lunes, 30 de octubre de 2017

Relato Halloween: No juegues conmigo (parte 2)





Si no has leído la primera parte, hazlo AQUÍ.


Horas después, Jacinto caminaba inseguro por un concurrido andén, esperando el arribo del autobús proveniente de Barquisimeto.
Se quedó muy quieto al ver al colectivo que esperaba estacionándose frente a él. Lorena no le dio tiempo al chofer para detener el bus, se bajó apresurada lanzándose sobre su exesposo y envolviéndole el cuello en un fuerte abrazo. Los ojos le brillaban por las lágrimas reprimidas.
Ese gesto lo confundió aún más. Ella se había marchado furiosa de su lado jurándole odio eterno por los marchitos años que le había dedicado y reduciendo al mínimo la comunicación después de la muerte de Anastasia, pero allí estaba, sosteniéndose de él para buscar a la hija que al parecer, les había resucitado de entre los muertos.
Respondió perplejo a su abrazo y trató de calmarla con suaves caricias en la espalda.
—Vámonos. No tardemos más —sentenció ella alejándose con rudeza de él y tomándolo de la mano para arrastrarlo por el andén hacia el estacionamiento, dispuesta a emprender cuanto antes su aventura. Jacinto la siguió como si fuera un niño regañado, esperaba encontrarse en un sitio menos atiborrado para conversar con la mujer, ya que creía que era imperioso detenerla.
—Lorena, espera…
La mujer lo miró con severidad. No aceptaría un No a esas alturas del viaje. Sola o con él buscaría a su hija.
—No es correcto lo que haremos —insistió Jacinto—. Anastasia está muerta, esa mujer no puede ser ella.
—Lo es. Yo la vi.
—Yo también la vi y no te puedo negar que se parece mucho, pero eso no nos da derecho a invadir la casa de nadie y agobiarlos con ilógicas suposiciones.
—Soy su madre, tengo derecho de hablar con ella.
Lorena lo soltó para dirigirse sola a la parada de bus, pero Jacinto se interpuso en su camino y la detuvo posando sus manos en los hombros.
—Está bien, iremos juntos —claudicó—. Buscamos la casa, llamamos a la puerta, pedimos hablar con Verónica Santaella, la felicitamos por el éxito de su esposo y nos marchamos del lugar. ¿Te parece? —dijo esperanzado. Ansiaba que sucediera algún milagro la hiciera cambiar de parecer.
—¿Por cuál éxito la vamos a felicitar? No perderé tiempo en temas irracionales. Le preguntaré cómo pudo regresar de la muerte y qué demonios está haciendo aquí.
Las palabras de Lorena lo alteraron aún más. Se iban a meter en un gran lío si llegaban a la casa del empresario haciendo un alboroto con semejante paranoia. Los arrojarían a la cárcel por una eternidad.
Ella se apartó de él para continuar, pero Jacinto volvió a interponerse.
—Lorena, no podemos llegar diciendo eso. La vas a asustar. Vamos a presentarnos con formalidad, le ofreceremos nuestro apoyo y amistad por los éxitos que su esposo está obteniendo, y luego, con el tiempo, averiguamos si es Anastasia o no.
—¡Lo es! —La terquedad de la mujer lo exasperaba y le revolvía agrios recuerdos. Se agarró la cabeza con las dos manos en señal de frustración, pero debía seguir intentando convencerla, ya no tenía oportunidad para hacerse la vista gorda y permitir que ella cometiera una estupidez.
—Prométeme que hoy no le dirás nada sobre ese asunto —pidió en un ruego—. Solo la saludaremos.
Lorena respiró hondo para llenarse de resignación, le costaba entender lo absurdo de su idea, pero quería llegar hasta su hija y para eso necesitaba la ayuda de su exesposo. No deseaba pasearse sola por una ciudad que poco conocía.
—Está bien. Hoy no le diré nada, pero algún día lo haré. Ella es Anastasia, estoy segura de eso.
Jacinto asintió más calmado. Al menos había logrado un importante avance que le garantizaba, en parte, su libertad. Se comunicó con un amigo que trabajaba en una de las empresas del esposo de la misteriosa mujer, y este lo ayudó a encontrar la dirección de la residencia. Horas después estacionaban el auto frente a una imponente quinta en el este de la ciudad donde supuestamente residía la pareja.
Con nerviosismo el hombre se dirigió al portal que daba acceso a la vivienda, esperando que Lorena no armara un escándalo que ameritara la presencia de la policía. Su curiosidad aumentó al notar que los guardias que custodiaban la entrada eran militares y no oficiales privados de alguna agencia de seguridad. Se acercaron a la casilla de vigilancia y con mucha sutileza pidieron entrevistarse con Verónica Santaella recibiendo un rotundo rechazo acompañado de cierta violencia.
Los soldados los sacaron casi a patadas de la zona y les prohibieron rondar el sector. En caso contrario tomarían acciones de fuerza para alejarlos.
Se marcharon, pero la intriga y el temor no los dejaba pensar ni actuar con sabiduría. Tuvieron que detenerse en una esquina para analizar la situación, ansiando que alguna idea les alumbrara el entendimiento.
—¿Te das cuenta? Algo no está bien allí —argumentó Lorena con ansiedad—. Verónica Santaella tiene que ser nuestra hija.
La actitud de los militares le daba razones a la mujer para sospechar. Jacinto comenzó a sentirse inquieto, la presencia de aquellos efectivos podría significar la intervención de organismos poderosos que los aplastarían en un segundo si descubrían sus intenciones.
—No lograremos nada enfrentándonos a los militares. Tenemos que encontrar alguna otra manera de llegar a ella.
—El diablo está haciendo su trabajo… —Una misteriosa voz les habló desde las sombras. Lorena se sobresaltó, cerró con rapidez la ventanilla y bajó el seguro de la puerta para poder sentirse segura.
Jacinto agudizó la mirada para intentar observar a la persona que se escondía en la oscuridad. Pero, al no poder ver nada, e ignorando las angustiantes quejas de Lorena, bajó del vehículo para enfrentarse al extraño.
—¿Quién eres?
—¿Qué importa? —le respondió la sombra con voz neutra.
—¿Por qué no das la cara?
Jacinto se detuvo bajo un poste de luz frente al auto, esperando que el interpelado saliera de su escondite. Lorena se quedó dentro del vehículo, observaba aterrada la escena.
Con lentitud un hombre de unos cincuentas años, de contextura delgada y cabello canoso, salió de entre las sombras con los ojos cargados de melancolía.
—¿Quién eres? —volvió a preguntar Jacinto con más suavidad. Por alguna razón el dolor de aquel sujeto se le reflejaba en el alma.
—Mi esposa murió hace diez años por un cáncer, ahora camina al lado de ese empresario como parte de su equipo de abogados.
El hombre señaló en dirección a la quinta, dejando a Jacinto sin palabras y llenándolo de más interrogantes.
Lorena salió con cautela del auto, interesándose en la conversación.
—¿Ha hablado con ella? —preguntó él con voz temblorosa.
—No me permiten acercarme —respondió el hombre mientras bajaba su triste mirada al suelo—. Pero sé donde guardan los cuerpos.
Con renovado ánimo Lorena se acercó. Necesitaba aquella información.
—¿Dónde está? Buscamos a nuestra hija —alegó la mujer.
Jacinto la fulminó con la mirada, pero ella lo ignoró. El sujeto dirigió su atención hacia ella y dibujó una diminuta sonrisa en los labios.
—Hay un galpón cerca de los puertos de La Guaira. Allí los llevan.
Lorena se alegró con la noticia, pero Jacinto no confiaba en esa aseveración, o quizás necesitaba una explicación más convincente.
—¿Los vistes? —preguntó con recelo.
—Sí. Cuando los bajaban de los camiones.
—¿A los cuerpos? —indagó Lorena.
—No. A las urnas.
La pareja quedó boquiabierta. Sus rostros se volvieron tan blancos como la leche.
—Eso es imposible —respondió Jacinto, manteniendo aún la confianza en la humanidad.
—Si estás buscando a tu hija es porque la viste. Ellos quizás piensan que nos olvidaremos con facilidad de nuestros familiares después de muertos, por eso hacen lo que hacen. —El hombre habló con severidad, incómodo por la desconfianza.
—Pero, ¿por qué lo hacen?
Lorena buscaba alguna explicación que la ayudara a entender la razón de aquellos graves delitos.
—Juegan a ser dioses —dictaminó el sujeto con enfado—. Quieren un ejército manipulable que no experimente ningún tipo de sentimientos, que actúe acatando órdenes sin necesidad de razonar. Muertos vivientes siguiendo instrucciones sin atender otras responsabilidades. Obreros a tiempo completo.
El silencio fluyó entre ellos al igual que el frío de la noche y les exprimía los corazones dolidos y traicionados.
—Debemos ir a ese galpón. —La firme resolución de Lorena alborotó extrañas sensaciones en Jacinto. Aquello era una locura sin lógica, pero el recuerdo de su amorosa hija lo hizo reaccionar y aceptar el desafío.
Entraron en el auto seguidos por Ismael, que así se llamaba el hombre que había estado escondido entre las sombras, y se dirigieron a toda prisa hacia el puerto de La Guaira, con intención de ubicar a sus seres queridos… o lo que quedaba de ellos.

Continúa AQUÍ.




No hay comentarios:

Publicar un comentario