer que lo acompañaba.
Quedó impactado al mirar a la hermosa chica sentada al lado del hombre. La boca y los ojos se le abrieron como platos. Era su hija. Anastasia.
Con torpeza se levantó del sillón para acercarse a la pantalla, y la observó con detenimiento. Era exactamente igual, con los cabellos negros que le caían rebeldes sobre los hombros, los hoyitos marcados en las mejillas por su tierna sonrisa y la nariz respingada heredada de su abuela materna. Pero a pesar del gran parecido físico su pose era altiva y su estilo de vestir en nada se asimilaba al de su tímida y sencilla hija. Y los ojos… no eran los mismos ojos negros llenos de vida de su Anastasia, sino de un azul intenso, casi irreales, que miraban con frialdad.
—Santo Cristo… —exclamó.
Se aferró a la cruz de plata que le colgaba del cuello mientras se percataba que la chica se agitaba con movimientos pausados durante intervalos establecidos. El resto del tiempo se mantenía inmóvil, sin pestañear siquiera, conservando una sonrisa en los labios. Parecía una estatua viviente.
Al finalizar la entrevista, en medio de las despedidas, el periodista se refirió a ella como Verónica Santaella, la esposa del entrevistado. La mujer aumentó un poco la sonrisa y dirigió la mirada a la cámara, clavando sus gélidos ojos en Jacinto, que había quedado petrificado y con la cruz empuñada en la mano.
El sonido del teléfono lo hizo brincar del susto. La frente la tenía cubierta por un sudor frío y el corazón le latía desenfrenado en el pecho. Tomó el auricular con mano temblorosa y escuchó la angustiada voz de Lorena al otro lado de la línea.
—¿La viste?
No podía responder, las palabras las tenía atragantadas en la garganta.
—Jacinto era ella, lo sé, era mi Anastasia.
—Era muy parecida, pero…
—¡Era ella! —Lorena lloraba desconsolada, angustiándolo más.
—No es posible. Murió hace cuatro años. La enterramos.
—Pero es ella, mi corazón de madre me lo asegura.
Jacinto soltó la cruz, que le quedó marcada en la palma, para frotarse la frente y despejarse el aturdimiento. Necesitaba pensar con claridad.
—No es posible Lorena, ¿viste sus ojos? Los tenía azules. Anastasia los tenía negros.
—Eran lentes de contacto, ¿no lo notaste? Nadie tiene los ojos así de azules. Eran muy brillantes.
La insistencia de la mujer lo desesperaba. Jacinto no sabía qué hacer ni qué pensar. En realidad la joven era muy parecida a su hija, pero no había ninguna razón lógica ni natural que justificara su aparición en aquel programa de televisión.
—Iré por ella —le dijo Lorena más calmada.
—¡¿Qué?!
—Iré a la capital y la buscaré. Ese hombre es una personalidad pública, indagando podré encontrar la dirección de su casa.
—¿Estás loca? Es un empresario poderoso. ¿Cómo crees que te recibirá?
—No me importa. Es mi hija, necesito hablar con ella.
Jacinto respiró con pesadez. Aunque los nervios aún los tenía alborotados, la cordura se le iba asentando con lentitud en las neuronas.
—No es Anastasia, no es posible, ella está muerta. La enterramos hace cuatro años —intentó utilizar un tono de voz sobrio para meterle un poco de sensatez a su ex mujer en la cabeza, pero era inútil. Lorena estaba decidida.
—Iré, Jacinto. Si quieres me acompañas, ella también es tu hija.
—No lo hagas, puedes terminar en la cárcel acusada por acoso.
—Te dije que no me importa, voy saliendo a la capital. Al llegar te llamaré. Tendrás suficiente tiempo para pensarlo.
Sin esperar respuesta Lorena cortó la llamada, dejando a Jacinto angustiado, confundido y aterrado. Cuando se le metía algo en la cabeza a esa mujer no descansaba hasta lograrlo. Así tuviera que pasar por encima de quién fuera. 


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Gracias por leerme...

3 comentarios:

  1. Me dejaste con la miel en la boca, adorada Jonaira. Te felicito un inicio muy interesante...

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  2. Qué impactante! me tuvo en suspense hasta el final... muy bien logrado! Marta

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