LA HEREDERA (Terciopelo Digital), novela romántica contemporánea ahora con Booktrailer


En Septiembre se cumplen cuatro años de la publicación de LA HEREDERA, con el sello Terciopelo Digital de Roca Editorial. Una historia intensa, adictiva, llena de misterios y pasión. Un romance contemporáneo con vaqueros incluidos, con un rancho y muchas vacas traviesas.


La vida de Nicole Landon de la noche a la mañana se transforma. De pronto es la única heredera de un rancho ganadero ubicado en unas tierras solitarias, repleto de animales desconocidos para ella, empleados poco dispuestos y complicados misterios.
Como si eso fuera poco, el destino atraviesa en su camino a Matthew Jackson, un vaquero atractivo, criado por indios, y tan cabeza dura como ella; quien pretende arrancarle su herencia valiéndose de la gran influencia que posee entre el personal.
Amenazas, intrigas, desobediencias y una pasión arrolladora, son solo algunos de los inconvenientes que Nicole deberá encarar si quiere proteger su propiedad. Tendrá que imponerse para hacer respetar su autoridad y que todos la vean como la heredera, la única dueña y señora de esas tierras.


LA HEREDERA está disponible en más de 60 plataformas digitales, como Amazon, Casa del Libro, Fnac, Play Store, iTunes y El corte inglés. No dejes de conocerla y déjate enlazar por esta chica arrolladora.



Disfruta de su Booktrailer AQUÍ: https://youtu.be/p2tyyqJKgFs



Crónicas de mi tierra: Los gritos del silencio.



El ama de casa, que hacía pocos años había perdido a su marido, con sus ahorros adquirió algunos artículos para montar una pequeña bodega que atendía desde una ventana. De esa manera ayudaba a su hija, una chica joven y madre soltera, a mantener a sus dos niños en edades escolares.

Pero ya no vendía nada, tuvo que cerrar su improvisada tienda y consumirse toda la mercancía. “La gente no tiene efectivo para comprar”, decía resignada, “ni tengo punto de venta para que usen sus tarjetas”.

Ahora, para distraerse, barre las hojas de la entrada con una escoba vieja y carcomida. Su piel se marchita notándose cada vez más arrugada y adherida a sus huesos, y sus nietos siempre revolotean a su alrededor, jugando entre ellos a las carreras. En su urbanización los servicios colapsaron, la luz la racionan por más de doce horas al día y el agua no llega desde hace semanas. Las clases en el colegio terminaron antes de tiempo, pues no quedaban maestros que atendieran las materias. Se marcharon lejos, al igual que su hija, a buscar fortuna en otras tierras. Minutos antes había podido hablar con ella a través del teléfono de un vecino, porque el suyo no funcionaba por culpa del robo de los cables de comunicación meses atrás. “Hay problemas con el envío de dinero”, le informó la chica, “el banco bloqueó la transferencia. Ya veré cómo te la hago llegar”.

Y ella esperaba. Pasaban los días y la mujer no podía hacer otra cosa que balancearse con suavidad en su mecedora, viendo a la desdicha pasar con cara de burla frente a su ventana, que ahora se asemejaba a la alambrada de algún campo de concentración. “No te desanimes, el cambio está cerca”, aseguraban unos; “Estamos luchando por proteger la seguridad del pueblo”, garantizaban otros.

Lo cierto es que el tiempo continuaba su marcha y nada a su alrededor se resolvía. Los viejos enfermaban sin encontrar medicinas, agolpándose en las puertas de los hospitales donde no podían recibirlos por falta de insumos. Los adultos hurgaban en la basura, encontrando cada vez menos sustento, compitiendo con los perros y gatos que antes habían sido las mascotas consentidas de sus dueños y ahora vagaban solitarias. Y los jóvenes que se atrevían a rebelarse, morían acribillados en las calles, luego de ser perseguidos como si fueran ratones dentro de una panadería; o desaparecían en el interior de las “tumbas” donde los torturaban sin compasión, sufriendo mutilaciones y vejaciones, hasta que lograban arrancarles el último aliento de valentía, dejando en su lugar, temores. Los que podían huían lejos, llevándose consigo cualquier vestigio de esperanza. 

¿Y los niños? ¿Quién se acordaba de ellos? Quedaban solos y entristecidos ocultos en alguna madriguera. Nadie hablaba de su situación, pues estaba prohibido, habían sido transformados en fantasmas legendarios que recorrían los desolados caminos pateando piedras y agitando el polvo.

¿Quién lloraría por ellos? Ni la tierra que una vez pisaron. El intenso amarillo de sus riquezas fue saqueado, llevado a otros parajes, para pagar con ellos el alto costo de la humillación. Y el azul de su infinito cielo se cubrió de eternas nubes grises, de una lluvia que nunca caería y que se llevaría, con la ayuda del viento, la semilla de los cultivos hasta convertirla en un antiguo recuerdo.

El rojo de toda la sangre derramada fue adsorbido por la tierra erosionada. Quizás, dentro de miles de años, aquello se volvería petróleo. Eso podría atraer a otros colonizadores, quienes explotarían esa nueva riqueza trayendo consigo el regalo de una pujante civilización, que tal vez, fuera más humana.




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Crónicas de mi tierra: ¿Nos casamos? Porque tengo que irme.



 
Un amigo planifica su boda para dentro de unos días. ¿Fue una decisión apresurada? Por supuesto. ¿Embarazó a su novia o se metió en un lío con la familia? No. Aunque llevan años de noviazgo, no habían tocado el tema porque están culminando los estudios universitarios. Sin embargo, sucedió otra emergencia: Uno de los dos tiene que irse del país.

El elemento que caracteriza al amor es esa sensación de no poder estar lejos del ser amado. Una emoción intensa, que en la lejanía podría volverse amarga. El deseo por estar juntos, del contacto y de las caricias y los besos, es lo que inicia una relación. Él o ella solo quieren estar allí, con el otro, lo/la buscan, conformándose incluso a estar, aunque sea, dentro de la misma habitación. Pero en Venezuela tenemos una crisis, y hay una frase lapidaria que ahora la entiendo más que nunca: Amor con hambre no dura.

Mi amigo no aguanta más. Trabaja en las tardes en un taller mecánico, pero ya nadie manda a arreglar su vehículo. Los repuestos son importados y se pagan en dólares, y un dólar en Venezuela cuesta más que un sueldo mínimo mensual. Su salario diario no le alcanza ni para comprarse un desayuno bien resuelto en la calle, se lo consume el transporte público y adquiriendo algunas “cositas” para comer. Su universidad trabaja a media máquina, varios profesores se han ido, así como muchos de sus compañeros de clase. No hay insumos para prácticas, la mitad de las aulas están sin energía eléctrica, los baños sin agua y los comedores cerrados. La intención de terminar los estudios dejó de ser importante, él solo se preocupa por comer.

¡Me tengo que ir! Es su alegato diario. Su madre es enferma crónica y desde hace meses no ha seguido su tratamiento como es debido, ya que, o no consigue las medicinas o su precio es exorbitante. A su padre lo enterraron antes de Navidad gracias a la solidaridad de los vecinos, porque pagar un entierro es imposible; hoy día dejan los cuerpos frente a las Alcaldías para obligar al gobierno local a cancelar los gastos fúnebres, transformando el dolor por la pérdida de un ser querido en angustia. Su hermanito de diez años sufre anemia por mala alimentación, faltando poco para caer en desnutrición, y él no tiene los recursos para ayudarlo. ¡Me tengo que ir! Repite cada día, y todos a su alrededor lo apoyan.

Incluso su novia, que lo ama más que a la vida misma. ¿Cuál es tu plan? ¿Cuándo te vas? Son las preguntas constantes de la chica. Por eso un fin de semana él decide asumir el reto. El domingo lo hablan y sacan sus cuentas, y el lunes lo anuncian y comienzan a planificar. El martes compran lo necesario, todo muy medido, y el miércoles y jueves lo dedican a la organización, a compartir un poco con los amigos y a darse los besos que nunca se dieron. El viernes es la boda, muy sencilla y privada, por el civil, nada de iglesia porque no hay dinero para cortejos ni anillos. Ni siquiera invitaron a todos los familiares y el que viene tendrá que colaborar. El fin de semana siguiente es la luna de miel, en casa también, con amigos y familiares, despidiéndose, porque el lunes él se va. Solo él.

Ya tiene todo listo, la maleta con las cosas más necesarias, nada llamativo ni muy valioso, porque se lo pueden robar en el camino, y el dinero adicional para pagar “vacunas” en las alcabalas, que son muchas. Se va por tierra, en autobús, ahorrándose el caché de pasar por el puerto de embarque de un aeropuerto. Ahora en mi ciudad se han creado “terminales provisorios” donde salen buses que te llevan a la frontera. No tienes que ir muy lejos si pretendes salir por Colombia o Brasil, esos terminales cada vez están más cerca de tu casa, esperándote.

Él se va solo para ahorrar gastos de traslado y estadía, y poder concentrarse en trabajar mucho para enviar dinero a casa y medicinas. Ella podría seguirlo después, cuando él esté asentado y con dinero suficiente para subsistir los dos en una tierra desconocida. O espera a que regrese cuando la tragedia pase, las universidades se reactiven y el sueldo sea equitativo al costo alimentario. Cuando los campos reverdezcan de nuevo y las fábricas funcionen otra vez. Cuando veamos las carreteras llenas de camiones repletos de alimentos, realizando sus rutas de distribución sin el miedo a ser saqueados.

¿Por qué se casa? Porque no quiere perder las esperanzas, porque ya mataron sus sueños y aspiraciones y no desea que le maten el amor. Porque no quiere perder más de lo que ya ha perdido, teniendo al menos una ganancia en la vida, algo que lo ayude a conservar la ilusión.

Quizás él vuelva algún día, o quizás ella se vaya antes. Amanecerá y veremos.