martes, 3 de enero de 2017

LO QUE DEJÓ EL OLVIDO. Capítulo V. Detalles









No hay nada más irritante que el sentimiento de culpa. Es la única emoción que más quebraderos de cabeza me da. Saber que metí la pata hasta el fondo y que mi trabajo consiste en buscar una forma para superar el problema, me pone inquieta. Más aun, cuando todo fue un error, que nunca, nunca, debió suceder.
Procuro olvidarme del conflicto con Mark mientras preparo el bote para el paseo. La casa de mis abuelos estaba ubicada en las afueras de Rayville, junto a un río que serpentea por entre una vegetación espesa.
—¿Necesitas ayuda en el viaje? —La voz de Robert me obligó a levantar la cabeza para observarlo. Aún caminaba con una leve cojera y su rostro seguía mostrando las consecuencias del accidente. Sin embargo, se le notaba más fortaleza que durante la mañana.
—No deberías venir, podrías lastimarte. Tus heridas aún son recientes. —Él había pasado toda la mañana con los oficiales, sin realizar muchos avances sobre su caso. Cuando fui a verlo a la jefatura lo encontré tan cansado y agobiado que no pude evitar invitarlo de nuevo a mi casa. Él no tenía otro lugar a dónde ir.
—Éste sitio me inspira mucha calma —respondió al llegar junto a mí—. Quizás un paseo por el río me ayude a recordar.
—Dudo que Neil te conceda tranquilidad mientras navegamos —confesé sonriente.
Lo que más le gustaba a mi hijo de Rayville era el río. Le encantaba el agua y los paseos en bote lo entusiasmaban tanto que lo desinhibían, volviéndolo dicharachero.
—Mamá, ¿por qué no viene Mark? —La pregunta de mi hijo me comprimió el pecho. Él salió de la casa y se paró frente a mí, con su carita inconforme apretada por el ceño fruncido y su bolso lleno de juguetes colgado de un hombro.
—Debió presentársele una emergencia en el trabajo —justifiqué desviando mi mirada al interior de bote. Me avergonzaba tener que mentirle.
—Pero él siempre nos acompaña a pescar —expresó Neil con frustración, avivando aún más mí desasosiego. Si Mark en esa ocasión no estaba allí con nosotros era por mi culpa.
Mi hijo había tomado a Mark como su amigo y compañero de aventuras, como esa imagen masculina de quien podía soportarse y buscar una guía. Con su padre nunca tuvo tal cosa, Adam era muy inestable y poco compartía con él. Mark, incluso cuando vivíamos en Nueva Orleans, era muy cercano, y después de la muerte de mi esposo se transformó en nuestro puerto seguro.
—Si él no viene yo podría ayudarte con la pesca —le propuso Robert.
—¿Sabes pescar? —consultó Neil con desconfianza.
—Claro, de niño pescaba sin una caña. Es fácil. ¿Quieres que te enseñe?
La curiosidad venció a Neil, quien no tuvo más opciones que acompañarlo hacia el cobertizo en busca de los implementos de pesca. Mi hijo sabía que conmigo solo tendría un rato de paseo, pues no era muy buena con una caña de pescar. Al no estar Mark, Robert era su mejor opción. Sentí un enorme alivio al tener garantizada su distracción, así que continué con la preparación el bote sin dejar de pensar en Mark y en la forma en que debía abordarlo para explicarle lo ocurrido en la farmacia y recuperar su confianza.
No pensaba disculparme, pues no había cometido ningún error, ni cambiaría mis planes por él, en mi vida yo era la única que podía tomar decisiones trascendentales, pero debía aclarar la confusión, para que nuestra amistad no se quebrantara. Igual había comprado los anticonceptivos y comencé a tomarlos. No podía dar más tumbos que amenazaran con lanzarme de nuevo por un despeñadero.
Cuando tuve todo listo bajé del bote y desde el muelle repasé el río. Hacía frío, pero no había señales de lluvia. El agua corría mansa. Con eso lograría tener un par de horas de viaje sin problemas.
Lancé una mirada hacia Neil y vi como revisaba junto a Robert las carnadas que habíamos reunido para la pesca. El hombre le explicaba cómo colocarla en el anzuelo, utilizando uno de los ganchos para que el niño practicara.
Esa imagen encendió una luz en mi cerebro defectuoso y me hizo abrir desmesuradamente los ojos. ¡¿Robert le enseñaba a mi hijo a pescar y había dicho que de niño lo hacía sin una caña?! ¡Acaso, ¿había recuperado los recuerdos?!
El corazón me palpitó con tanta fuerza que casi se me salió del pecho. Sin embargo, esa emoción se vio eclipsada por la aparición repentina de un amargo recuerdo:

—Vamos, Cass, será divertido —me aseguró Adam mientras me llevaba arrastras por el pasillo de un hotel. Habíamos escapado de clase en la universidad, en Nueva Orleans, para vivir una tarde desenfrenada de sexo como casi todas las que vivimos juntos, antes de casarnos. Adam fue un amante incansable y creativo, algo que hizo que me enamorara de él con locura.
Pero ese día conocí un aspecto de su vida que me abrumó y resultó ser la punta de un iceberg del que nunca pude ver la cima.
Entramos en la habitación que nos habían asignado hallándola habitada. Me detuve en la puerta al ver a dos mujeres y a un hombre en el interior. Esperaban sentados en la cama, conversando entre ellos.
Enseguida dejaron sus asuntos y me miraron con curiosidad de pies a cabeza. Sentí miedo y quise salir, pero Adam me lo impidió.
—Cassidy, confía en mí. Te amo solo a ti —me dijo utilizando aquella voz dulce que tanto amé y dirigiéndome esa mirada tierna que me derretía, por eso no descubrí su mentira.
Temblé, pero igual me dejé guiar por él. El trío se levantó apenas cerramos la puerta tras nosotros, parecían ansiosos.

Ese día acepté su invitación, y después, muchas otras. Creí en sus palabras, en sus besos profundos y sus caricias estremecedoras, ignorando todos los detalles escabrosos de su personalidad que me fue mostrando durante nuestro tiempo juntos. Lo amé tanto, que hice hasta lo imposible por estar a su lado. Esfuerzo que puso en riesgo la vida de mi hijo.
No podía seguir siendo tan incrédula y volver a pasar por alto las mentiras de otro hombre, mucho menos teniendo por segunda vez a Neil cerca del peligro. Era hora de comenzar a aprender de mis errores.
Me apresuré por acercarme a Robert y a mi hijo, pero la llegada de un vehículo a la casa llamó mi atención. Al mirar hacia el garaje noté que el auto que se estacionaba allí era la vieja camioneta Ford de Mark.
El corazón me estalló por la alegría. Corrí en su dirección mientras él salía del auto con un bolso aferrado a su mano y cerrando la puerta con cierta brusquedad.
—¡Mark! —lo saludé con una amplia sonrisa en el rostro. Siempre me alegraban sus apariciones, no solo porque lo hacía en los momentos en que más lo necesitaba, como si atendiera a los ruegos desesperados que le emitía a través del pensamiento, sino porque su presencia producía en mí cientos de emociones agradables.
—Lo hago solo por Neil. Se lo prometí —respondió él de mala gana mientras pasaba por mi lado con cara de pocos amigos, en dirección al cobertizo. Su ceño fruncido evidenciaba lo molesto que estaba, pero igual debía abordarlo.
—Mark, escúchame… —me apresuré a seguirlo.
—No. No quiero explicaciones —me interrumpió, sin dejar de avanzar, obligándome a correr tras él. Odiaba cuando se comportaba de esa manera. Solía castigarlo con un trato gélido cuando se volvía malcriado, pero esa vez necesitaba hacerlo ceder.
—Por favor, Mark, lo que debo decirte no tiene nada que ver…
—¡Mark! —Neil, al verlo, corrió hacia él con una felicidad que me conmovió. Mark lo recibió entre sus brazos y lo alzó en un gesto tan cariñoso que se me humedecieron los ojos. Adam jamás fue tan receptivo con él—. Mamá dijo que tuviste una emergencia en el trabajo.
—No hay nada más urgente que estar contigo el día de hoy —le reveló mientras lo depositaba en el suelo y le alborotaba los cabellos—. ¿Qué haces?
—Robert me enseña a pescar.
—¿De verdad? —inquirió Mark con desconfianza y dirigió su vista hacia Robert, quien observaba la escena desde el lugar donde estaba enseñando a Neil a colocar la carnada en el anzuelo—. ¿Será que nuestro amigo recuperó la memoria? —dijo con sarcasmo y se aproximó a él con pasos lentos, al tiempo que tomaba a Neil de la mano.
Yo me acerqué también, atenta a la respuesta de Robert, que no se mostraba afectado por el escrutinio.
—Hay cosas que no se olvidan, oficial —respondió el aludido sin mirar a Mark. Su atención estaba puesta en guardar la carnada.
—¿Sí? ¿Cómo cuáles? —Mark afincó su mirada acusadora sobre él, algo que puso en guardia a Robert y a mí me aceleró el corazón.
—Como caminar, hablar y manejar —argumentó el otro con seguridad, pero ni siquiera a mí logró convencerme.
—Vámonos ya, quiero navegar —se quejó Neil, mostrándose aburrido.
Sin soltarle la mano a Mark, mi hijo tomó la de Robert, arrastrándolos a ambos hacia el bote.
Observé al trío encaminarse en dirección al muelle con el corazón en la garganta, consciente de que el paseo sería una aventura llena de tensión. Debía prepararme para lo que ocurriera.
Me apresuré por entrar en el cobertizo y simulé buscar algunas mantas adicionales para llevar, hurgué entre los objetos de pesca que pertenecieron a mi abuelo y tomé un viejo cuchillo de buceo que escondí dentro del bolsillo frontal de mi abrigo.
Si algo sucedía, no me tomarían desprevenida.
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© Jonaira Campagnuolo, 2016
LO QUE DEJÓ EL OLVIDO
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