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Una chica utilizó la escritura como medio para drenar sus miedos y frustraciones: “Te vi… y todo rastro de temor, incertidumbre y soledad que venía experimentando desde que llegué al país se extinguió de mi mente para ser suplantado por el anhelo.”

Se enamoró de un desconocido al que solo vio en una ocasión en un tren y fue capaz de enviarle 12 cartas de amor revelándole sus secretos: “¿Cómo no amarte? Si agitaste con furia a mi corazón contrito empujándolo a palpitar con efervescencia.”

Pero toda acción tiene consecuencias. ¿Podrá Amanda enfrentar los resultados de sus acciones?: “Mi crucifixión está cerca. Tu recuerdo es lo único que me ayuda a soportar estas largas horas. No me lo quites, querido Henry, o será mi fin.”


12 CARTAS DE AMOR PARA UN DESCONOCIDO es una novela tierna, intimista y llena de pasión. Una mirada a un pasado no muy lejano donde las tristezas no eran tan diferentes a las de ahora.

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Te vi… y todo rastro de temor, incertidumbre y soledad que venía experimentando desde que llegué al país se extinguió de mi mente para ser suplantado por el anhelo.

No pude evitar enamorarme de ti. Como lo hacen los artistas de sus obras mudas e inanimadas.
¿Cómo no amarte? Si agitaste con furia a mi corazón contrito empujándolo a palpitar con efervescencia.

Te lo imploro, querido Henry, recibe mis cartas de amor, y luego, húndelas en lo más recóndito del olvido, porque solo me salvaran a mí.

Me han cortado las alas, amado Henry, por eso no puedo volar.

Mi crucifixión está cerca. Tu recuerdo es lo único que me ayuda a soportar estas largas horas. No me lo quites, querido Henry, o será mi fin.

Los latidos en mi pecho se intensificaban cada vez que veía como humedecías la punta de tu pulgar para pasar una página testaruda. Esa imagen momentánea de tu lengua sonrojada, que repasaba la aspereza de la piel de tu dedo, me estremecía.


¿Es posible enamorarse de un desconocido?




SÉ MI CHICA, novela romántica. Capítulo 3. Nunca olvides detalles importantes, o la pasarás muy mal.





Salió del auto y se estremeció por el clima que esa noche afectaba a la ciudad. La lluvia había parado hacía unos minutos, pero eso no fue impedimento para que un buen número de neoyorquinos salieran de sus casas e invadiera los amplios salones de una de las discotecas más populares de la metrópolis, movidos por la visita de una banda brasileña de renombre. El frío se le colaba por la gruesa tela del abrigo como si fueran puñales de hielo que se le clavaban en los músculos hasta congelárselos.
Sopló aliento entre sus manos, buscando darles calidez, mientras Leroy, su compañero de aventuras y avatares, un fotógrafo arriesgado que había conocido en medio de una persecución a un político corrupto una década atrás, se acercaba al trío de guardias de seguridad que custodiaban la puerta trasera del establecimiento.
—Ey, amigos. ¿Cómo está la noche?
—¿Tienen pases? —preguntó con amenaza uno de los sujetos, al tiempo que se cruzaba de brazos mostrando los hinchados músculos que poseía.
—No. Venimos de parte de Rigo —aseguró Leroy, dando saltitos para soportar el frío y guardando sus manos en los bolsillos de su pantalón. Su rostro moreno, de facciones árabes, estaba pálido y algo tenso por el mal clima.
—Necesito sus identificaciones —pidió el guardia con recelo mientras uno de sus compañeros pasaba la novedad por el comunicador que llevaban prendido a la solapa de la chaqueta.
Eddy y Leroy mostraron sus carnets y se quedaron a un par de pasos de distancia, temblando por el frío, esperando a que los sujetos verificaran la información.
A medida que los segundos pasaban, Eddy comenzaba a molestarse. Le fastidiaba que los hombres tardaran tanto obligándolos a soportar aquel mal clima, aunque a ellos parecía no afectarlos.
—Deben estar cubiertos con grasa de morsa —bromeó, sin reflejar algún gesto divertido.
—Los esteroides les asfixian los órganos sensoriales —rebatió Leroy, pero tuvieron que cerrar la boca al recibir las miradas duras de los guardias.
Eddy pensó que los habían escuchado y los echarían a patadas de allí. Sin embargo, uno de ellos se les acercó parándose firme a poca distancia, forzándolos a levantar la cabeza para verlo a los ojos.
—¿Y? —consultó Leroy con tensa calma.
—Pueden pasar —respondió el sujeto con desagrado y les devolvió sus identificaciones. Su ceño fruncido evidenciaba que no estaba de acuerdo con la resolución.
Leroy le sonrió con superioridad antes de esquivarlo y encaminarse hacia la puerta, pero fue detenido por el guardia.
—Espera. Tenemos que revisarlos.
Leroy se quejó, pero igual fue esculcado de pies a cabeza hasta asegurarse de que no tuviera algún armamento encima.
Cuando terminaron la revisión, abrieron la puerta y los dejaron pasar al interior del establecimiento. Desde allí podían escuchar el redoble de los timbales que resonaban con estridencia en el escenario y recibían tenues baños de las luces de colores que bailaban en la pista.
—¿Dónde estará Rigo? —preguntó ansioso Eddy. El sonido de la música le calentaba la piel, animándolo.
—Espero que haciendo su trabajo.
Al entrar en el área donde se desarrollaba el espectáculo quedaron paralizados, aunque a Eddy se le dibujó en el rostro una amplia sonrisa. El ambiente era carnavalesco. Algunas mujeres iban vestidas como seductoras garotas, llevando el rostro maquillado con exageración y haciendo uso de mucho glitter, y luciendo enormes coronas de plumas de colores.
—Maldita sea, esto es un circo —bramó Leroy. Eddy, en cambio, estaba encantado con la sorpresa. Sus ojos no podían dejar de apreciar los cuerpos sin desperdicio de muchas de las mujeres presentes.
Leroy lo tomó por la solapa del abrigo para arrastrarlo hacia la zona VIP, donde con seguridad se encontraba el hombre que buscaban. Si lo dejaba solo, lo perdería. Conocía sus mañas.
Tuvieron que atravesar una apretada masa de personas para llegar a la entrada del área exclusiva de la discoteca. Leroy se adelantó, odiaba a la gente. Eddy nadaba en su zona de confort.
Antes de que pudiera llegar a su destino, fue detenido por una enorme rubia vestida como una cheerleader de fútbol brasileño, con unos diminutos y ajustados pantalones deportivos y un top que parecía estar a punto de romperse por culpa de las enormes tetas que poseía.
—¿Eddy? —preguntó la mujer sorprendida. Aunque en sus ojos, excesivamente maquillados, podía apreciarse la emoción que experimentaba.
—Hola —respondió seductor, disimulando su extrañeza.
La rubia tenía rostro de Barbie y cuerpo de sirena, y olía muy bien. Lo único malo, era que no la recordaba.
—Pensé que no te vería de nuevo —reveló ella inclinándose más hacia él para que la escuchara por encima de la música. El organismo de Eddy se agitó al tener a escaza distancia ese rostro de muñeca, de labios provocativos—. ¿Continuamos lo que dejamos a medias?
La pregunta lo sobresaltó, más aún porque esta vino acompañada de un firme apretón en sus partes íntimas.
—¿Dejamos algo a medias? —preguntó inquieto y apartándose un poco.
A su alrededor, las personas saltaban y bailaban al ritmo de la samba que hacían sonar en el escenario sin prestar atención al encuentro entre ellos. Sin embargo, a Eddy le resultaba incómodo el toqueteo de una desconocida rodeado de tanto público. En privado sería más placentero.
La rubia sonrió con picardía al descubrir su dilema.
—Ven —dijo y se aferró a uno de sus brazos para arrastrarlo hacia un costado.
Él se dejó llevar, aunque mirando de vez en cuando hacia el lugar al que se había dirigido Leroy. Por la cantidad de gente, le fue imposible divisar a su amigo para hacerle algún gesto con la mano indicándole que lo esperara unos minutos. Estaba demasiado ansioso por saber a dónde lo llevaría la rubia.
La mujer se introdujo, con él arrastras, por el pasillo de los baños, esquivó a quienes lo transitaban hasta llegar a otro menos poblado, que llevaba hacia el estacionamiento. Allí lo estampó contra una columna, lo abrazó por el cuello como si aquello fuera un reencuentro apasionado e invadió su boca, abierta por la sorpresa, con su lengua lujuriosa.
Los ojos de Eddy se ampliaron en su máxima expresión, pero no hizo nada por detenerla. Se aferró a los cabellos de la mujer para intentar controlar aquel asfixiante beso mientras ella se restregaba contra él, anhelando su contacto.
Sin dejar de complacerla, dio una mirada por los alrededores. Quienes pasaban por ese pasillo lo observaban con extrañeza, pero no se detenían ni les hacían algún comentario. Seguían con rapidez hacia la pista para disfrutar del show.
Comenzó a preocuparse cuando la rubia empezó a emitir jadeos sonoros. Ella con ansiedad le abrió el abrigo y le apretó el estómago para meter su mano dentro de sus pantalones, sin quitarle el cinto. Eddy se quejó, aunque no pudo evitar gemir de gusto cuando la rubia abrigó su pene erecto con sus dedos largos y fríos, masturbándolo.
—Espera, espera, espera —exigió, forcejando con ella para apartarla.
La mujer gruñó furiosa y le apretó con rudeza el pene antes de que él le sacara la mano de sus pantalones.
—Calma, tigresa —dijo soportando el dolor y sosteniéndola para que no volviera a invadirlo.
—¿Otra vez? —reclamó entre dientes. Su rostro estaba encendido por la ira y el deseo reprimido.
Eddy sintió algo de miedo. Entendía por qué su cerebro había borrado el recuerdo de esa mujer.
—¿Qué tal si compartimos una copa primero? —propuso conciliador. Ella se notaba ofuscada y las personas que pasaban junto a ellos comenzaban a prestarles más atención.
—¿Quieres emborracharme? —reprochó con indignación. Eddy arqueó las cejas sintiéndose incrédulo—. No te dejaré hacerlo —amenazó, y aproximó su cara a la de él, confundiéndolo aún más—. Ya te lo dije, yo domino. Serás mi cachorro, llevarás mis correas en tu cuello y hablarás cuando yo te lo indique. ¿Entendido?
Eddy la observó con sorpresa.
—Espera aquí un momento, ¿sí?
Intentó alejarse, pero la mujer lo retuvo por la solapa del abrigo de forma ruda.
—Olvídalo, cachorro. No te dejaré ir de nuevo.
Los ojos enloquecidos de la rubia lo asustaron aún más, eso lo ayudó a recordar la noche en que había huido de ella saltando desnudo, y medio borracho, por la ventana de un cuarto de hotel. Para su suerte, la habitación se había hallado en un primer piso y cerca estuvo estacionado un camión de techo alto que le facilitó la huida, sin poner en riesgo sus huesos.
—Tranquila, corazón. Solo quiero…
—¡Cállate! —gritó la rubia, desconcertándolo, y haciendo que los demás desaceleraran sus pasos para saber lo que ocurría—. Te dije que hablarás cuando te lo ordene.
Eddy se sintió incómodo y molesto a la vez. Tuvo que aplicar algo de fuerza para obligarla a soltarlo, pero ella seguía forcejeando.
—Quédate quieta.
—¡Te dije que yo domino!
Comenzaron a luchar. Ella intentó golpearlo, rugiendo furiosa. Un hombre trató de ayudar a Eddy, pero recibió un fuerte golpe en el rostro que lo derribó al suelo. Ante esa escena, algunos empezaron a gritar, unos burlándose y otros pidiendo ayuda.
Un par de guardias de seguridad llegaron corriendo. Eddy ya se encontraba en el piso, con la rubia sobre él, buscando arañarle la casa. Los guardias procuraron contenerla, pero la mujer estaba tan fuera de sí que logró derribarlos a ambos y peleaba con ellos en el suelo, gritando incoherencias y con el rostro transformado en una máscara diabólica.
Eddy se levantó al ver que los hombres parecían dominarla e intentaban ponerla de pie para sacarla del recinto en medio de los vítores y las risas estridentes de los presentes. Con el corazón palpitándole en el pecho con intensidad se alejó, dirigiéndose al interior de la discoteca.
Halló a Leroy cerca de la entrada a la zona VIP. Repasaba con enfado la pista, buscándolo.
—¿Dónde demonios estabas? —preguntó molesto cuando Eddy estuvo junto a él.
—En el infierno —respondió en medio de un suspiro.
Leroy lo observó desconcertado, pero la rabia por su desaparición lo superaba. Gruñó con fastidio, antes de regresar a la zona VIP.
—¡Muévete! —ordenó. Eddy se apresuró por alcanzarlo—. Deja que hacernos perder el tiempo. Ya encontré a Rigo.
—¿Está adentro?
—Sí —respondió, mirando con el ceño fruncido el rostro pálido y algo nervioso de su amigo—. ¿Qué mierda hacías?
Eddy se pasó una mano por los cabellos.
—Creo que me estoy excediendo.
Leroy resopló divertido.
—¿De verdad? —bromeó. Sin embargo, recobró su seriedad al volver a detallar la cara asustada de su compañero—. Un día de estos vas a recibir una dura lección —indicó y lo tomó por el hombro para entrar en la sala exclusiva—. Vamos. Rigo nos espera adentro. Tenemos unas fotos escandalosas que tomar —recordó, y sacó su teléfono móvil de su abrigo.
Eddy lo siguió esperando que el trabajo le quitara la sensación de angustia que le invadía el pecho. El sexo y el alcohol habían sido su ruta de escape, pero nunca imaginó que estos podrían llevarlo por un camino tan peligroso.
Suspiró hondo y apresuró el paso para igualar los de su amigo, obligándose a olvidar el asunto. No quería pensar en eso. Tenía una labor importante y arriesgada que llevar a cabo esa noche.



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SÉ MI CHICA, novela romántica. Capítulo 2. No mientas… a menos que sea para salvarte el pellejo




—¡Pero, ¿qué has hecho?! —consultó April llena de furia.
La negra con cuerpo de modelo ya se había ido de casa. Sola. Eddy tuvo que darle dinero para el taxi porque si se atrevía a dejar a su hija para llevarla a su casa, sentenciaría su vida.
—No hice nada. ¡Ni siquiera me dejaste terminar! —expresó él con socarronería y algo pasado de tragos, provocando que la chica rugiera por la furia. Se había tomado el resto del vino, directo de la botella, desde que su hija había interrumpido su momento de placer y sacaba a los gritos a la mujer de la casa.
—Amor, cálmate. El niño —recordó Milton, el esposo de April, usando una voz melosa para intentar calmar la efusividad de su chica.
April le dirigió una mirada asesina que logró intimidarlo y obligarlo a cerrar la boca, luego suspiró hondo y se sentó en la mesa acariciándose el hinchado vientre para sosegar su explosivo carácter y no afectar a su avanzado embarazo. Sin embargo, apenas se acordó que sobre esa mesa había hallado desnudo y atado a su padre, puso cara de asco y se levantó enseguida quedándose de pie cerca de una encimera.
Eddy sonrió mientras lanzaba en el cubo de la basura la botella. Ya se encontraba vestido, pero en su rostro adormilado aún se reflejaba la insatisfacción por el sexo no culminado. Lo único en lo que pensaba era en la manera en que le quitaría a su hija la llave de su departamento sin perder algún miembro de su cuerpo en el intento. No quería que ese tipo de interrupciones siguieran sucediéndose.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó en susurros hacia su yerno y demostrando su molestia.
Milton, un chico alto y rubio de apenas veintidós años, pero con la frente tan arrugada por las preocupaciones como la de un hombre de sesenta, torció el rostro en una mueca de disgusto sin decir una sola palabra. Prefirió distraerse mirando los juguetes eróticos que la negra había dejado abandonados por huir a toda prisa de aquella escena bochornosa.
—La cena. ¿Lo recuerdas? —respondió April entre dientes.
—¿Cena? —inquirió Eddy, y observó confuso los alrededores tratando de hacer memoria.
Un instante después se golpeó la frente emitiendo un quejido al recordar que había estado en el mercado para comprar una lata de tomates en conserva porque su hija se lo había solicitado. Esa tarde iba a reunirse con ellos y se quedaría a cenar.
April, a pesar de ser una chica sana de apenas veinte años de edad, sufría de depresiones por la muerte trágica y repentina de su madre dos años atrás, situación que parecía empeorar con el final del embarazo. La idea de Eddy era animarla con su visita, pero había echado por tierra sus planes.
—¿Por qué te tratas de esa manera? —preguntó la joven hacia su padre con un puchero en los labios y lágrimas en los ojos, aunque sin abandonar su semblante fiero.
—¿Cómo me trato? ¡No pasó nada! —justificó Eddy con cansancio—. Iba a ser solo sexo de unos minutos y ya, luego iba a tu casa —se quejó acercándose a ella uniendo las manos frente a su cara, en un gesto de súplica.
—Ayer tuviste sexo de unos minutos en el baño del bar donde siempre te emborrachas, obligando a Milton a salir de casa a media noche para pagar tu fianza y sacarte de prisión. ¡Te fuiste a los golpes con el marido de aquella mujer y destruiste los espejos del baño de damas!
Eddy suspiró agobiado y bajó los hombros en señal de derrota.
—Ese fue un problema… pasajero.
—Hace dos días también tuviste sexo de unos minutos en tu trabajo —continuó la chica con enfado—. ¡Por eso están a punto de echarte del diario!
Eddy se pasó una mano por el rostro al recordar ese problema aún no resuelto.
—Eso no fue sexo, solo… una metida de mano —alegó con nerviosismo.
—¿Una metida de mano? ¿A una de las directoras del diario? ¡¿Y delante de todos los empleados?!
El hombre la miró alarmado.
—¡No fue delante de todos! Estábamos dentro del cuarto de la fotocopiadora.
—Ah, claro. Tenían mucha intimidad —se burló April con furia y se cruzó de brazos—. Me he enterado de otros casos, papá.
—¡No hay más! —exclamó ofendido.
—Milton ha tenido que sacarte en varias oportunidades de la cárcel.
Eddy observó a su yerno con rencor.
—Chismoso —le reprochó entre dientes, pero el joven lo que hizo fue alzar los hombros con indiferencia y seguir detallando los juguetes.
—Eso de… sexo de unos minutos —expresó la chica con repulsión—, se está volviendo tan dañino como tu alcoholismo.
—¡¿Mi alcoholismo?! —rebatió indignado.
April puso los ojos en blanco antes de dirigirse hacia el refrigerador. Sacó de su interior dos botellas de vino que dejó sobre la mesa. Luego revisó las repisas, colocando junto al vino, cinco botellas de licor. Todas casi acabadas. Del cubo de basura sacó unas botellas vacías de cerveza y la de vino que él se acababa de beber. Eddy seguía sus pasos con una mezcla de sorpresa y rabia en el rostro.
Cuando la chica quiso salir de la cocina para buscar en la sala las que ella sabía que se encontraban ocultas dentro de las gavetas del escritorio de trabajo de su padre y en el armario donde se hallaba el televisor, Eddy la detuvo sosteniéndola por un brazo.
—Está bien. Déjalo así —dijo con voz severa.
April apretó la mandíbula para controlar la ira y respiró hondo acariciándose el vientre.
—Sé que hay más en el dormitorio, en el baño y en el cuarto de la lavandería.
Eddy se tensó apretando los puños un instante, luego suspiró pasándose una mano por sus cabellos para relajar los ánimos. No sabía que era lo que más le molestaba. Si el hecho de que su hija conociera todos los lugares secretos de su casa, sin vivir allí, o que lo estuviera reprendiendo como a un niño pequeño. Él era el padre y aunque April estuviera casada y a punto de tener un hijo, seguía siendo una niña de apenas veinte años de edad. Una con la que él poco había compartido durante su infancia por estar persiguiendo sus sueños, cazando noticias escandalosas que lo ayudaran a sacar de abajo a su fracasada carrera de periodista; y una a la que ignoró durante su adolescencia por vivir metido en constantes líos con policías, mafiosos, políticos o importantes empresarios o personalidades de la ciudad, al tener sus narices metidas en sus asuntos oscuros buscando exclusivas.
Cuando ella salió del instituto, él era uno de los hombres más odiados y temidos en Nueva York, el periodista estrella del diario con más fama en la región, quien además contaba con oportunidades de colaboración en otros periódicos y con cadenas de televisión a nivel nacional; y hasta con la posibilidad de participar como guionista y productor en un documental sobre casos de corrupción en Manhattan. La presión por toda la fama recibida, por las exigencias y por los conflictos legales lo ató a diversidad de vicios, sobre todo, al alcohol y al sexo.
Gracias a eso, para la época en que April inició la universidad, él se había convertido en un caos, lo que impidió que estuviera presente al fallecer la madre de la chica, ni durante su velorio o en el entierro. Cuando quiso acercarse, ambos eran unos desconocidos. Él un adicto incontrolable, nervioso e inseguro, y ella, una joven depresiva que había abandonado todo, incluso, sus ganas de vivir, atentando contra su vida en dos oportunidades.
Lo único bueno que había salido de sus esfuerzos por relacionarse con su hija, fue que ella pudo conocer a Milton, un joven periodista que iniciaba su carrera bajo su tutela. Y, a pesar de que la relación entre los chicos había sido efervescente y en menos de un año dio frutos, Milton se había convertido en un gran soporte no solo para April, sino también, para Eddy, transformándose en un mejor amigo.
—No pretendo ser una mujer controladora y obsesiva —aseguró ella con tristeza—. Es solo… que no quiero perderte a ti también.
Esa confesión conmovió a Eddy hasta los huesos, erizándole la piel. Apretó la mandíbula para controlar la rabia hacia sí mismo, por no lograr contener sus ansias, al menos, por una tarde, y así cumplirle a su hija. Una vez más le fallaba, parecía que no se cansaba de hacerlo.
—No volverá a pasar —masculló, promesa que hasta a él le sonaba banal.
Sin embargo, ella, como siempre, dejó de lado sus miedos y ansiedades para abrazarse a la cintura de su padre, rogando porque en esa ocasión fuera cierto. No pudo evitar que un par de lágrimas bajaran por sus mejillas, que Eddy secó con sus pulgares antes de besar su frente.
—¿Sigue en pie el plan de la cena?
Ella gimoteó antes de responderle.
—¿De verdad, quieres hacerlo?
—Por favor —rogó sin dejar de acariciarle las mejillas. April sonrió.
—Está bien, pero te vienes con nosotros —advirtió, muy seria.
—Por supuesto —garantizó Eddy, animado—. Me cambio de ropa y vamos a tu casa.
Luego de otro fuerte abrazo, él se dirigió a su habitación. April respiró hondo al verlo salir de la cocina, pero arrugó el ceño al dirigir su atención hacia Milton y encontrarlo evaluando con interés los juguetes eróticos.
—¿Qué haces?
—¿Qué es esto? —consultó con falsa inocencia y elevó hacia la chica el dilatador anal que sostenía con una mano como si fuera un puñal, luego hizo movimientos con él como si fuera una espada. Solo quería hacerla reír para que superara el amargo momento.
—Eres un ignorante. ¡Dame eso! —lo regañó y le quitó de mala gana el accesorio.
Ambos miraron el objeto con cierta curiosidad, pero simulando que poco les importaba. Milton se metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se balanceó en sus pies antes de hablarle.
—¿Me enseñas a usarlo? —propuso, dedicándole una mirada ardiente.
Ella arqueó las cejas, tratando de ocultar su emoción.
—Soy una mujer embarazada —dijo con esforzada severidad.
Él alzó los hombros con indiferencia y se acercó, abrasándola con el deseo que llameaba en sus ojos.
—Y yo el padre de ese niño, quien solo quiere amarte y provocarte los orgasmos más sublimes de tu existencia.
Aquellas palabras la estremecieron e hicieron ebullición en su interior, más aún, al ver a Milton casi encima de ella, incinerándola con su excitante calor. Sin embargo, al escuchar que Eddy se acercaba, se guardó con rapidez el juguete entre los senos.
—¡Listo! —aseguró el hombre notando como los chicos se habían sobresaltado con su llegada y se alejaban con nerviosismo, como si los hubiera pillado en una acción indebida—. ¿Todo bien?
—Sí —aseguró April, con la voz temblorosa por la colisión de emociones. Se aclaró la garganta y se acercó a su padre para tomarlo por el codo y arrastrarlo a la puerta—. ¿Vamos?
—Vamos —respondió, observándola con extrañeza un instante. Luego dirigió su mirada ceñuda hacia Milton, viendo como el chico se encogía de hombros mientras los seguía.
Respiró hondo al salir de casa. Era consciente que después de la cena ese par se dedicaría a hacer lo que él había estado añorando por años: No tendrían sexo, harían el amor con verdadera entrega.


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