miércoles, 30 de septiembre de 2015

Confesiones en una tarde calurosa (N°2)



¡Ah caraj, esto ha cambiao mucho!

A mi abuela la perdí muy pronto. Yo estaba recién casada, comenzaba a comportarme como una mujer estable cuando la enfermedad se me la llevó. Antes, mi juventud me hacía efervescente, alegre e inquieta. Tarde comprendí que debí dedicarle más tiempo a oír sus historias, a esos viejos recuerdos que iban y venían cada vez que nos quería poner en cintura.

“Ahhh, en mis tiempos…” iniciaba mi abuelita, y luego se explayaba narrándonos alguno de sus tantos aprendizajes del pasado que podían servirnos para la actualidad. Muchos los escuchaba por obligación, si la detenía, el cuento se alargaba y yo no tenía tiempo para malgastarlo en esas remembranzas.

Sus pequeños ojitos negros se humedecían cada vez que su memoria viajaba a sus años juveniles; por el rostro de su madre, por las sonrisas de sus hermanitos, por las tardes de confidencias con las amigas mientras tomaban un café sentadas en el suelo del porche, o por la figura templada y segura de su padre.

Las calles del pueblo se ensanchaban con sus historias, se volvían de tierra y se poblaban de mulas, de campesinos laboriosos y muchachos traviesos que correteaban sin descanso. Las casas alineadas, fabricadas con ladrillos y protegidas por altos cercados de hierro, desaparecían, para mostrar aquellas construcciones de bahareque y caña, que poseían grandes ventanales abiertos hacia los valles. Aparecía el fogón, el pilón del maíz, los perros, y las decenas de pollos y patos que transitaban en libertad por las amplias cocinas.

Cuando ella se acercaba para contarme sobre la vida de aquellos días, yo no estaba muy dispuesta a la tertulia. Pero ahora, miro a la organizada urbanización que se desarrolla al pie de la montaña y siento melancolía por una época que no viví. Hoy tenemos modernidad y de alguna manera, seguridad, pero ya los pobladores no se asoman a los patios y saludan al vecino que está afanado en la siembra de su conuco. Por todos lados hay muros y rejas, desaparecieron los árboles, ríos y quebradas, quedando solo calor y un sol inclemente que seca las ideas y los ánimos de cualquiera.

En ocasiones cierro los ojos e intento idealizar este lugar como aquel pueblo de campesinos donde creció mi abuela, pero me es imposible, los cuentos quedaron inconclusos y las dudas abundan. Cómo me hubiera gustado haber sacado más tiempo para escuchar con atención esas historias, escribirlas y dibujarlas.

Mirar ese pasado, donde surgieron las costumbres, expresiones, juegos y tradiciones de este presente, me resulta relajante y hasta vivificador. Me hace querer más lo que tengo y ser más empático con el ambiente, e incluso, con la gente. Lástima que no aproveché a tiempo la sabiduría de mi abuelita, obteniendo así más de esa época antigua que ahora me ayuda a enfrentar el futuro.

Gracias por leerme. 



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