martes, 29 de noviembre de 2016

LO QUE DEJÓ EL OLVIDO, Capítulo I. El accidente



Cassidy Morgan atraviesa una etapa de transición en su vida: regresó a su pueblo, debe buscar trabajo, poner en orden la antigua casa de sus abuelos y encontrar un especialista que atienda el problema de lenguaje de su hijo de cinco años. Pero dos meses después de su mudanza no ha podido tachar ninguna de las “tareas por hacer” de su lista.
Un accidente de tránsito ocurrido de camino a su hogar le impide seguir pensando en la forma en que saldrá de sus conflictos. Un desconocido está tirado junto a la cuneta y una lluvia torrencial amenaza con inundar a todo el poblado. Ella busca la manera de ayudarlo, pero él no recuerda nada, ni quién es ni qué le ocurrió. La presencia de Cassidy parece calmarlo, por eso ella termina ocupándose de él.
La convivencia aviva algo más que recuerdos, saca del cajón del olvido viejas emociones, pasiones dormidas, temores que se pensaban superados y verdades conocidas a medias. La aparición de ese hombre no solo cambia por completo la vida de Cassidy, sino que lleva al pueblo el pasado del que ella quiso desprenderse, lleno de peligros, muerte y tristeza.



© Jonaira Campagnuolo, 2016
LO QUE DEJÓ EL OLVIDO
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CAPÍTULO I. EL ACCIDENTE



La lluvia golpeó sin piedad el cristal del parabrisas del auto, por eso iba a menos de sesenta kilómetros por hora, para evitar algún imprevisto.
La última vez que asfaltaron las calles en Rayville tenía como seis años de edad. Ya habían pasado veinte, si un simple aguacero podía volver peligrosas las vías, este copioso temporal las transformaría en una verdadera amenaza.
De haber estado sola, habría llegado a casa en pocos minutos. En ocasiones me daban impulsos temerarios en los que no me importaba nada, como si brotara de mi interior una ansiedad que por años había estado represada y ahora buscaba una salida. Más aún, en ese instante de mi vida, en que deseaba con todas mis fuerzas gritar hasta perder las cuerdas vocales, para descargar la enorme frustración que me embargaba. Pero conmigo viajaba Neil, mi hijo, un adorable chico de cinco años que no dejaba de cantar a todo pulmón desde el asiento trasero. La mujer que lo cuidaba le había enseñado un villancico. Faltaban pocos días para la Navidad, una época que a mi chico le entusiasmaba, pero que a mí me ponía los nervios de punta.
—Mamá, ¿compraremos un árbol? —Mi hijo interrumpió su cantinela para preguntarme por los preparativos de las fiestas.
—Tal vez, mi amor —le respondí sin dejar de atender el camino. Aunque era media tarde, las nubes de lluvia oscurecían la vía dificultando aún más el recorrido.
—¿Y regalos? Nina me dijo que a los niños que se portaban bien les traían regalos. ¿He sido bueno?
Mis ojos se nublaron con lágrimas. Tuve que morderme los labios para no permitir que mis emociones se descontrolaran.
—Claro que has sido bueno, amor. El mejor —le aseguré, obteniendo una amplia sonrisa como recompensa.
Neil reinició la canción mientras miraba la lluvia caer desde la ventanilla. Yo tuve que respirar hondo para empujar el nudo que se había instalado en mi pecho. Llevaba dos meses en Rayville. Viajé a este pequeño pueblo ubicado al norte de Louisiana para escapar de la efervescencia de Nueva Orleans, refugiándome en la antigua casa de mis abuelos, en busca de calma y seguridad. Sin embargo, aún no había conseguido un trabajo estable, ni un especialista que atendiera la situación de mi niño, mucho menos, había podido desempacar por completo. Los primeros días de mi estadía fueron un desastre, y lo peor, era que con la cercanía de la Navidad se pondrían peor.
—Ma… ma… mami… —En medio de una curva pronunciada resonó el chillido de unos neumáticos. Un auto se acercó a toda velocidad hacia nosotros, al tiempo que hacía un intento desesperado por frenar.
El miedo me subió por la columna vertebral como si se tratara de un líquido helado que congelaba todo a su paso, hasta invadirme el cerebro. Por instinto bajé la velocidad, pero una luz cegadora alumbró los alrededores y me desconcertó.
—Ma… ma… ma… —Mi hijo se aterró tanto que sus demonios volvieron a salir a la luz para aturdirlo. Desde la muerte de su padre, cada vez que lo dominaba el miedo o la tristeza, tartamudeaba sin control.
—¡Tranquilo, ya va a pasar, ya va a pasar! —expresé para tranquilizarlo, aunque no podía utilizar un tono convincente.
Un auto pasó a nuestro lado rodando únicamente con las dos ruedas laterales. Por la impresión frené de golpe mientras el vehículo patinaba frente a nosotros y se estrellaba contra el barandal de la cuneta.
Por la velocidad con la que venía terminó volando por los aires y dio varios giros antes de caer con brusquedad en el suelo. El impacto fue feroz. Los cristales del auto colisionado se hicieron pedazos y se derrumbaron en el asfalto, junto con trozos de su carrocería, que se mezclaron con el agua de lluvia que caía sin parar.
El grito de Neil me ensordeció y me dejó inmóvil por casi un minuto. Cuando logré reaccionar me giré hacia el niño, que lloraba y temblaba al mismo tiempo, con la vista clavada en el vehículo que yacía con las ruedas en alto y a un costado el camino.
—¡Neil, mi amor, cálmate! —le exigí mientras le acariciaba una mejilla—. Hijo, por favor mírame. ¡Mírame! —le pedí con firmeza, para que me dirigiera su atención—. Todo está bien. Tú y yo estamos bien —le repetí. Mi alma se hizo pedazos al verlo tan conmocionado. Había huido de Nueva Orleans para que él no tuviese que pasar por momentos como esos, pero esas pesadillas parecían perseguirnos hasta en el fin del mundo.
—Mu… mu… mu… muerto…
Cerré los ojos con agotamiento por causa de la palabra que a mi niño le costaba pronunciar. Él había sido el primero en ver a su padre sin vida después del maldito accidente ocurrido un año atrás. Me incorporé en el asiento y apreté con una mano el puente de mi nariz. No podía dejar que las circunstancias me hicieran perder de nuevo la cordura.
Tomé mi teléfono móvil y marqué el número de Mark, el único amigo de la infancia que me quedaba en Rayville, y quien trabajaba en el pueblo como oficial de policía. Me esforcé porque mi voz sonara serena mientras le narraba los hechos ocurridos.
Aproximé mi auto al vehículo accidentado para dictarle a Mark el número de la placa y otras características que me había consultado.
—Está afuera —exclamé con ahogo al terminar de relatarle los datos solicitados.
—¿Quién? —preguntó mi amigo al otro lado de la línea.
—El chofer, está afuera, tirado en el suelo junto a la cuneta —revelé sin apartar mi atención de la figura humana desmayada sobre el piso encharcado.
—No se te ocurra bajar del auto, Cassidy —me advirtió. Él me conocía muy bien—. Una patrulla está en camino y yo salgo enseguida para allá. No hagas algo estúpido, ¿me escuchas?
No escuché sus palabras. El impulso temerario que en ocasiones me invadía nubló mis sentidos. Después de una rápida despedida finalicé la llamada, sin oír los sermones que él vociferaba a través del teléfono.
—Ma… ma… mamá… —El llamado de Neil me obligó a virar hacia el chico antes de abrir la puerta. El niño ya no lloraba, pero su voz sonaba afligida.
—Tranquilo, solo voy a auxiliarlo. Debe estar herido y por la lluvia tendrá frío. —Compartimos una mirada ansiosa. Él tenía miedo de quedarse solo, pero lo que más le angustiaba era que ese hombre muriera. La historia del fallecimiento de su padre parecía repetirse ante sus ojos.
No quería que aquello sucediera. Deseaba con todas mis fuerzas que el sujeto estuviese vivo, para mostrarle a mi hijo que aún podían existir los milagros, aunque estos no nos ocurrieran a menudo. 


Al abrir la puerta, una cortina de agua cayó frente a mí. Tomé mi paraguas ubicado encima del asiento del copiloto y lo abrí afuera para salir con rapidez, cerrando tras de mí. Volví a dirigirle a mi hijo una mirada sosegada antes de encaminarme hacia el sujeto. Necesitaba que su alma albergara esperanzas, no más miedos o desencantos. Cuando lo vi asentir me giré hacia el hombre y me apresuré por llegar a él.
Ubiqué el paraguas encima de su cabeza, para evitar que la lluvia siguiera cayendo sobre su cara, de la que se apreciaban varias contusiones y cortes de los que salían una gran cantidad de sangre. Me arrodillé a su lado y toqué su pecho. Respiraba con suavidad y su piel desprendía calor.
El alivio me arrancó una sonrisa. Lancé una mirada hacia mi hijo y le hice una seña con el pulgar en alto, indicándole que todo estaba bien. Él posó una de sus manitas en el vidrio de la ventana y sonrió en respuesta. Sus ojitos agrandados por el terror recobraron algo de calma.
Volví mi atención hacia el sujeto y detallé su cabeza. Sus cabellos negros estaban empapados y manchados de barro, pero no se apreciaban cortes o heridas. Su rostro de facciones cuadradas y varoniles fue lo que sufrió lastimaduras. Debió golpearse contra la ventana y el volante mientras el auto colisionaba.
Su cuerpo era largo y delgado. La camisa de franela se le pegaba al pecho fibroso por culpa de la lluvia. Lo vi tan sereno que no pude evitar acariciar su mandíbula, poblada por una suave barba de pocos días.
El corazón casi lo expulsé por la boca al percibir que los párpados del hombre se abrieron de manera repentina tras mi contacto. Ambos quedamos inmóviles, nos observamos con una mirada entre sorprendida y confusa.
Sus ojos color avellana se clavaron enseguida en mi mente. Dejé hasta de respirar mientras él se mostraba cada vez más alterado, como si tuviera la imperiosa necesidad de decir algo pero le era imposible expresarse.
Quise incorporarme y tranquilizarlo para garantizarle que en pocos minutos llegaría la ayuda, a lo lejos se podían escuchar las sirenas de la policía, pero antes de que pudiera levantarme él alzó con rapidez una mano y apresó la mía, con una fuerza que me asustó.
—No —susurró con cierto rastro de dolor.
—Estará bien, ya viene la policía —dije sin poder apartar mi mirada de sus ojos.
El hombre no respondió, pero pareció respirar con menos cadencia y sus facciones se suavizaron un poco.
No soltó mi mano, la sostuvo con firmeza.
—¿Quién eres? —preguntó él con un hilo de voz. Estuve a punto de decirle mi nombre, pero al verlo apretar su ceño y endurecer de nuevo el semblante para mostrar una aterrada confusión, mis labios se sellaron— ¿Quién soy?
Su pregunta me hizo arquear las cejas con incredulidad. Casi enseguida llegó un auto de la policía, que aparcó junto al mío, evitando que aquella extraña conversación continuara.



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