martes, 31 de octubre de 2017

Relato Halloween: No juegues conmigo (parte final)







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En el camino planearon la arremetida. No eran expertos, no tenían armas ni equipo especializado, pero estaban dispuestos a traspasar cualquier peligro para llegar hasta su meta.
Horas después los tres inspeccionaban con disimulo la zona. Había poco movimiento en los galpones vecinos, con escaso personal trabajando a la vista. El almacén de su interés tenía un mínimo de vigilancia, contando solo con tres militares custodiando la puerta principal, más atentos a la 3DS que tenían en las manos que en los alrededores.
Decidieron saltar el cercado para investigar la parte trasera del galpón. Cuando llegaron a su destino Jacinto no podía sentirse confiado, aún no se habían topado con ningún ser humano, ya fuera militar o trabajador. El lugar se hallaba desierto, sumido en las sombras. Si no fuera por la presencia de los vigilantes de la entrada pensaría que estaba abandonado y que Ismael los había engañado, llevándolos directo a alguna trampa.
Al adentrarse en la bodega encontraron un grupo de urnas desgastadas y cubiertas de tierra. El descubrimiento los horrorizó, pero al mismo tiempo les despertó cierta expectativa.
Todas estaban vacías y bañadas por un líquido de olor fuerte que les dificultaba la respiración.
—Debe ser para evitar el olor de la muerte —dedujo Ismael. Jacinto lo observó de reojo, con desconfianza.
Continuaron la investigación hasta hallar unas extrañas cápsulas de plástico transparente apiladas en un rincón. Parecían incubadoras para adultos. Y junto a ellas, se encontraban varias cajas llenas de complejos aparatos electrónicos.
—Quizás con esto los regresan a la vida.
—¿Puedes callarte? —exigió Jacinto. Las explicaciones del hombre le alteraban los nervios. El hallazgo de aquellos elementos ponía en jaque todas sus creencias.
La llamada angustiada de Lorena lo alarmó. Corrió hacia ella pudiendo toparse con una docena de capsulas dispuestas de forma ordenada en un rincón, con los equipos electrónicos en funcionamiento a su lado.
Se asomaron en el primer receptáculo y notaron la presencia una figura humana acostada dentro, envuelta en un humo blanco y con una mascarilla de oxígeno cubriéndole la boca. Una vía intravenosa colocada en el brazo derecho le suministraba sangre y otra en el brazo izquierdo le pasaba un extraño líquido anaranjado.
Todos fueron presa de un profundo miedo. Ser testigos de aquella aberración los llenaba de un dolor inexplicable y un terror inquietante.
Enseguida comenzaron a buscar entre todas las cápsulas esperando encontrar a algún conocido. Jacinto, con la angustia punzándole el pecho, le notificó a Lorena el hallazgo del cuerpo de Anastasia. La mujer se arrodilló junto al cubículo y lloró desconsolada su pena, maldiciendo a todos los responsables de aquel nefasto hecho por haber interrumpido el descanso eterno de su hija.
Ante la mirada incrédula de Lorena e Ismael, Jacinto desconectó furioso la máquina que se encontraba unida a la cápsula de Anastasia. Abrió la tapa y dejó escapar el humo helado que la cubría.
La chica estaba como dormida, pero él no le sintió pulsaciones ni palpitaciones en el pecho. Con cuidado la sacó de la caja y envolvió su desnudez con el abrigo de Lorena.
Sin escuchar razones la cargó y se marchó del lugar, la subió en el auto y se la llevó a su casa, salvándola de cualquier terrible futuro. Al llegar la colocó sobre la cama y la cobijó con varias colchas. Lorena se recostó junto a ella, para acariciarle los cabellos y cantarle, en medio de sollozos, canciones de arrullo.
Ismael y Jacinto se paseaban preocupados de un lado a otro. Ambos sabían que aquella acción traería serias consecuencias.
—No debiste sacarla de la cápsula, quizás esa tecnología era lo que la mantenía con vida.
—Quizás, quizás, quizás… ¡deja de decir en voz alta tus sospechas! —Jacinto se encontraba en el límite de su paciencia. No aceptaría más opiniones de nadie. Esa era su hija y él tenía todo el derecho de sacarla de aquel lugar.
Se detuvo en medio de la habitación al escuchar que Anastasia había despertado y tosía con rudeza. Lorena la incorporó para ayudarla a recobrar oxígeno, pero cada vez se ahogaba más. Jacinto se acercó para socorrerla notando que la piel de su hija se enfriaba.
La chica lo tomó con fuerza del brazo y le traspasó el alma con su mirada gélida, clavando los intensos ojos azules en los suyos. Segundos después, se desplomó en la cama, quedando inmóvil y sin respirar.
Lorena aumentó el nivel de su llanto, entendiendo que su hija había muerto de nuevo. Jacinto retuvo en los ojos las lágrimas y apretó la mandíbula para no gritar su rabia.
Al poco rato, la piel de Anastasia comenzó a marchitarse ante la mirada perpleja de los tres testigos, volviéndose quebradiza como si fuera una hoja seca, luego se fue desmoronando.
Con terror vieron como el cuerpo se le volvía polvo. Ninguno pudo hablar, llorar o moverse. Quedaron inertes frente a aquel fenómeno sobrenatural.
Al finalizar, Jacinto se irguió con el rostro endurecido soportando su creciente cólera. Buscó en el armario un viejo cofre que había pertenecido a su madre y dónde guardaba antiguas prendas sin valor, pero llenas de recuerdos. Lo vació sobre una mesa y se dispuso a recoger, con mucho cuidado y ayudado por Lorena, las cenizas de su hija.
Luego se dirigió al patio, y después de echar a los perros para que no lo molestaran, comenzó a abrir un hoyo bajo un naranjo.
—¿La enterrarás aquí? —le preguntó Ismael angustiado.
—De aquí nadie volverá a sacarla. Cuidaré de ella, le construiré un nicho hermoso y sembraré cientos de flores de colores a su alrededor. Nunca le faltara la luz de una vela ni oraciones.
En silencio todos ayudaron a que se realizara el sepelio. Luego se dirigieron a la sala y se sentaron en la mesa, mirando desanimados la rayada madera.
—¿Y ahora qué haremos? —preguntó Lorena. Sabía que los dos hombres, al igual que ella, no estaban conformes con ese final. Aspiraban un poco de justicia.
Después de compartir miradas cómplices el trío se levantó dispuesto a visitar de nuevo el galpón, para poner punto final al perverso juego.
Horas más tarde descargaban varios galones de gasolina en el almacén y le prendían fuego. Observaron con furia cómo se consumía aquel espacio, siendo inútiles los esfuerzos de los bomberos y rescatistas por salvar algo. Todo se volvió cenizas, de la misma manera en que Anastasia se había desintegrado frente a ellos.
Días después Jacinto iba en su auto de camino al trabajo. Eran las siete y cuarto de la mañana, el cielo estaba despejado y la ciudad llena de vitalidad. Se detuvo en un kiosco para comprar el periódico y observar las revistas expuestas en los estantes, pero un hombre que caminaba apurado lo tropezó con violencia. Tuvo que hacer uso de su gran equilibrio para no estrellarse contra la estructura de la caseta. Al lograrlo, se dirigió enfurecido al tipo dispuesto a reclamarle por su falta de atención, pero al verlo a los ojos quedó petrificado.
Una gélida mirada, trasmitida a través de unos ojos de un azul intenso, casi irreales, lo abrumó.
El hombre siguió su camino sin prestarle atención, dejándolo pasmado en medio de la muchedumbre. Jacinto pasó una mano por su cabello con gesto preocupado y miró con más detenimiento a las personas que se movían a su alrededor.
No pudo notar uno, sino varios sujetos con las mismas características. Muertos en vida, revividos por alguna oscura finalidad por un nigromante desquiciado. Algunos caminaban, otros iban en auto, entraban al supermercado o salían del banco, estaban diseminados en la sociedad.
Cayó arrodillado al suelo doblegado por aquella perturbadora realidad y se aferró con fuerzas a la cruz de plata que le colgaba del cuello. Ahora es que podía entender la dimensión de aquel macabro juego…




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