miércoles, 21 de diciembre de 2016

LO QUE DEJÓ EL OLVIDO. Capítulo IV. Deseos




Las pesadillas me obligaron a salir de la cama antes de que amaneciera. Solo pude dormir una hora, la noche anterior había invertido mucho tiempo desempacando en la sala. Con pasos cansados fui a la cocina, necesitaba un café, a pesar de que la taza número siete del día anterior me la había tomado antes de acostarme.
Afuera llovía, como había estado sucediendo todos estos días. Por la ventana solo se observaba una cortina de agua que tapaba por completo el paisaje natural que se hallaba al otro lado. Aquel era un invierno frío y húmedo, muy frustrante.
Mientras me servía café escuché sonidos tras de mí. Al girarme, me topé con Robert, quien entraba a la estancia con un andar lento.
—Buenos días —lo saludé sin dejar de mirarlo. Acababa de darse una ducha, sus cabellos húmedos lo evidenciaban, y en su rostro se notaban pocas huellas dejadas por el accidente, solo algunos hematomas y pequeños cortes—. Deberías quedarte en cama.
—Me siento mejor de lo que me veo.
Esa confesión me arrancó una sonrisa. Si eso era verdad, entonces, estaba perfecto, ya que por fuera ese hombre era muy atractivo, de cuerpo atlético, brazos musculosos y facciones varoniles. Vestía un pantalón deportivo y una camiseta algo chicos para su contextura, que le había facilitado uno de los policías. Su ropa había quedado en condiciones deplorables. Llevaba los pies descalzos, un gesto que me pareció muy íntimo y agitó un ácido letal en mi estómago que desintegró todo mi juicio.
—Cualquier persona normal estaría por semanas en un hospital —comenté—, sobre todo, luego de despedazar su auto de la manera en que tú lo hiciste ayer. Es extraño que puedas levantarte de la cama horas después de un accidente tan aparatoso.
Lo miré con curiosidad por encima de mi taza mientras le daba un sorbo al café. Robert no se notaba tan maltratado como era de esperarse, se apreciaba muy bien a pesar de que en aquella colisión su cuerpo fue proyectado del vehículo hacia el exterior. Cualquiera pensaría que esa no había sido la primera vez, que era un sobreviviente habitual a esos choques, como los tipos malosos del cine. Esa idea me hizo arrugar el ceño. Pero la intriga no me hizo más prudente, al contrario, produjo en mi interior una atracción poderosa hacia ese hombre.
—¿No crees en los milagros? —respondió él apoyándose en la encimera, a mi lado, y fijando en mi cara sus abrasadores ojos claros—. Un ángel debió salvarme —expresó con voz sensual, erizando cada zona de mi piel.
En el instante en el que me acerqué a él, cuando lo vi tirado en la cuneta, pedí con intensidad que sucediera un milagro para que viviera, y así poder demostrarle a mi hijo que en ocasiones las cosas buenas ocurrían en el mundo. Pero al parecer a esos ángeles se les salió el prodigio de las manos. No solo lo dejaron vivo, sino que permitieron que llegara a mi casa y me sedujera con total descaro.
Sonreí como una idiota. ¿Qué más podía hacer? Él apoyó un codo en la encimera, inclinándose hacia mí, para dejar su rostro cerca del mío e hipnotizarme con una sonrisa torcida. El aire a mi alrededor se volvió lava líquida. El calor me hizo crepitar de deseo.
Me relamí los labios, o eso creo que hice, sin poder apartar mi atención de la forma de sus pectorales, bíceps, tríceps y todos los demás músculos que integran el torso y los brazos de ese hombre. Al parecer había enloquecido. A esa altura de la mañana (o madrugada, había perdido incluso la noción del tiempo) mi cuerpo no funcionaba como era debido. Hacía un par de días había perdido la menstruación, así que tenía la sensibilidad a mil por horas. Mi cuerpo pedía atenciones.
—Hoy todo mejorará —susurré con dificultad y, como si hubiera sido poseída por un espíritu maligno, despegué una mano de la taza para llevarla hacia el pecho de Robert, frotando con ternura la parte que la ajustada camiseta dejaba al descubierto. La mirada enfebrecida del hombre y sus labios entreabiertos parecían emitir ruegos.
Él se acercó más a mí, permitiendo que lo acariciara con ímpetu, de arriba abajo, repasando sus músculos con mis dedos hasta llegar al borde inferior de su camisa. Introduje la mano dentro de ella, logrando tocar la piel ardiente de su abdomen. Tracé círculos alrededor del ombligo, obligando a Robert apoyar la frente en mi cabeza y suspirar con profundidad.
Alcé el rostro hacia él y vi sus ojos cerrados y la piel de su cara enrojecida, encendida por la pasión. Pero de pronto, Robert abrió los ojos mostrando una amarga sorpresa, como lo había hecho el día del accidente, cuando me incliné hacia él y acaricié su mandíbula. Su mano se movió de la misma manera que en esa ocasión y apresó la mía, sacándola del interior de su camisa.
El miedo se esparció por mi cuerpo como una marejada. Intenté retroceder, pero Robert lo impidió. Me tomó por las caderas y me alzó para sentarme sobre la encimera como si pesara menos que una pluma. Me abrió las piernas y se ubicó entre ellas para llegar a mi boca. Lo recibí pasmada, no esperé una reacción tan fuera de sí. Me besó con tanto arrebato que me aturdió. Su lengua me asaltó sin compasión. Me sentí tan llena que me costaba respirar.
Procuré apartarme en busca de oxígeno, empujándolo por los hombros, pero Robert me rodeó con sus poderosos brazos, al tiempo que frotaba su gran erección contra mis partes íntimas.
¡Oh, Dios! Eso produjo una mezcla de miedo y deseo. Mi vientre ardió y mi piel cosquilleó, ávida por su contacto. Mi sexo palpitó enfebrecido mientras era acariciado con brusquedad por un músculo tenso que amenazaba con romper la tela del pantalón del pijama para poder entrar dentro de mí.
Entre jadeos arañé la espalda de Robert exigiéndole más. No pude evitarlo, a pesar de que mi corazón galopaba aterrorizado. Él llevó una de sus manos hasta uno de mis pechos, lo estrujó con firmeza y pellizcó con tanta violencia la punta que me hizo gritar.
No sé en qué momento me quitó la ropa, no sé si habré caído desmayada por algunos segundos o el calor que desprendía mi piel consumió las telas hasta hacerla desaparecer. El caso era que seguíamos en la misma posición, luchando entre ambos por besarnos y acariciarnos sin ninguna delicadeza, pero completamente desnudos. Lancé un alarido de dolor cuando él me penetró con furia y comenzó a bombear dentro de mí como si quisiera sacar todo eso que llevaba apresado por años. Me arqueé para sollozar por el indescriptible placer que me producían sus embestidas, tan profundas y dolorosas. Él me apretó con fuerza las nalgas, con sus uñas clavándose en mi piel para evitar que me moviera o me apartara. Parecía que deseaba traspasarme el cuerpo.
Como una desquiciada, en vez de buscar liberarme, me abrí de piernas cada vez más, tanto, que los huesos de mi pelvis sonaron como si se hubieran partido en dos. Robert introdujo en su boca uno de mis pechos, lo chupó y mordió con furor, arrancándome un grito despavorido que me lastimó la garganta.
Un torbellino de emociones se desató en mi vientre. El lacerante sufrimiento me hizo chillar y anhelar sacarlo de mí. Grité con desespero rogando que se detuviera y le halaba el cabello mientras llamaba a Mark pidiéndole ayuda. Sin embargo, mis cuerdas vocales se extinguían en medio de mi llanto, llenándome de desesperanza, hasta que un alarido retumbó en mi oreja y me heló la sangre.
—¡MAAAMÁÁÁ!
Al recobrar la conciencia me descubrí sentada en la cama, empapada por mis lágrimas y un sudor frío. Neil gritaba a mi lado, aferrándose con miedo a mi cuerpo estremecido.
—Ma… ma… ma… —Al escucharlo tartamudear intenté abrazarlo, pero él me sostenía con tanta firmeza que no me permitía que me moviera.
—¡¿Qué pasa?! —Robert entró apresurado a la habitación y encendió la luz, deslumbrando a mis pupilas.
Cerré mis ojos para esconder la vergüenza y la rabia que en ese momento me dominaban, por la estúpida situación que había creado. Con esfuerzo logré liberar a mis brazos del fuerte agarre de mi hijo, y abracé a Neil, llenándolo de besos.
—Solo fue una pesadilla, amor. Perdóname —le rogué en susurros. Él lloraba con su carita oculta en mi pecho y con su cuerpito tembloroso.
Me atreví a mirar a Robert, que estaba parado junto a nosotros. Su rostro confundido, amoratado e hinchado por las heridas del accidente, en nada se parecía al que había visto en el sueño. Mucho menos, su mirada, que en vez de mostrarse enfebrecida por el deseo, era compasiva.
Volví a ocultar mi cara avergonzada en los cabellos de mi hijo. Me sentí sucia y cruel por haber inmiscuido a ese hombre en mis obsesiones. Al escuchar un gemido, regresé mi atención hacia Robert. Él trataba de sentarse en la cama, pero los malestares del cuerpo lo aquejaban.
—¿Quieres que llame a Mark?
—¿A Mark? —pregunté contrariada.
—Gritabas llamándolo. —Su confesión aumentó mi vergüenza—. Vi que tienes su número anotado junto al refrigerador, puedo comunicarme con él para que venga.
Era cierto. El único número telefónico que tenía señalado para alguna emergencia era el de Mark. Incluso, le había enseñado a Neil a marcarlo en caso de que lo necesitara y lo había dejado en lugares visibles de la casa para que el niño pudiera acceder a él con facilidad. No el de mis padres ni el de nadie más, solo el de Mark.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Una sensación amarga me asedió el pecho.
—No —le pedí con poca fuerza en la voz—. Ya la pesadilla pasó, estaré bien.
Robert asintió y se quedó un instante con nosotros antes de levantarse. Su rostro se comprimió en una mueca de dolor al ponerse de pie, y mientras caminaba hacia la puerta con una marcada cojera y con una de sus manos apoyada en su espalda.
Definitivamente, ¡era una imbécil! Ni siquiera dormida podía ser una mujer prudente.
Durante el desayuno me mantuve callada, solo respondí a las constantes preguntas que Neil me hacía. Le había prometido a mi hijo que esa tarde lo llevaría a navegar por el río. Él estaba tan emocionado con esa aventura que no paraba de consultar si iríamos, qué llevaríamos o si Robert nos acompañaría.
—Si tu madre lo permite, me encantaría ir con ustedes —expresó con una sonrisa débil.
Lo observé con los ojos agrandados. Había evitado su mirada porque aún sentía vergüenza por el sueño ávido de la noche anterior, pero ese ofrecimiento me desconcertó.
—Pensé que hoy pasarías todo el día con la policía —le dije mientras terminaba de guardar el emparedado que le había hecho a mi hijo como merienda. Debía llevarlo con la mujer que había contratado para su cuidado mientras yo dedicaba mi triste vida en buscar un trabajo.
—Estaré toda la mañana con ellos, pero el doctor me aconsejó descanso para que mi mente pueda superar el trauma del accidente y recuerde mi pasado. Quizás ese paseo me ayude.
Quedé sin argumentos. Pudiera ser que un paseo en bote le sirviera a él para relajar a su mente perturbada, pero para mí sería un tormento. No podía evitar que su cercanía me aturdiera.
—No iremos lejos, solo remaremos un poco e intentaremos pescar —expliqué sin darle mucha importancia al asunto.
—Si no quieres que vaya, lo entenderé.
—¡No! —aclaré enseguida, avergonzada— No es que no quiera, es que… de seguro te aburrirás. —Mentí. Qué mal se me daba eso, era fácil para otros percibir las penosas maneras que aplicaba para salir de un aprieto. A Robert, incluso, el fiasco le pareció divertido.
—Contigo nunca me aburriría — agregó aumentando la sonrisa.
Neil no me permitió exponer argumentos más sólidos para evitar esa compañía, me interrumpió con una diatriba emocionada de las aventuras que él había planificado para ese día. Robert y yo compartimos una mirada extraña mientras el niño hablaba. La mía angustiada, no podía negarlo, su presencia me atontaba; pero la de él era difícil de describir. Parecía asustado, aunque también interesado, como sí una variedad de sentimientos contradictorios se debatieran en su interior.
Los tres salimos de casa en mi auto. Primero dejé a Robert en el hospital para que le chequearan sus heridas y tuviera su primera cita con el psiquiatra, luego él mismo se trasladaría a la jefatura de la policía. Por último, llevé a Neil con la mujer que lo cuidaba y me dirigí al supermercado, en busca de algunos víveres que necesitaría en el paseo de esa tarde.
Al terminar, me quedé sentada en el auto, pensativa, intentando evaluar lo ocurrido.
El día anterior, antes de tropezar con el accidente donde conocí a Robert, había asistido a la tercera entrevista de trabajo que había tenido en dos meses, y de la que salí con pocas esperanzas. En Rayville había pocas oportunidades de empleo, en Shreveport, la ciudad donde vivían mis padres, pudiera encontrar más, pero no quería seguir viviendo bajo el ala protectora de nadie. Las malas experiencias me enseñaron a no sostenerme de otros, porque cuando perdías ese apoyo, la caída resultaba muy aparatosa, y luego, levantarse costaba muchísimo.
Estaba en Rayville para aprender a ser independiente, pero para eso, debía ser cuidadosa, evitando cometer más errores. Ya sabía que el camino sería difícil y estaría lleno de obstáculo, pero no debía rendirme, mucho menos, por mi hijo.
El sueño de la noche anterior me dejó algo en claro: tenía necesidades físicas que debía atender. Era una mujer sola, joven y atractiva, capaz de cautivar la atención de un hombre. Así como quería ser libre también deseaba experimentar una aventura intensa, sin compromisos, que me ayudara a despejarme un poco.
Una luz brillante atrapó mi atención. Al girar el rostro hacia ella, me topé con el cartel de una farmacia. Eso hizo titilar una idea en mi mente, que me empujó a bajarme del auto para entrar en el establecimiento. Tenía que ser previsiva antes de emprender mis aventuras.
Esperé paciente a que la dependienta atendiera a un oficial de policía para acercarme a ella, y hacer mi solicitud: una caja de pastillas anticonceptivas. Había dejado de usarlas después de la muerte de Adam, mi esposo, porque había decidido execrar a los hombres de mi vida, pero, ¿qué ganaba con eso? La soledad lo que estaba haciendo era enloquecerme y me producía sueños perturbadores.
Sin embargo, mientras ella buscaba el producto, tuve oportunidad de pensar mejor la situación. ¿De verdad sería tan arriesgada y me atrevería a acostarme con un desconocido dejando fuera del juego a mi corazón? ¿Podía ser tan fría y desprendida?
La mujer colocó la caja de pastillas sobre el mostrador y yo la observé indecisa. La carita dulce y sonriente de Neil se me vino a la cabeza. ¿Cómo afectaría a mi niño el hecho de que su madre mantuviera relaciones libres de ataduras con diversos hombres?
Mi padre me había enseñado que cuando tuviera demasiadas dudas sobre un tema, lo mejor sería alejarme de él hasta que pusiera mis ideas en claro. Pero justo antes de que rechazara el pedido, una mano morena, muy conocida y querida, tomó la caja de anticonceptivos para revisarla.
—¿Para qué te estás preparando? —me preguntó con furia contenida. Al girarme me topé con los ojos de mi amigo, que reflejaron una gran decepción.
—Mark…
—Cass —me interrumpió, dejando las pastillas de mala gana sobre el mostrador—, mejor lo dejamos así. No tengo ningún derecho a meterme en tu vida.
Salió del establecimiento con pasos largos. Yo quedé por un momento petrificada, mirándolo con la boca abierta y el corazón estrujado en el pecho. Cuando logré reaccionar, corrí tras él. Lo encontré afuera, con su compañero, el policía que había estado en la farmacia antes que yo. Ambos subían a sus motos para volver a su patrullaje.
—Mark, escucha…
—Ahora no tengo tiempo —expresó al tiempo que encendía el motor.
—Mark, por favor, déjame explicarte —rogué mientras veía que el otro policía se ponía en marcha alejándose de nosotros, para darnos intimidad.
—Te creí más inteligente —se quejó—, pero veo que tu atracción por los hombres equivocados jamás cambiará.
Esas palabras entraron con tanta velocidad en mi interior que rompieron algo a su paso. El dolor que me produjo esa herida se me acumuló en los ojos, en forma de lágrimas, y me restó energías. Me sentí débil y vulnerable.
Mark se colocó los lentes oscuros y el casco sin dejar de traspasarme con su furia, para finalmente seguir a su compañero. Su partida me hizo daño, tanto como sus palabras, sabiendo que había perdido algo importante.
Sin embargo, aquello me llenó de furia. Di media vuelta y regresé con pasos firmes a la farmacia. «Eres la dueña de tu destino», me repetí a mí misma, conteniendo el llanto.


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