sábado, 10 de diciembre de 2016

LO QUE DEJÓ EL OLVIDO. Capítulo III. Confusiones




CAPÍTULO III. CONFUSIONES

«Buenas noches, mi nombre es Cassidy Morgan y soy una idiota», así será el saludo del grupo de apoyo que tendré que fundar luego de que culmine esta estúpida odisea: los imbéciles anónimos.
Como era de esperarse, todo fue un desastre, sobre todo, la cena. Mark decidió quedarse también, me fue imposible liberarme de él. Decidió cumplir con su sentencia al pie de la letra: «no dejaré que vuelvas a cometer un error». Debería agradecérselo, ¿cierto? Sin embargo, no lo hice, solo me especialicé en dirigirle mis bien estudiadas caras de fastidio y desaprobación, para que entendiera que me incomodaba su presencia.
Robert intentó mostrarse receptivo a pesar de los malestares que aún lo agobiaban, y la confusión que tenía en su cabeza. No quiso quedarse en cama. Era evidente que poseía la típica terquedad del macho humano de no mostrar debilidad nunca, ni siquiera, después de tener un accidente en el que casi pierde la vida. Prefirió sentarse con nosotros en la mesa, disimulando sus incomodidades.
Por ratos parecía perder la noción del tiempo, se quedaba pensativo, mirando a un horizonte invisible; o se liaba con las preguntas que le hacíamos, como si no comprendiera el concepto de ciertas palabras.
Mark aprovechó la ocasión para lanzarle un interrogatorio duro y desconfiado, de esos que les hacen a los criminales de alta peligrosidad en la policía. Cuando eso ocurría, lo fulminaba con una mirada asesina, que él ignoraba con descaro. Con toda la paciencia del mundo Robert logró superar la interpelación, diciendo lo mismo que les había dicho a los oficiales una y otra vez: «no recuerdo nada».
—Déjalo en paz, ¿no vez que acaba de tener un accidente? —le reproché a Mark cuando me acompañó a la cocina para llevar los platos al terminar la cena.
—No le pasó nada, Cass, está entero.
—¡Perdió la memoria! —le recordé en susurros, pero aplicando firmeza.
Él dejó sobre la encimera los platos que había traído y se paró frente a mí, con una mano apoyada en el borde del mueble y la otra en su cadera.
—Está fingiendo.
—¡Mark! —me quejé indignada. Él apretó el ceño y me observó con severidad.
—He notado ciertas actitudes…
—¡Ese fue el diagnóstico del médico, ¿cómo puedes ponerlo en duda?! —lo interrumpí enfadada. Él rio con burla, gesto que estuvo a punto de sacarme de mis casillas.
—Sí, confieso que el tipo es muy bueno en lo que hace.
Resoplé con sonoridad, harta de su desconfianza, y le di la espalda para sacar la jarra de la cafetera. Con delicadeza Mark me apartó de lo que hacía sosteniéndome por los codos, para obligarme a encararlo.
No pude evitar sentir un galope desenfrenado en mi pecho cuando las manos de mi amigo se posaron sobre mí, siempre adoré su contacto. Las manos de Mark eran grandes, rústicas y cálidas, de agarre firme cuando era necesario y suave la mayoría de las veces. Para mí, su tacto era como esos abrazos maternos que se añoran en los momentos frustrantes, como estaba resultando ese día.
—Escúchame —exigió. Una petición innecesaria, pues tenía toda mi atención puesta en sus ojos verde agua. Sin embargo, me afané en verlo con cara de fastidio. No podía permitir que él asumiera el liderazgo en mi vida—. Algo no anda bien con ese hombre, lo presiento. Solo quiero que no seas tan confiada.
—No lo soy. Entiende que lo único que he hecho es darle un techo donde pueda pasar la noche mientras resuelve su situación. No lo he invitado a vivir conmigo, ni pienso establecer con él una relación duradera.
Ahora fue él quien resopló con cansancio y bajó el rostro al suelo.
—No quiero que te quedes esta noche sola con ese hombre. —Levantó su cara hacia mí, doblegándome con su semblante angustiado.
En ese instante me provocó sostener su cabeza entre mis manos y acariciarle la mandíbula, marcada por una sombra de barba. Incluso, hasta sentí un deseo enorme por besarlo, por hacer lo que fuera necesario para borrar de sus facciones la pena.
—Mark, yo…
—¿Ocurre algo? —La repentina aparición de Robert en la puerta de la cocina me sobresaltó. Me alejé de Mark por instinto y miré a mi invitado con desconcierto.
—No… eh… ¿quieres café? —pregunté señalando la cafetera.
—En realidad, no —respondió Robert dirigiendo una mirada firme hacia Mark, que mi amigo le devolvió con la misma intensidad—. Vine a decirte que me iré a la cama. Me duele un poco la cabeza.
—¡Claro! —exclamé, recordando que aquel pobre hombre estaba pasando por un hecho traumático y yo, como mala anfitriona, lo dejaba solo mientras discutía con mi amigo—. Ve a dormir, y si escuchas algún ruido, esa soy yo moviendo cosas —expliqué con una sonrisa tonta en los labios—. Cómo pudiste darte cuenta, la casa está llena de cajas porque no he terminado de desempacar desde que me mudé hace pocas semanas. En las noches es que puedo encargarme de eso.
Robert asintió y me sonrió en respuesta. Antes de darse media vuelta lanzó una mirada seria hacia Mark y se despidió de él con una venia.
—Que te resulte provechosa la noche, y nuevamente gracias por tu generosidad.
—No te preocupes. —Agité mi mano frente a mi cara restando importancia al asunto—. Duerme, sé que mañana encontrarás una solución a tus asuntos.
Robert salió de la cocina y con pasos silenciosos se dirigió a la habitación que había preparado para él. Suspiré mientras lo veía marcharse, hubiera preferido que se quedara despierto un rato más, para conversar con él luego de que se marchara Mark y ayudarlo a recordar algo de su pasado. Sentía tanta curiosidad por ese hombre…
—No lo mires como si fuera una chuleta de cerdo recién sacada del fuego. —Las palabras agrias de mi amigo me molestaron muchísimo. Di media vuelta para quedar frente a él y perforar su semblante irritado con el mío.
—Será mejor que te vayas, debo acostar a Neil y desempacar.
Nos mantuvimos las miradas un instante, antes de que Mark decidiera caminar en dirección a la puerta. Lo vi marcharse con unas sensaciones contradictorias lacerándome el pecho. Por un lado lo quería lejos de mi vida, para que me dejara caminar sola sin más obstáculos que sortear, pero por el otro deseaba que se quedara, por miedo a la soledad.
Respiré hondo recordando que ya no era una joven indefensa que andaba por el mundo en busca de compañía, sino una madre con millones de responsabilidades encima. Si quería enseñarle a mi hijo a superar sus dificultades, debía aprender a salir adelante por mis propios medios, sin depender de otros. Mi ejemplo era la mejor lección que podía darle a Neil.
Tardé algunos minutos en acostar a mi niño, después limpié la mesa y ordené la cocina antes de servirme una enorme taza de café y comenzar a abrir las cajas ubicadas en un rincón de la sala. Esparcí libros, adornos y fotografías por el suelo, que luego ubicaría en los estantes de madera que cubrían una de las paredes.
Detuve mi tarea al sacar una foto en especial, donde aparecía sentada sobre un columpio con Adam a mi espalda, mi esposo fallecido. Uno de sus brazos me recorría el cuello, simulando que me ahorcaba. Ambos habíamos puesto caras graciosas mientras nos retrataban: la de él como si fuera un villano malvado, feliz por el crimen que cometía, y la mía, como la de un moribundo en el umbral de la muerte, con la lengua afuera y los ojos desorbitados.
A Neil le encantaba esa imagen por las muecas que hacíamos, pero a mí me producía repelús. Era como si predijera lo que ocurriría entre nosotros tiempo después, cuando comencé a descubrir quién era realmente el hombre con el que me había casado. Sin embargo, mi hijo no tenía culpa de los errores que había cometido en el pasado, por eso tenía esa fotografía a la vista. Adam siempre será su padre, aunque en vida hubiera sido un maldito hijo de puta.
Deseaba que mi niño conservara en su memoria la personalidad alegre y socarrona de Adam, esa que le mostró a él en todo momento, y a mí durante los primeros años de nuestra convivencia, y nunca llegue a enterarse de la parte vil y retorcida que su padre sabiamente ocultaba.
—¿Quién es? —La pregunta de Robert me hizo dar un brinco por el susto.
—¡Dios, me asustaste! —reproché y posé una mano sobre mi pecho para superar el sobresalto.
—Disculpa, no he logrado conciliar el sueño, solo salí por un poco de agua.
Levanté la vista hacia él y noté como tenía su atención fija en la fotografía que sostenía entre las manos. Una punzada de desconfianza me abrumó.
—No te preocupes —expresé y coloqué la imagen en el suelo, volteada para que no siguiera observándola, y me afané en sacar el resto de los artículos de la caja—. Es mi… es el padre de mi hijo —comenté con cierto rastro de rencor en la voz. No podía evitarlo.
—¿Están separados? —preguntó Robert, y se agachó junto a mí. El calor que desprendía su presencia me rodeó, inquietándome.
—Murió.
—Lo siento. —Alcé los hombros con indiferencia, aunque debía reconocer que aún me afectaba la muerte de Adam. Su recuerdo hacía que se me retorcieran las tripas y el corazón—. ¿Por eso te mudaste? —La indagación de Robert comenzó a incomodarme. Cada vez que alguien preguntaba algo sobre mi vida me ponía en alerta.
—Sí. Neil y yo necesitamos un nuevo ambiente.
—¿Y de dónde vienes?
—De Nueva Orleans.
Él asintió mientras alzaba algunos libros para revisar sus portadas. Eso me desagradó, sentía como si estuvieran invadiendo mi intimidad. Sin embargo, procuré controlar mis sentimientos para no ser descortés.
—¿Y tus padres? —siguió consultando.
—En Shreveport, una ciudad ubicada a dos horas de aquí.
—¿Y por qué no te fuiste con ellos?
—Ya te lo dije, mi hijo y yo necesitamos un nuevo ambiente —repetí de mala gana, al tiempo que sacaba con algo de premura las últimas cosas almacenadas. La inquietud comenzaba a superarme.
La pequeña risa de Robert casi me alteró los nervios. Lo miré enfurecida, pensando que se estaba burlando de mí.
—Perdona —se disculpó con las manos en alto—, es que me parece irónico. Yo, intentando recuperar mis recuerdos, y tú, huyendo de ellos.
Ups, aquello fue un golpe bajo. Toda mi soberbia cayó como una torre de naipes frente al viento.
—Discúlpame, no han sido fáciles estos días —me justifiqué algo sonrojada. Recordar la batalla interna que él también estaba atravesando me ayudó a sentir más empatía y eliminar la desconfianza.
—Puedo imaginarlo. Lo bueno es que tienes a tu hijo. Él te llena de recuerdos que de seguro, nunca podrás olvidar.
—Tienes razón, me gustaría deshacerme de muchas cosas, pero nada que tenga que ver con Neil.
Al decir aquello suspiré. Comprendía que me sería imposible olvidar por completo al hombre que tanto daño me había hecho. Estaría por siempre ligada a él, viviendo encarcelada a su maldito recuerdo.
—Hay algo que yo no quisiera olvidar luego de esto —agregó Robert. Al verlo, quedé petrificada. Sus ojos color avellana estaban puestos sobre mí con una calidez demasiado atractiva—. Tu sonrisa —declaró con voz seductora, dejándome sin aliento—. Fue lo primero que vi cuando desperté: tu rostro con forma de corazón rodeado por largos risos rubios y resaltado por una dulce sonrisa.
Agrandé los ojos sin poder decir una sola palabra.
—Lucharé por mantener ese recuerdo en mi memoria, porque me encanta. —Las últimas palabras Robert las dijo mientras acariciaba con el dorso de uno de sus dedos mi mandíbula. El contacto generó una corriente eléctrica que dejó paralizados a mis nervios. No pude moverme, pero él sí fue capaz de levantarse y dirigirse a la cocina en busca de un vaso de agua antes de regresar a su habitación.
Quedé allí, desconcertada.
Debía darle la razón a Mark: ese tipo era muy bueno en lo que hacía.

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© Jonaira Campagnuolo, 2016
LO QUE DEJÓ EL OLVIDO
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