Historias de Amor: Milena Jesenská y Franz Kafka



Muchos biógrafos aseguran que Franz Kafka era un hombre sufrido y perturbado, y no era para menos, su infancia y juventud la vivió marcada por la sombra de un padre autoritario, que con su actitud fría y déspota minó por completo la personalidad del chico. En una ocasión el autor escribió una carta larga a su padre, pero que éste jamás llegó a leer, en la que decía:
                                                                                                                                                         

“En otro tiempo habría necesitado que me animaran a cada paso. Pues me sentía aplastado por la simple existencia de tu cuerpo. Recuerdo, por ejemplo, que con frecuencia nos desnudábamos juntos en una cabina. Yo delgado, ruin, estrecho; tú fuerte, alto, ancho. Ya en la cabina me encontraba lamentable, y no sólo frente a ti, sino frente al mundo entero, pues tú eras para mí la medida de todas las cosas”.

Milena Jesenká, sin embargo, era una mujer apasionada y rebelde, pero poseedora de un corazón bondadoso. Al igual que Kafka, tuvo un padre autoritario, que intentó controlar sus acciones, pero la joven era más arriesgada y constantemente lo enfrentaba. Milena se consideraba comunista, antiestalinista, feminista, excéntrica y bohemia. En su natal Praga solía visitar los café donde se reunían intelectuales judíos, allí conoció al escritor Ernst Pollak, de quien se enamoró perdidamente. Su padre impidió el noviazgo, al ser el hombre un judío, pero ella se rebeló a su dictamen, y entre discusiones, amenazas de suicidios y otras cosas más, el padre termina encerrando a Milena en un sanatorio psiquiátrico de donde la chica se escapó para casarse con su amado.

Se mudó con Pollak a Viena, pero el hombre, además de ser un derrochador, quiso una relación liberal, y llevó a su casa a sus amantes, e incluso, dejó a una de ellas vivir en su apartamento. Sin dinero y humillada, Milena tuvo que trabajar para poder pagar las cuentas, escribió artículos para diarios y se ofreció como traductora para ciertas publicaciones. Fue así como inició el contacto con Kafka, al escribirle para que la autorizara a realizar una traducción a varios de sus trabajos. Ella admiraba enormemente los escritos de él, y a raíz de esa relación, él comenzó a seguir la carrera de ella.

Para Milena, el intercambio epistolar con Kafka era un paliativo que la ayudaba a olvidarse de sus tristezas y frustraciones, y para él, la vivacidad que ella le trasmitía en sus cartas lo hacía sentirse más alegre. No pasó mucho tiempo en que se enamoraron, y más aún, en que decidieron encontrarse. Pero sus reuniones eran breves, y en ocasiones intensas. Lo podemos ver en algunos fragmentos de las cartas que Kafka le enviaba a la chica.


“No sé cómo abarcar toda esta dicha en palabras, ojos, manos y este corazón. No sé cómo abarcar la felicidad de tenerte aquí, la alegría de que me pertenezcas. No solo te amo a ti. Es más lo que amo: amo la existencia que tú me otorgas”.

“Yo te quiero como el mar desea a un diminuto guijarro hundido en sus profundidades. De igual manera te envuelve mi amor. Y ojalá yo sea para ti ese guijarro. Amo al mundo entero y a ese mundo pertenecen también tus hombros y tu rostro sobre mí en el bosque y ese descansar mío sobre tu pecho casi desnudo”.


“Qué fácil será la vida cuando estemos juntos. Entiéndeme bien y sigue siendo buena conmigo. Antes de conocerte creía no poder soportar la vida, no poder soportar a los hombres Y eso me avergonzaba. Pero tú, Milena, me confirmas ahora que no era la vida lo que me parecía insoportable. Hoy me bastan unas pocas líneas tuyas, dos líneas, una sola palabra. Lo único cierto es que lejos de ti no puedo vivir. No deseo otra cosa que hundir mi rostro en tu regazo, sentir tu mano sobre mi cabeza y permanecer así hasta la eternidad”.

Sin embargo, la atormentada y compleja personalidad del escritor se interpone en el romance. Aunque Kafka poseía una aguda inteligencia, una actitud tranquila y un sentido del humor envidiable, internamente era un hombre que temía a la vida, al sexo, a la opinión de los demás y al mismo fracaso. Inseguridades que se le acrecentaron al diagnosticarle Tuberculosis. Es por eso que, cuando el romance comenzó a volverse más exigente, ya que Milena deseaba de alguna manera huir de su realidad y reunirse para siempre con Kafka, éste no se atrevía a dar un paso adelante. Sus sentimientos los demuestra en sus cartas.


“Estamos jugando a un juego infantil, yo me arrastro por la sombra, de un árbol a otro, estoy en pleno camino, usted me llama, me señala los peligros, quiere darme ánimos, se desespera al ver mi paso inseguro, me recuerda la seriedad del juego... no puedo, desfallezco, ya he caído. No puedo escuchar al mismo tiempo las voces terribles de mi interior y la suya, pero en cambio  puedo oír la suya sola y confiar en usted, en usted como en nadie más en el mundo”.


“No quiero (¡Milena, ayúdeme! ¡Comprenda más que lo que le digo!), no quiero (esto no es un tartamudeo) ir a Viena porque no podría soportar la tensión mental. Estoy mentalmente enfermo, la enfermedad de los pulmones no es más que un desbordamiento de la enfermedad mental”.

A pesar de sus reticencias, Kafka no podía soportar estar mucho tiempo lejos de ella. Cuando podía, dejaba de lado sus miedos e iba a su encuentro. En una ocasión, Milena le escribió al gran amigo y confidente de ambos, el escritor y compositor checo Max Brod, para expresarle sus aflicciones.


“Su angustia la conozco hasta la médula. Ya existía antes de conocerme. Conocí su angustia antes de conocerle  a él. Y me armé contra ella en cuanto la comprendí. En los cuatro días que Franz estuvo conmigo la perdió. Nos reímos de ella. Sé con seguridad que ningún sanatorio puede curarle. No se curará mientras tenga esa angustia… Iba todo el día de un lado al otro, andando bajo el sol, y no tosió ni una sola vez; comía muchísimo y dormía muy bien, estaba sencillamente  sano, su enfermedad nos parecía aquellos días un ligero resfriado”.

Pero las contradicciones del amor continuaron en la lejanía. Kafka deseaba cortar la relación con ella, ya que no se sentía digno de sus atenciones, y ella también mostraba sus temores por abandonar definitivamente a Pollak e irse con él.


“Ayer te aconsejé que no me escribieras todos los días, hoy sigo pensando lo mismo; sería muy conveniente para ambos, y vuelvo a aconsejártelo una vez más, con mayor insistencia todavía; pero, por favor, Milena, no me hagas caso y escríbeme todos los días, aunque sea una carta muy breve”.

Así estuvieron por un intervalo de dos años, relación que casi se rompe cuando Kafka le escribe a Milena para exigirle que no se comuniquen ni se vean más. En esa misiva expresa:


“Yo, animal de la foresta, yacía en cualquier parte, en mi sucia zanja (sucia solamente a causa de mi presencia, por supuesto), de pronto te vi en el claro, lo más maravilloso que había  visto jamás, me olvidé de todo, me erguí, me acerqué… me sentía tan feliz, tan orgulloso, tan libre, tan poderoso, tan en mi casa… Pero recordé quién soy, ya no vi en tus ojos ningún engaño, sentí el terror del sueño (de conducirse como si uno estuviera en su casa, en un lugar donde no debería estar), ese terror lo sentí en realidad, tenía que volver a la oscuridad, no soportaba el sol, estaba desesperado, realmente como un animal perdido, me eché a correr lo más rápido que pude, pensando constantemente "¡Si pudiera llevármela conmigo!" y la idea opuesta "¿Existe acaso la oscuridad donde ella está?"”.

Milena se sintió derrotada, y al no poder escribirle a él decidió pedir consejos al amigo de ambos, Max Brod.


“Perdone que le moleste, pero es que estoy absolutamente desorientada, mi cerebro es incapaz de pensar, de recibir o manifestar impresiones, no sé nada, no siento nada; me parece que me acaban de dar un golpe terrible, pero no sé bien cuál. No sé nada del mundo, solo noto que me mataría si de alguna manera pudiera llevar hasta mi conciencia lo que se me está escapando de ella”.

A pesar de eso, la relación epistolar continuó, aunque más escaza. Milena luchaba en Viena para mantenerse dentro de un matrimonio humillante y difícil, y Kafka siguió escribiendo y batallando con su enfermedad, que a cada día avanzaba, y en varias ocasiones lo obligó a internarse en sanatorios para tuberculosos. En 1923 conoció a Dora Diamant, quien se convirtió en su compañera los últimos meses de su vida, una mujer de carácter dulce y alegre que lo trató como a un niño, pero que no logró robarse su corazón, ya que éste tenía dueña. En el otoño de ese mismo año, Kafka le envía una carta a Milena para comentarle su situación:


“Los viejos males han vuelto a encontrarme aun aquí, me han atacado y me han vencido un poco; hay momentos en que todo me fatiga, cada trazo de la pluma. Por lo demás estoy bien aquí, tiernamente protegido hasta el colmo de las posibilidades terrenas”.

En la primavera de 1924 se encuentran por última vez, pero la enfermedad se agrava y le produce intensos dolores. Antes de entregarse al opio para apaliar el sufrimiento y esperar la muerte, le escribe una carta a su amigo y confidente Max Brod, pidiéndole por Milena:


“Tu hablarás con Milena. Yo ya nunca volveré a tener esa dicha. Cuando le hables de mí, hazlo como cuando se habla de un muerto, me refiero a mi "estar fuera", a mi "extraterritorialidad"”.

Al morir, fue enterrado en el cementerio judío de Praga, y Milena se despidió de él escribiendo una nota fúnebre en el diario donde trabajaba:


“Tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo”.

La chica vivió su luto por mucho tiempo, logró separarse de Pollak y transformarse en una periodista reconocida. Se casó por segunda vez con un arquitecto que terminó engañándola y abandonándola, pero con quien tuvo una hija.

En su artículo FRANZ KAFKA Y MILENA JESENSKÁ, UNA HISTORIA DE AMOR Y BONDAD, Christian Mielost resume los últimos años de vida de Milena de esta manera: “Valiente y temeraria como siempre, no duda en abrir las puertas de su casa a todo el mundo y pasear con sus amigos judíos por la calle. Quizás el gesto más conmovedor de esta gran mujer se produjo cuando obligaron a todos los judíos de Praga a coserse la estrella de David. Ella, sin ser judía, también la cose a su ropa y pasea con ella por las calles de Praga. Finalmente, como no podía ser de otro modo, es detenida y enviada a Beneschau, un campo para simpatizantes de los judíos. Después de un año allí, en el que perdió más de veinte kilos, es enviada a Ravensbrück donde verá por última vez a su hija... allí, en mayo de 1944, a menos de un año para el final de la guerra, Milena Jesenská moría a causa de la enfermedad renal que padecía desde hacía tiempo, pero, sobre todo, a causa de la locura nazi”.

Una historia triste, con un final trágico, que nunca logró un “felices por siempre”, ya que Kafka y Milena nunca pudieron vivir juntos su idilio. Sin embargo, se amaron hasta el final, a su manera.

Conoce las obras de Kafka aquí:







Recuerda visitar Mi Tienda en AMAZON para conocer las novelas que he escrito.




Información tomada de:




Historias de Amor: Virginia Clemm y Edgar A. Poe



Edgar A. Poe es considerado uno de los autores más destacados, pero a la vez, más trágicos de la literatura. El crítico Harold Bloom lo ubica al mismo nivel de William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Lo llaman el “maestro del relato corto”, y según T.S. Eliot, su poesía tenía “la magia del verso exacto”. Era exitoso, pero contaba con un especial sentido de la autodestrucción, que nunca le permitió sentirse satisfecho con lo que alcanzaba, y lo empujaba a perder todo lo que tenía hasta quedar en la miseria. Su adicción al alcohol y a los estimulantes en ocasiones lo cegaban.

Según muchas de sus biografías, su único y gran amor lo encontró en Virginia Clemm, una joven que además, era su prima. La conoció en 1829, cuando ambas familias tuvieron que vivir juntas. Ella tenía siete años, y él veinte. La chica idolatraba al joven, hasta el punto de servirle como mensajera con una de sus vecinas, con quien Poe tuvo un romance fugaz. La niña llegó a robarle un mechón de cabello a la chica para entregárselo a Poe como trofeo. Sus biógrafos sostienen que al escritor solía gustarle la vivacidad infantil de Virginia y su alegría, que muchas veces compensaba su mentalidad de niña debido a una afección que tuvo a los doce años, y que impidió su desarrollo cerebral. También admiraba su belleza, su cabellera abundante y sus grandes ojos oscuros.

En 1835 él tuvo que mudarse al conseguir empleo en Richmond, pero se fue con la idea de casarse con Virginia, quien para esa época había quedado casi huérfana al perder a su padre y hermanos. En esa época Poe tenía veintiséis años y la chica trece. Uno de sus primos, para evitar un matrimonio prematuro, decidió adoptarla y llevársela lejos, pero Poe, en su desesperación, solicitó la intervención de una de sus tías y le escribió una emotiva carta que lo ayudó a impedir que alejaran a la niña de su lado:


«Las lágrimas me ciegan mientras le escribo esta carta y no deseo vivir ni una hora más. (…) Mi peor enemigo me tendría lástima si pudiera leer mi corazón. Mi último asidero en la vida, el último de todos, se me escapa. No tengo ningún deseo de vivir y no viviré. Pero he de cumplir mi deber. Amo, usted lo sabe, amo a Virginia apasionadamente, devotamente».

En 1836 se casaron, después de falsificar la fecha de nacimiento de ella para que apareciera como una joven de veintiún años y no de trece. Sus biógrafos aseguran de que Poe y Virginia fueron una pareja feliz. Él amaba la ternura de ella, y ella lo adoraba como a un dios. La chica solía sentarse cerca del poeta cuando este escribía, y mantenía sus papeles y útiles en perfecto orden. A los veintitrés años (en esa fecha ya se conocía que ella sufría de Tuberculosis) Virginia se animó a escribirle un breve poema a su marido, fechado en el día de San Valentín de 1846.


Deseo vagar siempre contigo,
queridísimo, mi vida es tuya.
Dame una cabaña por hogar
cubierta de una espesa enredadera,
lejos del mundo con sus pecados y sus preocupaciones
y del cotilleo de muchas lenguas.
Solo el amor nos guiará cuando estemos allí,
el amor curará mis débiles pulmones;
qué tranquilas horas disfrutaremos
sin cuidarnos de los demás,
en perfecta calma gozaremos,
apartados del mundo y sus reclamos.
Siempre tranquilos y felices viviremos.

Hubo un apasionado debate en torno a lo inusual de este matrimonio, dadas la diferencia de edad y la relación de consanguinidad existentes entre los esposos. Hay quienes aseguran que la pareja nunca consumó el matrimonio, que Poe no gustaba de las mujeres y que el cariño por su esposa era algo fraternal. Sin embargo, amigos y allegados recuerdan en sus cartas el especial amor que existía en la pareja. George Rex Graham, quien una vez fue su jefe, en una ocasión escribió: «Su amor por su esposa fue una especie de adoración extática al espíritu de la belleza». El mismo Poe confirmó dicha aseveración a través de un escrito a un amigo:


«A nadie entre los seres vivientes veo tan hermoso como a mi mujercita».

No obstante, no todo fue color de rosa para la pareja. En 1845 se desató un escándalo por unos supuestos amoríos que Poe tenía con las poetisas Frances Sargent Osgood y Elizabeth F. Ellet, la primera era casada y la segunda tan vengativa que al descubrir una supuesta misiva de Osgood para Poe hizo una algarabía por los celos que llegó a oídos del público. La refriega incluso, terminó en pelea, dejó trastornado a Poe y afectó mucho a Virginia; más aún porque la joven recibía cartas anónimas que relataban las supuestas indiscreciones de su marido. Algunos se atrevieron a decir que todo fue por culpa de Elizabeth F. Ellet.

Pasado aquel incidente la vida de la pareja se centró en la sobrevivencia. Lucharon no solo por salir adelante económicamente, sino para enfrentar la terrible enfermedad de Virginia. En una carta a su amigo John Henry Ingram, Poe describió su estado de ánimo de entonces:


«Cada vez yo sentía todas las agonías de su muerte, y en cada avance de mi trastorno la amaba con más intensidad y me aferraba a su vida con más desesperada pertinacia. Pero soy por constitución sensible, nervioso en un grado muy poco frecuente. Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura».

A comienzos de 1846, la amiga de la familia Elizabeth Oakes Smith informaba que Virginia admitía: «Sé que moriré pronto; sé que no me pondré bien; pero quiero ser tan feliz como sea posible, y hacer feliz a Edgar». La chica prometió a su marido que después de su muerte se convertiría en su ángel de la guarda.

Tiempo después, se trasladaron a una pequeña casa de campo en Fordham, en la época en que Poe perdió la dirección del Broadway Journal. A pesar de la pena, el autor declaró en una misiva a su esposa enferma:


«Debería haberme desanimado, pero no lo hago por ti, mi querida mujercita; tú eres ahora mi mayor y único estímulo para enfrentarme a esta desagradable, insatisfactoria e ingrata vida».

A finales de 1846 no solo la salud de Virginia había llegado a su fase más crítica, sino también, las finanzas de la pareja. Vivían en la miseria, hasta el punto de que, al enterarse los amigos y editores de Poe, hicieron pública la situación en los diarios para solicitar ayuda. El Saturday Evening Post afirmaba: «Se ha dicho que Edgar A. Poe está postrado con fiebre cerebral, y que su esposa se encuentra en las últimas etapas de la tuberculosis. Se encuentran sin dinero y sin amigos». Gracias a esos mensajes recibieron un poco de ayuda para atravesar aquel fatal momento.

La muerte de Virginia significó un duro golpe para Poe. Él rechazó ver a su esposa muerta en el féretro, asegurando que prefería guardar en su memoria su rostro lleno de vida. Sin embargo, como no tenía imágenes de Virginia que le quedaran de recuerdo, mandó a hacer una apresurada acuarela. El artista encargado tuvo que utilizar el cadáver como modelo.


Poe quedó sumido en la tristeza y volvió a sumergirse en el alcohol. Sus amigos, en sus cartas, expresaban: «La pérdida de su esposa fue un duro golpe para él. Tras su muerte, no parecía importarle vivir una hora, un día, una semana o un año; ella era todo para él». Los que se referían a Virginia alegaban que era: «una esposa a la que amaba como ningún hombre había amado antes». Poe intentó rehacer su vida, y cortejó a otras mujeres, pero nunca logró nada con alguna. Frances Sargent Osgood, con quien vivió el escándalo de 1845, también fue una de las cortejadas. Sin embargo, ella misma exponía: «[Virginia] fue la única mujer a la que él alguna vez amó».

Su obra también se vio afectada por esa pérdida. En Annabel Lee, Poe menciona la trágica muerte de una doncella y el dolor de su amante. En Ulalume también reside un homenaje a Virginia, al igual que en Lenore y en El cuervo (The Raven), donde un espectro demoníaco tortura a un hombre con aquel implacable "Nunca más", sentencia que deja un sabor a irreversible. El cuento Eleonora narra la historia de un hombre a punto de contraer matrimonio con su prima; La caja oblonga (The Oblong Box), expone el lamento de un hombre tras la muerte de su esposa mientras lleva su cadáver en un barco; Ligeia, detalla los estragos de una dilatada enfermedad en el cuerpo y el rostro de una joven hermosa. Así como en muchos otros.

Chauncey Burr, gran amigo del escrito, una vez confesó: «Muchas veces, tras la muerte de su amada esposa, fue visto en una medianoche de invierno, sentado junto a su tumba, casi helado en la nieve». Algunos biógrafos aseguran que la gente solía verlo vagando en torno a la tumba de Virginia, ebrio, lunático y totalmente fuera de sí.

Gustavo Martinelli en un artículo para La Gaceta expone: “Dos años después el poeta murió en circunstancias poco claras, abandonado, solo, y hundido en la pobreza más abyecta. Hasta hoy, su muerte sigue siendo uno de los misterios más insondables de la historia de la Literatura.  Algunos sostienen que fue objeto de un secuestro, otros, que fue asesinado. Sin embargo, cuatro días antes de su muerte, el 3 de octubre, Poe fue encontrado en las calles de Baltimore, en un estado delirante y  luciendo harapos. Según Joseph Walker, la persona que lo encontró, el escritor estaba “muy angustiado, y necesitado de ayuda inmediata”. Fue llevado al hospital universitario de Washington, donde murió el domingo 7 de octubre de 1849. En ningún momento tuvo la lucidez necesaria para explicar de forma coherente cómo había llegado a dicho estado”.

Poe y Virginia fueron enterrados en cementerios diferentes. El mismo año del entierro de Poe el cementerio donde yacía Virginia fue destruido, y sus huesos olvidados. En 1883 uno de los primeros biógrafos de Poe, William Gill, logró rescatarlos antes de que fueran tirados a la basura por no haber sido reclamados y los guardó en una caja bajo su cama. Su historia salió publicada en un artículo en el Boston Herald, los lectores de aquel artículo reunieron fondos para comprar un pequeño cofre de plata y oro, donde se ubicaron los restos de Virginia, que posteriormente fueron enterrados junto a la tumba del poeta.

Como ven, es una historia larga y trágica, pero marcada siempre por el amor. Espero les haya gustado tanto como a mí.

Conoce aquí las obras de Poe:






Recuerda visitar Mi Tienda en AMAZON para conocer las novelas que he escrito.




Información tomada de:



Historias de Amor: Vera y Vladimir Nabokov





En un artículo de Cultura Colectiva sobre las parejas más célebres de la literatura, conocí la historia de amor entre Vera y Vladimir Nabokov. Allí el autor del texto asegura: “Nabokov se apoyó en la gran figura de su esposa para consolidar una carrera de éxito que sobrepasó censuras y múltiples críticas”.

La curiosidad me venció y decidí investigar sobre el tema, como saben, me apasionan las historias de amor, y si tienen a un escritor de por medio, me parecen más interesantes.

Según las biografías que he consultado, Nabokov, por el año de 1923, vivía una época difícil. Era un exiliado en Alemania por culpa de la Revolución Rusa, sufría la pérdida de su padre (quien fue asesinado), su compromiso con una joven rusa fue cancelado al ser considerado un don nadie y para subsistir debió trabajar en diversos empleos poco remunerados. Escribía poemas para revistas, que eran bien recibidos por la audiencia. Vera provenía de una familia adinerada, también exiliada y era una gran fans del poeta. En una fiesta de caridad en Berlín, y amparada por un antifaz de arlequín, se acercó a él y le recitó uno de sus poemas con gran pasión, algo que emocionó al autor y lo inspiró a escribir esa misma noche un hermoso escrito publicado días después en una revista, y que se convirtió en la primera declaración de amor entre ellos.

EL ENCUENTRO (fragmento)

No sé nada. Curiosamente
el verso vibra, y en él, la flecha…
¿Tal vez tú, todavía sin nombre, eras
la genuina, la esperada?

Lee completo el poema aquí 

Después de eso, se contactaron por cartas, donde compartieron durante un tiempo los sentimientos que los embargaron. Veintidós meses después se casaron, y vivieron uno de los matrimonios más largos de la literatura, que acabó cuando el autor falleció.

Las cartas que Nabokov le envió a Vera fueron reunidas en un libro publicado después de su muerte, en ellas se puede apreciar lo mucho que esa mujer significó para el escritor.


“Tú y yo somos dos seres especiales, existen maravillas que sólo tú y yo conocemos, y no hay nadie que ame a otro del modo en que nosotros nos amamos”.


Vera no solo fue el amor de Nabokov, sino su colaboradora directa: su primera lectora y su crítica más agresiva, su chofer, su enfermera, su agente literario, y su compañera en cada locura vivida. En la época en que él daba clases de literatura rusa y europea en una universidad en Estados Unidos, ella aprendió a manejar, solo para comprarse un auto y poder llevarlo a su trabajo cada día. Se quedaba con él, fungía de asistente, corregía los exámenes y trabajos de los alumnos y hasta lo ayudaba a sortear los inconvenientes que se le presentaban. Ella era quien enfrentaba a los reporteros y cobradores, y hasta logró obtener un permiso de porte de arma para cargar con un pequeño revolver dentro de su bolso, con el que defendería a su amado en caso de ser necesario. Fue la madre de su único hijo, y salvó del fuego el manuscrito de su emblemática novela LOLITA, que él quiso destruir al no considerarla de calidad.

A pesar de su abnegada entrega, los problemas entre ellos se presentaron en varias ocasiones. La mayoría se debían a la personalidad seductora de Nabokov, quien a pesar de amar con locura a su Vera, no podía evitar disfrutar de otras bellezas femeninas. El idilio más mediático fue el que el autor vivió en Francia con una poetisa llamada Irina Guadanini, tiempo en que la pareja estuvo separada por situaciones de índole laboral. Al llegar la noticia a oídos de Vera, esta lo enfrentó con dureza y frialdad, lo que hundió al escritor en la depresión y lo perturbó tanto que consideró el suicidio, pero Nabokov no desistió hasta que alcanzó el anhelado perdón de su amada. En un artículo escrito por Phillippe Hallsman para El Mundo expone, que en esa época: “Las cartas de Nabokov se llenan de amargura, de acuciantes peticiones, de amenazas de volverse loco. Y eso que el infiel es él. Dice que no entiende lo que pasa, que no sabe por qué Vera tarda tanto en contestar sus cartas”.

Entre las frases más sentidas que se han tomado de las CARTAS A VERA, están:



“Estoy tan infinitamente acostumbrado a ti que ahora me siento perdido y vacío: sin ti, alma mía. Transformas mi vida en algo ligero, asombroso, arcoirisado… Aportas un destello de felicidad a todo”.

“Te quiero de un modo inexpresable”, “Tu eres mi único amor”, “Te beso, te beso… y te vuelvo a besar”, “Beso tus manos, tus labios queridos, tu pequeña sien azul”. “Te necesito, sí, mi cuento de hadas. Porque tú eres la única persona con la que puedo hablar, ya sea del matiz de una nube, del tintineo del pensamiento”.



“Te amo, mi minina, mi vida, mi vuelo, mi flujo, perrita”, son frases que pueden transportarnos al inicio de Lolita: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta”.


La investigadora Stacy Schiff publicó una biografía sobre Vera Nabokov, en la que expuso:


“¿Qué hubiese ocurrido sin la revolución?”, les preguntó una vez a Vera y Vladimir el periodista Andrew Field. “Te habría conocido en San Petersbugo, nos habríamos casado y habríamos llevado una vida muy similar a ésta”, respondió Nabokov, mirando a su esposa. “Para ese hombre de imaginación tan poderosa era absolutamente inconcebible una vida sin Vera”, dice Schiff. “Tenía una convicción casi religiosa de que habían nacido para conocerse”.



Una historia de amor preciosa, con alzas y bajas, éxitos y fracasos, como muchas otras, pero que fue capaz de superar sus debilidades gracias a la fortaleza del amor.

Conoce aquí las historias de Nabokov:







Recuerda visitar Mi Tienda en AMAZON para conocer las novelas que he escrito.




LOS SUFRIMIENTOS DEL JOVEN WERTHER (Novela epistolar) de Johann Wolfgang von Goethe


Título: LOS SUFRIMIENTOS DEL JOVEN WERTHER
Autor: Johann Wolfgang von Goethe
Editorial: Biblioteca El Nacional

Sinopsis:
Pequeña obra maestra de la narrativa del corazón, podría definirse en estos tiempos de lloro y desamor mediáticos como un libro de despecho, bien que en sus páginas asomen con insistencia los peligros que persiguen al espíritu cuando se ve acosado por su propia infinitud.

***

"...todas las reglas destruyen el verdadero sentimiento de la naturaleza y la auténtica expresión".

Una vez más le doy oportunidad a un clásico de la literatura universal que fue un referente importante en su época. En el caso de Los sufrimientos del joven Werther, este libro no solo alcanzó ventas sensacionales después de su publicación, sino que marco un hito en la moda de la época, ya que muchos hombres solían vestir como lo hacía Werther; y hasta influenció las acciones de varios de sus lectores, quienes, al sentirse reflejados con el protagonista por vivir experiencias igual de perturbadoras, decidieron tomar la misma decisión que tomó éste: suicidarse.

Uno de sus principales seguidores fue Napoleón Bonaparte, quien según la Wikipedia, de joven escribió un monólogo al estilo de esta novela y de adulto llevó consigo siempre una copia durante sus campañas militares.

No puedo negar que es una historia preciosa. El drama romántico de un hombre que, a pesar de parece ser correspondido, no puede alcanzar a su amor porque la joven está comprometida con otro. Incluso, después de que la dama se casa, él sigue siendo su amigo y le es imposible separarse de ella y expresarle, a su manera, lo que siente.

Pero no solo de eso trata esta historia, en ella también el autor se revela en contra de las costumbres sociales imperantes en esa época (Europa de finales del siglo XVIII). Luis Moreno lo expresó muy bien en su artículo para Babelia: “osadías del joven Werther, con su melena al viento en época de pelucas empolvadas”.

Las penurias de este chico calaron hondo en una sociedad marcada por reglas y por un mundo cristiano rígido, que señalaron a esta novela como un escándalo y la hicieron tan atractiva que hasta fue adoptada por organismos especializados e universidades, con el fin de analizar, a través del comportamiento del protagonista, la naturaleza humana afectada por el sufrimiento y el rechazo.

Es una obra epistolar, que consiste en un compendio de cartas escritas por el joven Werther a su amigo Guillermo, a quien le cuenta de una forma muy íntima y desesperada, sus sentimientos por un mundo riguroso que le impedía amar con libertad.







Recuerda visitar Mi Tienda en AMAZON para conocer las novelas que he escrito.