jueves, 1 de diciembre de 2016

LO QUE DEJÓ EL OLVIDO, Capítulo II. La decisión




Había días en que me era imposible cumplir con lo planificado, más aún, desde que llegué a Rayville, escapando de mis errores.
Era de noche. A esa hora tendría que estar preparando la cena, luego vería un poco de televisión con Neil, mi hijo, y escucharía sus anécdotas de ese lunes hasta que el chico cayera dormido en mis brazos. Para ese día había decidido quedarme despierta hasta la madrugada y así terminar de desempacar, logrando poner un poco de orden en la casa, donde las cajas se apilaban por los rincones junto al polvo. Sin embargo, me encontraba en la sala de urgencias de un hospital, acompañando a un sujeto que no conocía, pero a quien por alguna extraña razón no podía abandonar.
—Señora Morgan, el señor Hunter quiere hablar con usted —me avisó la enfermera.
—Gracias.
Entré al cubículo donde descansaba Robert Hunter, que así se llamaba el sujeto, algo inquieta. Robert había quedado confundido tras el accidente, y yo, mucho más. Mi hijo estaba afuera, acompañado por Mark, más sereno, pero aun mostrándose nervioso por lo ocurrido. En vez de ocuparme de mi chico estaba allí, complicando mi vida.
—Hola —lo saludé con cierta timidez. Me crucé de brazos y evité mirar su torso desnudo, que, aunque estaba marcado con algunas lastimaduras y viejas cicatrices, no dejaba de ser perfecto.
Él levantó el rostro y posó sus ojos claros en mí. En mi estómago se produjo una de esas emociones que experimentaba de adolescente, cuando me encontraba frente a un hombre interesante. Pensé que nosotras las madres no sentíamos ese tipo de turbaciones.
—Hola —respondió él con una voz que evidenció inseguridad.
—¿Cómo… te sientes? —indagué para iniciar una conversación. Mi mirada se paseó entre los pocos muebles y objetos que poseía el cuarto, para no fijar por mucho tiempo mi atención en sus ojos, que me resultaban adictivos. Robert, sin embargo, me observó cómo si se esforzara por reconocerme.
—Bien… algo, lastimado, pero… creo que sobreviviré.
Nuestras miradas se unieron por un instante. No sé qué demonios me pasaba, el cansancio y la frustración debieron minar mi capacidad de raciocinio, porque me comportaba como una estúpida que no sabía mantener el control sobre una situación.
—Eso es bueno. —Fue lo único que pude expresar. Me sentí bloqueada—. ¿Recordaste algo? —Él se mostró contrariado y desvió su vista al suelo.
—No —expresó como única respuesta. Respiro hondo y echó una ojeada hacia la puerta de la habitación, como pidiendo auxilio.
Me conmovió su semblante derrotado. Intenté ponerme en sus zapatos, ¿cómo reaccionaría si un día despertaba sin saber quién era, viéndome en el suelo de un lugar desconocido con decenas de heridas en el cuerpo?
Varias ideas llegaron a mi mente y despertaron mi terror y mi angustia. Pensé en Neil, en qué sería de mi hijo si yo llegaba a desaparecer y perdiera la memoria. Él entraría en pánico y nadie sabría cómo afrontar su situación.
Aquellas imágenes aumentaron mi desasosiego. Descrucé los brazos para frotarme las manos e intentar calmarme.
—Podríamos averiguar algo sobre ti en internet. —Robert dirigió de nuevo la mirada hacia mí. Sus intensos ojos claros casi me cortaron el aliento. Un rayo de cordura iluminó mi memoria: ¿acaso había dicho podríamos? ¿Por qué me incluía en un trabajo que solo le correspondía a la policía?—. Digo, sería bueno que colaborara con la policía buscando información en las redes sociales. Todo el que conozco tiene un perfil en alguna de ellas. Yo tengo uno en Facebook, aunque hace mucho que no lo uso.
Ese comentario jamás debí hacerlo. Hablar de esa vieja cuenta me trajo a la memoria a mi esposo fallecido, y a las mentiras que él me había dicho y descubrí gracias a esa red social. Por unos segundos quedé con la vista extraviada en unos recuerdos que creí superados y había enterrado en la parte más profunda del cajón del olvido, pero al parecer, no fui capaz de dejarlos bien asegurados.
—Me gustaría intentarlo.
La intervención del hombre me sacó de golpe de mis añoranzas y agitó de nuevo mi inquietud. Comencé a lamentar el haber dicho ese podríamos.
—¿Te quedarás en el hospital? —consulté para desviar el tema.
—No.
—¿Y a dónde irás? —Segundo error del día. ¿Es que no podía mantener mi boca cerrada? ¿Qué me importaba a mí lo que él hiciera o no?
—Al cuartel de policías. Allí me ayudarán a ubicar a algún conocido.
—¿Y si no consiguen a nadie?
La mirada de Robert relampagueó un segundo.
—No sé, tal vez me permitan quedarme en la comisaría hasta que llegue la mañana.
Me mordí los labios para controlar la preocupación que esa respuesta me produjo, pero fue imposible, era demasiado idiota como para quedarme al margen de un problema que no debía interesarme.
—¿Encontraron algo dentro de tu auto que facilite la búsqueda?
—No. Solo mi identificación.
El rostro confundido del hombre siguió doblegando mi juicio, aunque dudo haber tenido alguna vez tal cosa. Después del accidente de mi esposo pasé un par de días en la jefatura, entre averiguaciones y trámites. Sé lo que es pasar una noche sentada en una incómoda silla de aluminio, sin poder probar otra cosa que no sea café amargo de máquina.
Según había comentado el doctor que atendía a Robert, la pérdida de memoria del hombre era temporal, producto de los golpes que se había dado en el accidente. Solo necesitaba de descanso y terapia para recuperarla, pero esa noche no conseguiría nada de eso. Aquello me revolvía la conciencia.
—Si no tienes donde quedarte… —Maldita sea, no podía evitarlo—. En mi casa tengo un dormitorio desocupado.
Él me miró con fijeza. ¿Por qué hacía eso?
—No tengo internet en casa —continué con mi absurda perorata—, pero mañana podríamos ir a algún sitio con conexión para ayudarte a ubicar un rastro tuyo. —De nuevo seguí hundiéndome en el fango.
Él sonrió. ¡Oh, Dios! Qué mala jugada. Con eso me encandiló.
El asunto empeoró al verlo levantarse y acercarse a mí, aunque con pasos lentos y con cierta dificultad. Su figura se detuvo a tan solo centímetros de mi cuerpo. Su altura creó sobre mí una sombra y su presencia me rodeó de un calor abrazador que me intimidó.
Alcé la cabeza y procuré mantenerle la mirada. Si no lo hacía quedaba en evidencia lo abrumada que me sentía.
—No sé cómo, pero de alguna manera agradeceré tu gesto —expresó. Su voz, a pesar de escucharse resquebrajada por los malestares que lo aquejaban, vibraba con una intensidad que hacía estremecer mis emociones. Sonreí como una imberbe que de pronto estaba frente al cantante de su banda de música favorita.
—Luego hablaremos de eso. Yo… —Retrocedí un paso—. Iré por mi hijo. Esperaré afuera mientras te dan de alta.
Robert asintió sin dejar de mirarme. Di media vuelta y salí del área de urgencias lo más rápido que pude.
El gran problema de las madres solteras, era que en la mayoría de las ocasiones, como en mi caso, nos concentrábamos tanto en la rutina y en el porvenir de nuestros hijos que descuidábamos las emociones y necesidades que nosotras, como seres humanos, poseíamos. Por eso era fácil que termináramos deslumbradas por expertos seductores como ese Robert Hunter, que si bien había perdido los recuerdos de su existencia, estaba segura de que conservaba muy bien las mañas que definían su personalidad.
Si había cometido un error al dejarme conmover por su situación vulnerable, pagaría bien caro por eso en su momento. Ahora debía esforzarme por poner un poco de orden en mi vida.
Salí en dirección a la cafetería, donde se encontraba Neil. Al verlo terminar entusiasmado un plato de papas fritas arrugué el ceño.
—¿Qué has hecho? —le pregunté a Mark con semblante derrotado. Después de ese consumo de grasas el niño no querría cenar algo más saludable al llegar a casa.
Mark me dedicó su típica sonrisa de medio lado, perezosa y de autosuficiencia, apostada sobre una mandíbula eternamente poblada por una sombra de barba. Recostó su cuerpo atlético en el espaldar de la silla y me miró con picardía.
—Tardaste mucho, mamá. Los hombres no somos capaces de soportar tanto tiempo sin comida, deberías saberlo.
Resoplé, pero casi enseguida mostré una amplia sonrisa. Con Mark era difícil estar furiosa, era un sujeto encantador, aún con su uniforme de policía y sus armas de reglamento. Sin embargo, mi semblante volvió a ensombrecerse al recordar que tenía algo importante qué confesarle.
—Invité al tipo accidentado a dormir en mi casa. —Como lo imaginé, él perdió la diversión al escuchar mis palabras.
—¿Hiciste qué cosa?
—No tiene a donde ir, Mark, no recuerda nada, está confundido y asustado, y la policía no le garantiza una solución definitiva a su problema para esta misma noche —argumenté, aunque me parecía que lo hacía más para convencerme a mí misma de que el error cometido tenía una base sólida y no para tranquilizar a mi amigo.
—No sabemos quién es, Cass —me recordó con severidad, al tiempo que se incorporaba en el asiento para apoyar los brazos en la mesa y acercar a mí su rostro enfadado—. Ese sujeto no tiene registros visibles, no aparece en ninguno de nuestros sistemas, ¿sabes lo que eso significa?
—Que nunca ha cometido ningún crimen —asesté con forzada inocencia. Debía alivianar de alguna manera mi metida de pata.
Mark desvió su atención por un instante para controlar su furia y se llenó los pulmones de aire antes de dedicarme una de esas miradas que solía utilizar con los que infringían las leyes.
—Existen organizaciones delictivas con mucho poder y recursos capaces de meter sus manos dentro de los registros del estado y alterar los datos. —Puse los ojos en blanco ante la explicación de mi amigo, pero a él poco le interesó mi actitud malcriada—. Limpian por completo los expedientes de sus miembros, e incluso, cada vez que lo necesitan pueden crearles una identidad nueva sin ninguna mancha. Tú mejor que nadie sabes que eso es posible. ¿O ya se te olvidó lo que hizo tu esposo?
Las últimas palabras las dijo con rencor, sabiendo que me dolerían.
—Solo es un pobre hombre que tuvo un mal día y necesita ayuda —alegué irritada.
—No lo hagas, Cass —me pidió como un ruego, pero en su semblante podía intuir la orden. Eso me enfureció. Ya no era la chica inexperta a la que todos decían qué hacer. Estaba harta de que me manipularan y quisieran llevarme por el camino que otros trazaban.
—Pues, ya lo hice —pronuncié con desafío y me crucé de brazos para dar mayor peso a mi resolución.
Él me miró con dureza, podía notar como incluso su mandíbula se tensaba.
Algo dentro de mí se quebró, no podía negarlo. Le había tomado mucho cariño a Mark, él había sido mi única ayuda y guía desde que regresé a Rayville, pero no podía permitir que mi vida volviera a tomar el mismo rumbo de antes. Tenía que ser capaz de salir de los conflictos por mis propios medios.
Mark se levantó y se irguió frente a mí. Un deja vu me hizo arrugar el ceño. Él también era alto y de figura imponente como Robert, me arropaba con su presencia. La gran diferencia era que a Mark lo conocía desde hacía muchos años, y su sonrisa de hoyuelos, así como su cara de pocos amigos, me habían acompañado de forma muy cercana desde siempre. Con él no me sentía intimidada, sino segura.
—No pienso entrometerme en tu vida, pero no dejaré que vuelvas a cometer un error —dictaminó, luego de acercar su rostro moreno y de facciones duras a mi cara.
Finalmente se apartó hacia la barra manteniendo su pose retadora, para pagar la consumición. Me dejó ahí, con las palabras en la boca. Odiaba cuando hacía eso. De todas formas, ¿qué pensaba decirle?
—Mamá, ¿vamos a casa?
Me obligué a mostrar una sonrisa mientras abrazaba a mi hijo y besaba su cabeza.
—Sí, amor, y hoy tendremos un invitado que se quedará a dormir —le confesé con tono divertido.
—¿Puedo jugar con él? —preguntó risueño, sin dejar de comer las últimas papas que quedaban en su plato.
—No sé si él tendrá ánimos de jugar, pero yo sí —respondí y lo animé a levantarse de la mesa mientras le limpiaba las manos con una servilleta.
Lancé una ojeada hacia Mark antes de irme al estacionamiento donde esperaría a Robert. Lo vi junto a la barra en espera de su recibo de pago, con una de esas miradas indescifrables puesta en mí, que últimamente me ponían algo nerviosa.

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© Jonaira Campagnuolo, 2016
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