lunes, 28 de marzo de 2016

Cómo enfrentar los riesgos emocionales a la hora de ser creativos según Elizabeth Gilbert


Navegando por la web me topé con un artículo interesante de Diana P. Morales, coach de escritura, titulado: ¿Tienes dudas sobre ti mismo/a o sobre tu talento?. Allí nos habla de esas dudas que solemos sentir los autores en referencia a nuestro trabajo, sobre todo, si no alcanzamos la respuesta esperada de parte de los lectores. En él nos explica que ese es un mal común, incluso, de quienes han tenido éxito, ya que temen no contar con el talento necesario para repetir dicha osadía.

En ese artículo hallé el video de una conferencia dada por Elizabeth Gilbert, autora del libro super-ventas “Come, reza, ama” (convertido también en película), donde se profundiza más en ese tema: ¿cómo enfrentarnos a los riesgos emocionales a la hora de ser creativos?

Ella cuenta que después de su super éxito todos la miraban como una autora acabada, y le preguntaban tanto si creía que no sería capaz de emular la fama de esa obra que terminó por creérselo. Igual le sucedió en sus inicios, temía tanto no poder ser capaz de alcanzar el nivel de otros autores, de ser rechazada o ignorada, que eso le dificultó el hecho de decidirse a mostrar su trabajo.

Cita a varios autores que pisaron la locura después de volverse éxitos de ventas, porque les resultaba imposible manejar su creatividad debido a la cantidad de temores que albergaban. Algunos de ellos perdieron la vida, otros recurrieron al alcohol, droga o fármacos para superar esas angustias. Gracias a esa relación tormentosa ANSIEDAD = ESCRITURA es que a los escritores los consideran unos “alcohólicos, maniaco-depresivos”. En general, a todas las personas creativas, enlazadas de alguna manera al arte, tienen reputación de ser inestables mentalmente. Si no logran acabar consigo mismo con sus propias manos, su talento lo hace.


Creatividad = sufrimiento (el arte al final siempre llevará a la angustia)

En el video, Elizabeth asegura no estar de acuerdo con esa premisa, prefiere pensar que el arte al final llevará a la vida, no al sufrimiento. Ella considera necesario crearse un tipo de estructura psicológica que la proteja de esa idea, y para ello se puso a revisar algunos métodos antiguos.

De esa manera llegó a la antigua Grecia y Roma, donde no se consideraba que la creatividad se originara en los seres humanos, sino que era algo divino. Los griegos los llamaron “demonios”, Sócrates era uno de los que creía tener un demonio dictándole su sabiduría. Los romanos, en cambio, le llamaban “genio”, una entidad divina y mágica que vivía en las paredes y salía de vez en cuando a ayudar al artista con su trabajo. De esa manera, si tu trabajo era brillante no te podías atribuir toda la fama, pues tu divinidad particular se llevaba su parte, pero si fracasabas tampoco era toda tuya la culpa, sino del genio patético que vivía en tu estudio (vean de donde proviene esa costumbre humana de echarle la culpa a otro para liberarse :D).

Durante la época del Renacimiento, cuando se colocó al hombre como centro del universo, empezaron a creer que la creatividad no era algo otorgado por un espíritu divino sino parte del ego del individuo. Salía de “dentro” de sí. El genio no estaba en las paredes, así se etiquetaba al artista exitoso. Es en este punto que Elizabeth asegura, se encuentra el error que lleva al artista a ligarse con el sufrimiento.

Para ella una persona común no debería creer que sea “el contenedor, la fuente, la esencia y el origen de todo misterio divino, creativo e insondable, es quizás mucha responsabilidad a poner sobre una frágil psique humana”. Eso “distorsiona egos, y crea todas esas inmanejables expectativas sobre el desempeño”.

Elizabeth es consiente que es difícil cambiar el pensamiento racional que nos ha movido como sociedad durante más de 500 años, pero el arte no es racional, así que no podría considerarse una locura seguir imaginando al proceso creativo como algo externo. Más aún si eso ayuda a que el autor pueda manejar sus miedos y ansiedades (como dicen por ahí: “cada loco con su tema” :D).

La autora en su conferencia relata una anécdota que le contó la poetisa estadounidense Ruth Stone, quien decía que mientras trabajaba en los sembradíos en Virginia sentía que le susurraban al oído bellos poemas como si fuera un “atronador tren de aire que hacía temblar el suelo bajo sus pies”. En ese momento ella corría a buscar papel y lápiz para copiarlo, si llegaba antes de que ese tren escapara, lograba transformar ese susurro en palabras escritas, en caso contrario, lo perdía, y el tren continuaba su camino por el paisaje buscando a otro poeta.

A ella le pareció excelente esa idea, sin embargo, su proceso creativo no era como el de Stone, que se producía cuando “un tren pasara junto a ella”, sino que debía levantarse y obligarse a trabajar a una hora específica, cinco días a la semana. En ese caso necesitaba de un tren puntual.


¿Cómo relacionarnos con un genio externo sin perder el juicio?

Bueno, les confieso que esta idea me pareció un poco rara y difícil de digerir, pero les seguiré contando el final de la conferencia de Elizabeth Gilbert.

A la autora, el músico Tom Waits, quien solía considerarse en su juventud la reencarnación del artista contemporáneo atormentado, le concedió una excelente idea en una entrevista que le hizo para una revista donde ella trabajaba. En esa ocasión este le confesó que su vida había cambiado el día en que iba manejando por Los Ángeles y escuchó una tonada en su cabeza, producto de su inspiración. Era hermosa, él la quería, pero iba manejando y no tenía a la mano los recursos para copiarla. Sin embargo, en vez de aterrarse porque no lograría guardar la idea y esta se le escaparía y lo atormentaría por siempre, decidió detener el proceso creativo en ese mismo instante, hablándole como si fuera alguien externo que le dictaba la melodía: “¿Puedes volver en otro momento, no ves que estoy manejando? Si no puedes, entonces, ve a molestar a otro”.

Después de eso intentó pensar en otras cosas, hasta llegar a casa, donde pudo recuperar la tonada. De esa forma la ansiedad que lo oprimía comenzó a desaparecer. Él logró sacar al genio de su interior y lo clavó en las paredes, como lo hacían los antiguos romanos. Así pudo controlarlo y adaptarlo a horarios y lugares establecidos.

Elizabeth culmina expresando: “Quizás si nunca creyeras que lo más extraordinario que tienes se originó en ti, que vino prestado desde un origen inimaginable durante cierto exquisito período de tu vida para que cuando terminaras fuera trasmitido a otras personas, tal vez así el riesgo emocional a la hora de ser creativo se evite”. Ella lo ha hecho, y asegura que de esa manera ha logrado buenos resultados.


No tengas miedo.
No te desanimes.
Solo haz tu trabajo…
Si el divino y absurdo genio que tienes asignado decide que se vislumbre por un momento la maravilla mediante tus esfuerzos, entonces, Olé…
Si no, Olé para ti de todas formas.

¿Qué les parece? ¿Piensan que esa es una excelente manera para controlar los temores inherentes al proceso de escritura? ¿Cómo los controlan ustedes?

Gracias por leerme. 



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