Retos de Lectura 2020 | Leer es crecer



Saludos lectores, ¡feliz 2020!

¿Iniciaron sus lecturas de enero? ¿Se han apuntado a algún reto lector?

Yo estoy a punto de enloquecer con los Retos de Lectura 2020. No me anoté en uno, sino en cuatro:

#RetoLectordeStefaniaGil

#RetoLectorLaAvenidadelosLibros #LaAvenidaLee

#DesafioVidaNovelada

#ReadingChallenge2020 


Ese último, es el de Goodreads, y pienso cubrirlo con novelas de #autoresvenezolanos o con libros de #adoptaunautor eligiendo a FLORENCIA BONELLI, una autora argentina que tiene una gran repercusión a nivel internacional.

Además, estoy ansiosa por participar en dos clubes de lectura. El de La Pecera de Raquel @lapeceraraquel que propone lecturas clásicas que siempre quise leer en grupo y el de Mil libros sin rumbo @eal_93 que tiene propuestas interesantísimas para este año.

¿Qué les parece? ¿Es mucho? ¿Piensan que lograré estos Retos de Lectura 2020?
 
Mi meta para 2020 es leer de 4 a 5 libros mensuales. Tengo 4 retos y, si me atraen las propuestas de algunos de los clubes de lecturas o tengo tiempo, cubro con ellos la 5ta lectura.

Así que, dejemos la pereza. La lectura es vida, entretenimiento y una fuente inagotable de creatividad. El buen escritor se nutre de ella. LEER ES CRECER.

¡A leer!




SÉ MI CHICA | Capítulo 11. ¡Ajá! ¡Te encontré!



Eddy se derrumbó en el sofá quedando con la cabeza apoyada en uno de los reposabrazos mientras soportaba el intenso regaño que le propinaba Leroy.
—¡Qué mierda, Eddy! Así es imposible trabajar contigo —exclamó, abriendo la ventana del cuarto de las computadoras para encender un cigarrillo—. Nos pones en peligro y todo para ¡¿perseguir a una mujer?!
—Cálmate. No te alteres demasiado —intentó tranquilizarlo, pero lo que hizo fue empeorar su estado. Las manos del moreno temblaban por la rabia y la ansiedad. Con dificultad sacó la cajetilla del bolsillo de su camisa y buscó un cigarro.
—Estás demente, Eddy. Así no se hacen las cosas.
—Ella es una espía, está detrás de la noticia —insistió, refiriéndose a la rubia.
—¡Claro que lo está! Supongo que por eso Steven está ansioso de que publiquemos el segundo artículo.
Milton estiró los brazos por encima de su cabeza. Había estado mucho tiempo inclinado sobre el computador, acomodando las imágenes que Leroy le había facilitado. Se sentía cansado.
—Están listas.
—¿Podemos culminar el artículo? —inquirió el moreno, irritado.
—Creo que sí, aunque…
—¡Amor, llegó la pizza! —Milton comprimió el rostro en una mueca al escuchar la voz de April al otro lado de la puerta. La mujer abrió sin tocar y asomó su cabeza risueña—. Dejen de trabajar y vamos a comer. Ya decoré el pastel.
—¿Hay pastel? —preguntó Eddy, interesado, y se sentó en el sofá. Milton le dirigió una mirada severa.
—Sí, papi. Ven. Vamos a celebrar —dijo la chica antes de desaparecer, pero dejando la puerta abierta.
—¿Celebrar? ¿Qué estamos celebrando? —consultó Eddy al ponerse de pie.
—Que pronto seremos padres —explicó Milton y suspiró hondo.
—¿Y eso te molesta? —quiso saber Eddy, con recelo.
—Claro que no. El problema es que por la cercanía del embarazo las comidas pesadas le producen vómitos a April. Le dije que no pidiera pizza y que no hiciera pastel para la cena, pero no me escucha —reveló molesto—. Esta noche, de nuevo, no podré dormir.
Eddy le palmeó un hombro.
—Gajes del oficio, muchacho. Y cuando llegue el bebé las cosas empeoraran —dijo sonriente.
—¿Qué vas a saber tú? —acusó Leroy, satisfecho al ver la cara furiosa de Eddy. La acusación era su venganza a su nuevo desplante—. Jamás has sido padre.
Aquello a Eddy le sentó bastante mal.
—¿Cómo que no lo he sido? Siempre he estado para ella.
—A kilómetros de distancia —siguió pinchando el hombre, dejando de temblar por la rabia que había acumulado. Sabía que esa culpa le dolía a su amigo. Con eso, se sentía a mano.
—Mira, idiota —reclamó Eddy, y lo señaló con un dedo aproximándose a él de forma amenazante—. No me critiques, porque tú no has sido…
—¡Ya sé quién es! —interrumpió Milton, logrando evitar una pelea en su casa. No era la primera vez que esos dos se iban de las manos en ese lugar, arriesgando la vida útil de los equipos allí resguardados.
Los dos hombres dejaron su debate para mirarlo confusos.
—¿Quién es quién? —quiso saber Leroy.
—La mujer. —Al ver que ambos seguían viéndolo desconcertados, resopló agotado y completó la información—. La rubia. La fiscal de tránsito. La mujer que estaba en la fiesta infantil. La dama…
—¡¿Sabes quién es?! —intervino Eddy, exaltado, y se acercó a él.
—Sí. Está en las últimas fotos que trajo Leroy.
—¿Estaba allí? —consultó el moreno con extrañeza y también se aproximó al computador.
Milton buscó las imágenes donde podía divisarse a la rubia.
—Vigilaba la tienda haciéndose pasar por una fiscal de tránsito —dijo al mostrarle las fotografías.
Eddy, que se hallaba casi encima de Milton, sonrió con malicia.
—El rostro se le nota perfecto —comentó emocionado.
—Sí, por eso ya sé quién es. Está en mi base de datos.
Eddy y Leroy lo observaron perplejos. Milton sonrió con poca gracia.
—Se llama Colette Morrison. Es detective de la comisión de delitos fiscales de la policía de Nueva York.
—¡La policía! —exclamó Eddy, entre alarmado y entusiasmado.
—Mierda —expresó Leroy con preocupación y volvió a la ventana dándole una gran calada a su cigarro. Sus manos comenzaron a temblar de nuevo.
—El caso… creo que ha trascendido —agregó Milton, algo nervioso.
Sabía que la presencia de la policía hacía ese asunto más complejo, pero no comprendía a qué nivel.
—Vaya, vaya —suspiró Eddy y volvió a caer abatido en el sofá. Su mirada inquieta se perdió en un horizonte imaginario mientras rememoraba los dulces y ardientes besos que había compartido con la rubia, así como la forma ruda en que ella lo trató en dos ocasiones, derribándolo contra el suelo. La primera vez para salvarle la vida, cuando se produjo la balacera en la discoteca, y la segunda, para lanzarle una firme amenaza.
Su cuerpo vibró ante aquella interesante situación. Nunca se había enrollado con una mujer policía, o más específicamente, con una detective ruda y temible. Su deseo y curiosidad por ella aumentaron de manera exponencial, dibujándole una sonrisa traviesa en el rostro.
—Ni lo pienses —advirtió Leroy al observar su estado.
—Esto se va a poner bueno —gimió Eddy, aún perdido entre sus pensamientos.
Milton y Leroy compartieron una mirada preocupada y ambos respiraron hondo. Sabían que a Eddy nada lo detenía cuando una mujer interesante se le atravesaba en el camino.
—¡Chicos, la cena! —gritó April irritada desde la cocina.
Los tres hombres enseguida reaccionaron como si les hubieran jalados las orejas y salieron de la habitación para atender la orden antes de que a la chica le diera un arrebato por su falta de atención. Ya tendrían tiempo de analizar aquel nuevo problema.
Eddy se sentó a la mesa manteniendo la alegría tallada en el rostro. Intentaba participar en la conversación del grupo a pesar de que su mente daba miles de vueltas, buscando las maneras de aprovechar aquella ventaja.
Sabía quién era la rubia, qué buscaba y dónde vivía, pues el dato de su residencia formaba parte de la base de datos que poseía su yerno. Toda esa información tenía que servirle para conquistarla. No se sentiría tranquilo hasta no haber domado a esa fiera. Ese sería un nuevo reto para él, uno muy excitante, que estaba seguro, lo llenaría de satisfacciones.
Se relamió los labios al tomar un trozo caliente de pizza y llevarlo a su boca, enrollando en su lengua el hilo del queso derretido que colgaba. Aquel sabor intenso le recordó el sabor embriagante de la boca de la rubia. Una delicia que pronto volvería a degustar.







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SÉ MI CHICA | Capítulo 10. ¡Corre, Eddy! Esta vez, no escapará



Al día siguiente, la faena exigía sobriedad para adelantar el caso que traían entre manos.
—Deja de moverte, ¿quieres? —se quejó Leroy mientras disparaba su cámara de fotos a través de la ventanilla del auto con actitud molesta.
Eddy se hallaba a su lado, en el asiento del piloto, y, aunque ese día no poseía una sola gota de alcohol nublándole los pensamientos, sí lo hacía la ansiedad.
Su jefe lo había reprendido a primera hora de la mañana por los desplantes que le había ocasionado a Leroy los últimos días, y por su descontrol con la bebida, razón por la que estaban retrasados con la entrega de un segundo artículo sobre el caso Carter-Patterson. Sospechaba que algo muy gordo destaparía ese asunto, porque no paraba de recibir amenazas si se le ocurría publicar algo del tema.
Los obligó a perseguir a la amante del congresista Dorian Patterson, quien había ido de compras con una amiga. Aquella labor le resultaba tan aburrida que no paraba de mover la pierna con inquietud, fastidiando a Leroy.
Steven les había explicado que su fuente le había recomendado mantener los ojos bien puestos sobre esa joven, aunque no dio detalles por temor a represalias si era descubierto. Tal vez la chica estuviera envuelta en una traición, ese era el asunto que debían descubrir, pero ellos dudaban que aquel trabajo valiera la pena. Sin embargo, su jefe lo consideraba importante, ya que esa fuente era muy confiable y todo lo que le había contado sobre Dorian Patterson hasta la fecha, había sido confirmado. Por eso, Eddy tuvo que llenarse de paciencia y evaluar desde su asiento los movimientos de la joven, que seguía a través de los cristales de la fachada de la tienda, esperando no perder el tiempo.
La chica, Ruth Malloy, una trigueña alta y de cuerpo escultural, miraba de reojo la ropa que su amiga elegía siendo su trabajo tener que aprobar o desaprobar el modelo con el movimiento de su dedo pulgar, que bajaba o subía según sus preferencias. El resto del tiempo lo pasaba sumida en un chateo incesante con su teléfono móvil. Nunca dejaba de atender el aparato, ni siquiera, cuando conversaba con otros.
—Está en el teléfono móvil —aseguró.
—¿Qué? —preguntó Leroy al escucharlo hablar.
—El móvil —repitió—. La persona con la que chatea puede ser la clave.
El moreno dirigió su cara molesta y confusa hacia él.
—¿De qué hablas? ¿Qué clave?
Eddy bufó fastidiado.
—¿Para qué carajo le recomiendan a Steven que siga a la amante del congresista? —Leroy alzó una ceja con incredulidad. Eddy respiró hondo—. ¡Quizás lo engaña, idiota! ¡Con alguien involucrado en el caso! Seguir sus pasos puede concedernos una pista.
Ahora el moreno se mostró sorprendido.
—¿Cómo sabes eso?
Eddy puso los ojos en blanco.
—No lo sé. Lo supongo —respondió molesto—. Necesitamos el móvil, Milton puede hackearlo. Tenemos que saber con quién chatea.
—¡¿Estás loco?! ¿Cómo vamos a obtener el teléfono de esa chica?
Eddy no le respondió. Mantuvo la mirada fija en la joven, que reía de forma melancólica hacia la pantalla del teléfono mientras escribía con rapidez un mensaje.
—Lo tengo —dijo y enseguida bajó del auto.
—¡¿A dónde vas?! —exigió Leroy, alarmado, reprimiendo un poco la voz para que no lo escucharan el resto de los transeúntes. Desde el auto veía como su amigo corría hacia la tienda donde se hallaba la chica—. Maldito demente —se quejó, ubicándose en el asiento del piloto. Estaba seguro de que Eddy haría algo indebido y él, como siempre, tendría que salir a rescatarlo.
Eddy se adentró en la tienda sin quitarles la mirada de encima a la amante del congresista, y a su amiga. Mientras la segunda elegía varios vestidos holgados de tela vaporosa, la otra, una joven de cabellera castaña y enormes tetas de silicona, se quedó junto a un mostrador tecleando en el móvil.
Disimuló el acoso al hurgar entre los conjuntos de traje de baño de niña.
—¡Ruth, necesito tu opinión! —gritó la amiga desde la entrada de los probadores. La amante del congresista suspiró hondo antes de responderle.
—Dame un segundo.
—¡Deja el teléfono y ven! ¡No pasará nada si no le respondes enseguida! —la regañó, antes de entrar en el área de los cubículos.
La chica gruñó con molestia y dejó sobre el mostrador su bolso y el teléfono móvil para seguirla. Eddy observó el aparato con los ojos abiertos en su máxima expresión. ¿Sería tan fácil el trabajo?
Controló la ansiedad fingiendo evaluar los artículos de maquillaje que el mostrador exhibía, aproximándose de a poco al móvil. Cuidaba de que ninguna dependienta lo pillara o lo acusarían de ladrón. Al llegar a él, lo tomó con disimulo y marcó su número telefónico, enseguida recibió la llamada quedando grabado el número en su propio teléfono. Eso sería suficiente para hackearlo. Luego revisó con rapidez el chat.
Ruth le escribía a un tal «muñeco» súplicas para verse al día siguiente, a escondidas, en un café en las afueras de la ciudad, pero el sujeto se negaba porque la relación se estaba volviendo muy evidente y debían cuidarse. Al principio pensó que aquel «muñeco» se trataba del congresista, pero en algunas partes el hombre le reprochaba por no poder acercarse más a ella, ya que pasaba mucho tiempo con «él» y le exigía que definiera sus preferencias.
—Te tengo —susurró emocionado, pensando que sus sospechas eran ciertas. Esa chica engañaba al congresista con ese tal «muñeco».
Apretó el ceño, ansioso por saber más, pero el tal «muñeco» no paraba de enviar mensajes pidiendo respuestas a su petición, haciendo que sonara muy seguido la campana de las notificaciones. Borró con rapidez el registro del número que había marcado y dejó el aparato sobre el mostrador, justo en el momento en que Ruth salía de los cubículos.
La chica, al verlo cerca de su teléfono, se mostró preocupada y enseguida se acercó para tomarlo. Eddy sonrió con seductora inocencia.
—¿Es tuyo? —Ella lo observó con recelo de pies a cabeza mientras asentía. Sin embargo, al detallar su atractivo y dejarse irradiar por su sonrisa atrayente, su desconfianza fue disminuyendo—. Estuve a punto de llamar a una dependienta para reportar un teléfono perdido.
—Lo dejé aquí un instante mientras entraba a los probadores —respondió la joven. Esta vez lo veía con una sonrisa coqueta en los labios—. ¿Trabajas aquí o buscas algo en especial?
Eddy amplió la sonrisa y respiró aliviado. Ella ahora flirteaba con él, eso podría ser beneficioso para el caso.
—Mi hija está de cumpleaños. Hoy apagará cinco velitas —mintió. La chica se conmovió—. Se cree muy mayor y le encantan las pinturas para la cara —explicó, refiriéndose al maquillaje. Sabía que a las mujeres les encantaba los hombres incultos en temas femeninos, pero que se esforzaban por consentir a una dama—. Quiero obsequiarle algo especial y evaluaba los labiales cuando vi tu móvil sobre el mostrador. Pensé que alguien lo había olvidado —alegó, aproximándose a ella para arroparla con su sensualidad.
Como siempre, aquello le resultó efectivo. Ruth Malloy se mostró interesada y se ofreció a ayudarlo a encontrar el regalo perfecto.
Entre risas y coqueteos estuvieron evaluando infinidad de productos de maquillaje, así como cremas perfumadas, ideales para niñas. La amiga pronto se unió a ellos, manifestándose muy interesada por el nuevo ligue de su amiga. Eddy, de forma disimulada, les sacaba información sobre un viaje a las Bahamas que harían la próxima semana. Sin embargo, mientras ellas cancelaban su compra, él lanzó una mirada hacia la calle para verificar que Leroy aún seguía en el auto, quedando paralizado.
En la acera de enfrente, semiescondida entre unos árboles y vestida con un uniforme de fiscal de tránsito, se hallaba una rubia que le parecía muy conocida. La mirada rencorosa y autoritaria que ella le dedicó le produjo un estremecimiento en todo el cuerpo.
Se trataba de la supuesta dama de compañía, la misma mujer que había estado en la fiesta infantil acosando también a su víctima, la que besaba como los dioses y tenía una fuerza descomunal capaz de tumbarlo al suelo y aplastarle los testículos de un rodillazo.
El corazón comenzó a martillearle con fuerza en el pecho.
—¿Qué pasa, cariño? —quiso saber la amiga de Ruth al notar como él observaba el exterior con nerviosismo.
—Es… la madre de mi hija —pronunció con angustia. Las mujeres miraron alarmadas la calle—. Es un poco conflictiva —dijo, al descubrir que la excusa podía servirle para librarse de las mujeres e ir por la rubia—. Tengo que salir y enfrentarla, o entrará y hará un escándalo en la tienda. Fue un placer conocerlas —finalizó con una sonrisa radiante que a ellas les resultó contagiosa. No obstante, ambas reflejaron en sus ojos temor por la posible presencia de la madre de la niña, que, por el rostro impaciente del hombre, podía tratarse de una psicópata celosa y violenta.
Eddy salió de la tienda, pero se detuvo en la acera para cruzar una mirada con la rubia. Ella se mostró furiosa y asustaba al mismo tiempo, sin saber si quedarse allí o marcharse. El cuerpo de Eddy vibró por la expectativa, luego de unos segundos de debate comenzó a caminar hacia la rubia, aquello alarmó a la mujer.
Él aceleró el paso al ver que ella huía, no estaba dispuesto a que en esa ocasión escapara. Cruzó la calle a las carreras mientras la rubia se apresuraba por doblar la esquina. La alcanzó un par de cuadras más abajo, la tomó por el codo y la giró de forma brusca para obligarla a encararlo.
—¿Fiscal de tránsito?
—¿Qué te pasa, imbécil?
—¿Quién eres?
—¿Qué te importa? —se quejó ella y se soltó con rudeza de su agarre para continuar su andar, pero Eddy se interpuso en su camino.
—Eres periodista de El Confidencial, ¿cierto? —arguyó, refiriéndose al diario que competía con sus publicaciones. La mujer resopló y puso los ojos en blanco—. ¿De dónde sacas información sobre el congresista Patterson? —La rubia se mostró alarmada y dio un repaso a los alrededores para saber si alguien los había escuchado—. ¿Tienes contactos dentro del laboratorio Dopler Pharma o a nivel familiar?
—¡Cállate! —ordenó y lo tomó por el brazo para arrastrarlo hacia un callejón poco transitado—. Idiota, ¿cómo sueltas esa información en plena vía pública? —reclamó con enfado.
—¿Qué sabes de este caso? No me quitarás la exclusiva —advirtió y la señaló con un dedo en la cara. Ella bufó, manoteó su dedo para quitárselo de enfrente y le dirigió una mirada rencorosa.
—¿Eso es lo único que te importa? ¿Una exclusiva para ganar un premio periodístico o un poco de dinero que te permita pagar la ronda en el bar? —Eddy se impactó por aquella acusación, dicha con cierto tono de desprecio—. Ustedes los periodistas son unos caraduras.
—¿Caradura? ¿Acaso tienes ochenta años, preciosa? —dijo sonriendo con soberbia—. Si esperas que me ofenda, insúltame de manera apasionada, amor —pinchó, acariciándole el cabello. Ella apartó su mano con rudeza—. Aunque te confieso que eso será difícil.
—Eres un arrogante —aseguró y retrocedió un paso ante el avance desafiante de él.
—Dime lo que quieras, pero igual te advierto que no me quitarás la exclusiva.
—Te quitaré más que eso —lo retó, irguiéndose con altanería.
Eddy se encendió como una caldera. Tuvo que respirar hondo para soportar el ardiente vapor que estaba a punto de nublarle los sentidos.
—Inténtalo —propuso, antes de aferrar la cabeza de la chica entre sus manos y tomar por asalto su boca como si fuera la última gota de agua que existiera en el planeta.
Mordió sus labios, fríos y tensos, hasta lograr que se abrieran para él. Pasó con rapidez su lengua a su interior, como un ladrón en medio de la noche capaz de hurtar cada gemido, degustándose con el elíxir embriagante que tanto había deseado. La sintió temblar. Ella se estremeció ante esa atrevida invasión poniéndose en evidencia. Él aprovechó esa debilidad para llegar más lejos, buscando saciarse, pero aquello le resultaba imposible.
Estaba tan extasiado con aquel delicioso placer que no pudo reaccionar a tiempo al sentir que una pierna se enrollaba con la suya y lo hacía perder el equilibrio. Cayó al suelo de culo, perdiendo el contacto con el manjar de sus labios. Enseguida lo tumbaron por completo al suelo y lo giraron, estampándole la cara contra la acera, sin darle oportunidad de quejarse siquiera. Ella tomó uno de sus brazos doblándolo hacia la espalda. El dolor lo inmovilizó, impidiéndole que luchara.
—Vuelves a besarme y te corto la lengua, ¿me entendiste?
Eddy se impactó por aquella dura amenaza, dicha en su oreja.
—Espera, cariño, vamos a…
—¡No me llames cariño! —exigió la mujer y apretó su agarre.
Él gruñó, sintiéndose frustrado, aunque no pudo evitar mostrar una sonrisa por la situación embarazosa y divertida en la que se encontraba. Nunca una mujer lo había tratado de esa manera.
—Está bien, está bien. Lo que tú digas —claudicó con dificultad.
Ella emitió un rugido de furia antes de soltarlo y marcharse a toda prisa. Eddy la miró asombrado, aún desde el suelo, mientras procuraba recuperar la respiración.
—Mierda. Qué mujercita —expresó, poniéndose de pie en medio de quejidos. Le dolía el brazo y las nalgas.
Se irguió con soberbia al descubrir que las personas que pasaban cerca lo observaban con burla. Un vendedor de periódicos, apostado al borde de la acera, se reía de él con descaro. Eddy sonrió y lo saludó con una mano para disimular su incomodidad, se acomodó la ropa y salió de aquel lugar en busca de su auto, renqueando un poco por el dolor en el culo.
Al llegar al lugar donde había aparcado, encontró otro vehículo estacionado en él. Leroy se había ido y con seguridad, estaría enfadado por su nuevo desplante.
—Maldita sea —bramó, antes de tomar la vía hacia una estación del Metro.



Continuará... CAPÍTULO 11.



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